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CONTAGIO

Escrito por Ángel A. Pérez Gómez

Pequeño despropósito, inconsistente por los cuatro costados

La alarma mundial que provocaron la gripe aviar años atrás y hace dos la porcina o mejicana, ha demostrado que es real el peligro de una pandemia mortal, del estilo de la gripe española de 1918, que mate a millones de personas de cualquier país, pues los abarrotados viajes por avión hacen posible un contagio rápido y universal en muy poco tiempo. Esa amenaza ha inspirado al guionista de Contagio, que ha estructurado la historia cronológicamente, marcando con letreros el discurrir temporal: al principio, de día en día y luego por semanas y meses. De esta manera, nos percatamos de la velocidad a que se propaga el virus y sus mortíferos efectos, y, a la vez, de la lentitud de reacción de los organismos oficiales, tanto nacionales como internacionales, por razones no sólo políticas sino también burocráticas e incluso científicas –no se puede avalar una vacuna sin probarla previamente en humanos–.

No se trata de un documental, aunque hubiera sido tal vez más honesto darle claramente ese formato aunque no lo fuera. Me explico. La inclusión de las pequeñas historias, a veces mínimas, que se han insertado en el devenir de la pandemia vírica son del todo convencionales y tópicas y poco aportan al propósito principal del film. El ridículo se roza con las «historietas» de la doctora de la OMS que es secuestrada en China o con la de la investigadora que se autoinocula el virus para probar la vacuna. El caso de Mitch Emhoff es el más desarrollado. Su mujer, como confirmaremos al final, será la primera de las contagiadas al comer cerdo en un restaurante hongkonés. La culpa, de todas las formas, la tiene un murciélago al que se le ocurre pasar el día colgado del techo de una pocilga. Y para que se extienda rápidamente por EEUU, y no sólo en Minnesota donde viven los Emhoff, al guionista se le ha ocurrido que Beth, cuando regresa de China, haga escala en Chicago y allí tenga un desahogo sexual con su ex pareja. Como se ve, el guión es de risa…

No acierto a comprender qué pudo interesarle en semejante proyecto a un director como Steven Soderbergh. Probablemente, lo que indicábamos más arriba: lo expuesta que está la humanidad a un virus asesino que, en las actuales circunstancias, es difícil de controlar y neutralizar. Lo malo es que eso ya lo sabemos desde el principio y el relato cinematográfico no aporta un mayor conocimiento del funcionamiento –deficiente– de los organismos oficiales que cuidan del tema aquí y allá. Poca cosa para tenernos entretenido –no digamos, asustados o desasosegados–.

Los actores, conocidos como Matt Damon, Kate Winsley, Laurence Fishburne, Gwyneth Paltrow o Jude Law, ponen la cara y cobran su salario sin esforzarse demasiado en dar veracidad a personajillos de paja. Kate Winsley, por ejemplo, está fotografiada y maquillada de forma que da pena verla, tal vez porque se piensa que las científicas deben cuidar poco su aspecto… En fin, un pequeño despropósito, aunque sin trascendencia. El film no hará buenas taquillas a pesar del reparto, porque es inconsistente por los cuatro costados.

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