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AGUA

Escrito por Manuel Alcalá

Se combina el clima exótico de las costumbres locales y una mirada crítica feminista y occidental

El cine indio, cuantitativamente puntero en producción mundial, no cuenta con muchos realizadores críticos ante la propia cultura y, menos aún, con los que pretenden asimilar culturas ajenas. En este último microgrupo se ubica la directora Deepa Matha que lo ha conseguido, aunque no rara vez en clima de conflicdtividad. Nacida de familia acomodada en Amritsar (Punjab, 1949), al norte del país y junto a la frontera pakistaní, donde su padre era distribuidor y exhibidor de cine, pudo no sólo visionar ya desde niña centenares de películas, sino además realizar sus estudios de letras en la cercana universidad de Delhi. Al final de sus estudios conoció a Paul Salzman, joven director canadiense, con quien se casó y emigró a Toronto (1973). Ambos fundaron allí con el hermano de Deepa, una productora cinematográfica que posibilitó su vocación al cine, incluso después de su divorcio con Salzman (1983) del que había tenido una hija. Tales avatares explican, al menos en parte, el interés de la directora por lograr una síntesis de las cosmovisiones de Oriente y Occidente, en concreto ciertas tendencias más tradicionales del cine indio con el temple tantas veces esquizofrénico de la cinematografía canadiense.

Tras ensayos documentales en cortometrajes, Metha se lanzó al largo con Sam y yo (1991), brillante relato intercultural de la amistad de un joven indio con un anciano judío, a quien sirve de criado. Aunque aceptado por algunos y rechazado por muchos, el filme fue premiado en varios festivales. Los problemas más serios surgieron al iniciar Metha una trilogía sobre los elementos cósmicos, en clave simbólica. Comenzó por Fuego (1996) sobre la historia de dos cuñadas insatisfechas en sus sendos matrimonios que descubren su mutua atracción homosexual. El estilo explícito del relato provocó las reacciones airadas del público y de un sector de la crítica En Tierra (1988) abordó, desde su recuerdo juvenil, las diferencias políticas y y religiosas surgidas entre las comunidades hindi y pakistaní al llegar la división política que ella conocía experimentalmente pues habían obligado a su familia a huir de la frontera y emigrar a otras tierras. Finalmente, emprendió el rodaje de Agua (2000), tercera obra de la trilogía que mostraba una dura crítica de las hindúes con las mujeres viudas, en los años 30 según costumbres religiosas y sociales de la tradición.Tal planteamiento provocó en los círculos más radicales una reacción tan violenta, que el rodaje del filme iniciado en Varanasi, la ciudad sagrada, debió interrumpirse y sólo pudo terminarse años más tarde, pero fuera de la India, en Sri Lanka (2005).

El relato arranca del internamiento en la tradicional casa de retiro (ashram), para las viudas, de una niña, cuyo anciano esposo acaba de fallecer. El ruinoso establecimiento estaba controlado por una “matriarca” desaprensiva que bajo la apariencia de observar normas y dictados socio-religiosos, abusa de las viudas más ancianas e incluso envía de noche a prostituirse a algunas de las jóvenes. Durante una de tales salidas, una viuda joven encuentra a un joven Brahman del partido de Gandhi que, enamorado de ella, intentará arrancarla de aquel verdadero infierno.

La película está narrada con soltura y sabe enlazar con habilidad el clima exótico de los usos y costumbres locales con una honda mirada crítica feminista y occidental. La traducción de tal actitud en imágenes es tan espléndida y de tal opulencia cromática que toca las fronteras del desajuste. El resultado es un film de indudable valor pero que arrastra cierta imprecisión de estilo. Falta el ajuste entre el fondo de crítica acerba y una expresión formal elegante en exceso que alterna sin matices de forma constante repulsión y fascinación. Esto se advierte de modo especialmente llamativo en las interpretaciones. Junto a personajes secundarios llenos de espontaneidad y fuerza expresiva, los dos protagonistas amantes aparecen cargados excesivamente de “estrellato” y de cierto regusto narcisista. Risa Lay despliega de nuevo su grandes atractivos de modo reflejo y consciente. Lo mismo vale de John Abraham. Es curioso que ambos intérpretes procedan de sendos matrimonios interculturales. La modelo, nacida en Toronto, tiene sangre polaca e india. El varón, también modelo, procede de familia india e iraní. Los dos tienen el sello del “glamour” occidental que a veces desentona del argumento y ambientación del drama. Lo mismo se diga de la fotografía que es espléndida en su sofisticación, y de la música, excesivamente cuidada. Así, esta tercera obra de la trilogía cósmica no parece llegar a la calidad de las dos películas precedentes.

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