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ALBERT NOBBS

Escrito por Pedro Miguel Lamet

Un canto sutil, centrado en una interpretación antológica, a la mujer sociológicamente reprimida

Hay películas que no existirían sin un actor o una actriz. Este es el caso de Albert Nobbs, creada para lucimiento y expresión creativa de Glenn Close, que hace tres décadas, en 1982, interpretó este mismo personaje en los escenarios de Broadway con la obra teatral basada a su vez en la novela corta del autor irlandés del siglo XIX George Moore. El empeño, varias veces frustrado, de la actriz británica de llevar al cine este personaje ha dado como resultado este film, a medio camino entre la búsqueda de la identidad y una sutil  denuncia feminista contra la postergación y maltrato de la mujer.

Enmarcada en un ambiente cerrado e intimista de señores y criados, muy propio del cine británico, el realizador colombiano, hijo de García Márquez, Rodrigo García (Nueve vidas, Madres e hijas, Cosas que diría con solo mirarla) nos sitúa en un Dublín de desigualdades, amenazado de fiebres tifoideas, y donde las mujeres tiene escasas oportunidades para ser ellas mismas, pero desde el mundo cerrado de un hotel burgués. En esas circunstancias Albert, un hombrecillo correcto e impenetrable que ejecuta con impasible eficacia su trabajo de camarero en el pequeño hotel de lujo, es en secreto una mujer que ahorra y esconde hasta el último céntimo bajo el pavimento de su habitación. Todo está perfectamente calculado y hubiera seguido su curso sin sobresaltos, si la dueña del establecimiento no le hubiera obligado a compartir habitación con Hubert, un operario contratado para renovar la pintura del hotel. Este personaje de aspecto varonil descubre la verdadera identidad de Albert, y, ante la turbación de éste, manifiesta que se halla en la misma situación: es una mujer travestida, que vive felizmente casada con otra mujer real. Tal es el desencadenante del cambio de vida de Albert, que, fascinada por el ejemplo y la personalidad de Hubert, intenta seducir a la joven doncella Helen, entusiasmada a su vez y embarazada por un joven ligero de cascos que cuida de la caldera del hotel. Nobbs sueña casarse, montar un estanco y luego vivir ambos junto al mar.

El film, como ya hemos dicho es satelital, gira en torno a la estudiada y misteriosa interpretación de la estrella Glenn Close, maestra en reflejar con su turbadora voz andrógina y su aspecto de disimulada fragilidad un inédito personaje, sabia mezcla de represión, miedo, impasibilidad, con un escondido fondo de secreta ternura. Esta actriz, que ha conseguido finalmente encarnar en la pantalla el personaje de sus sueños, llena por completo la película, que transmite mucho más que un tema de ambigüedad sexual, pues en el caso de Albert su masculinidad aparece obligada por las circunstancias y largos años de mimetismo, aunque esconde un alma de mujer encerrada en el hombrecito que se ha visto obligada a interpretar.

Otro es el caso de Hubert, espejo deformante  y determinante de su cambio, que en realidad cumple con su tendencia de lesbiana enamorada de su mujer, en otra interpretación muy ajustada y turbadora de Janet McTeer. Esta doble identidad de ambos mujeres-hombres se pone de manifiesto sobre todo en la escena de la playa donde las dos corren finalmente junto a la orilla vestidas de mujer. Nobbs dentro del vestido de mujer se siente liberada, Hubert no deja de lucir andares varoniles vestida de mujer.

Un sector de la crítica ha tachado esta película de superficial, achacándole realización de telefilm, de no profundizar en el tema de la identidad, e incluso de hacerlo de forma plana y aburrida. En mi opinión quienes piensan así se equivocan y no han captado algunos matices. Albert Nobbs no es un film más, de los que abundan hoy, sobre la ambigüedad sexual, sino una película comprometidamente feminista que defiende la tesis, expresada por Hubert en el diálogo del humano derecho a ser uno mismo "lo que tú quieras ser", dentro de un mundo desigual y explotador. En realidad, viene a ser un canto a la mujer que hay detrás de Albert, que se revela en su fijación en la foto de su madre, en el sentimiento protector y no erótico por la joven doncella y en su deseo de preservar al bebé que tiene en sus entrañas. Y eso aunque él/ella, después de tantos años fingiendo, no sepa del todo lo que en realidad es. Por otra parte encima de saber a dónde irá el dinero que obsesivamente guarda en su cuarto -y que suele provocar temor el espectador-, está su sueño, que es, dentro del realismo de la tragedia, lo que finalmente de algún modo se salva. Un canto indirecto pues a la mujer y a la madre.

En este sentido Rodrigo García ha conseguido realizar un film actual a partir de un relato irlandés del XIX en defensa de la mujer. Es cierto que el resto de la trama no mejora una realización de series televisivas de las múltiples sobre señores y criados, dos mundos con su típica claustrofobia, arriba y abajo, que abundan, y que las historias secundarias y sus interpretaciones no tienen especial relevancia fílmica, sino en función de la central. Pero el personaje de Glen Cloose, nominada con razón para el Oscar, tiene identidad suficiente como para quedar en la historia del cine, sobre todo en su capacidad de transmitir una sutil emoción soterrada. Y ella/el por sí misma/o vale una película.

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