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EL CABALLERO OSCURO: LA LEYENDA RENACE

Escrito por José A. Planes Pedreño
  • Titulo Original
    The Dark Knight rises.
  • Producción
    Christopher Nolan, Charles Roven y Emma Thomas (USA, 2012)
  • Dirección
    Christopher Nolan.
  • Guión
    Jonathan Nolan y Christopher Nolan; basado en un argumento de David S. Goyer y Christopher Nolan; a su vez basado en los personajes creados por Bob Kane.
  • Fotografía
    Wally Pfister.
  • Música
    Hans Zimmer.
  • Montaje
    Lee Smith.
  • Distribuidora
    Warner Bros. Pictures International España.
  • Estreno
    20 Julio 2012
  • Duración
    164 min.
  • Intérpretes
    Christian Bale (Bruce Wayne/Batman), Tom Hardy (Bane), Gary Oldman (James Gordon), Anne Hathaway (Selina Kyle/Catwoman), Morgan Freeman (Lucius Fox), Michael Caine (Alfred), Marion Cotillard (Miranda Tate), Joseph Gordon-Levitt (John Blake), Matthew Modine (Foley).

De espectacúlos sensitivos e imposibles metafísicos

Es curioso cómo, en numerosas ocasiones, los recuerdos pueden redefinirse a la luz de nuevas experiencias, por mucho que los diéramos ya por catalogados y archivados. Así pasa en el cine, que, como ya sabemos, no es una ciencia exacta; el recuerdo de determinadas películas que creíamos inamovible también puede sufrir variaciones ante nuevos acontecimientos. Es lo que me ha ido sucediendo con respecto a Batman (1989) y Batman vuelve (1992), ambas dirigidas por Tim Burton, ante la aparición de esta saga de Christopher Nolan que, tras Batman begins (2005) y El caballero oscuro (2008), finaliza con El caballero oscuro: la leyenda renace.

Y es que lo que antaño parecían las dos piezas de un juguete audiovisual de teatralidad histérica y enloquecida, ha ido desembocando, al contacto, como digo, de la trilogía mencionada, en otra cosa bien distinta: en una aproximación sombría y gamberra, aún con sus excesos y limitaciones, hacia el universo de un superhéroe tan extraño y ambiguo como políticamente incorrecto. Cualquiera que fuera el espectador –con conocimiento o no de los cómics originarios– podía otear la angustia de un individuo que disfraza su ira y su sed de venganza con un traje de murciélago, aparentemente para combatir el crimen en la oscura ciudad de Gotham.

En aquellas dos películas, mucho más corrosivas hoy, insisto, de lo que entonces no parecieron, la violencia no era, entonces, sino una correa de transmisión con la que quedaban hermanadas –y deformadas– las figuras de todo un carnaval de freaks. Batman (Michel Keaton), Joker (Jack Nicholson), el «Pingüino» (Danny de Vito) y Catwoman (Michelle Pfeiffer) son los miembros de una gran familia de tarados que, como niños díscolos y revoltosos, y ajenos a las normas sociales, matan el tiempo disfrazándose, creando falsas identidades y peleándose con el hermano un poquitín más sensato, no exento, sin embargo, de crueldad. Así pues, la sempiterna búsqueda del «contrario» de todo superhéroe y antihéroe –que tan bien quedó cincelada en la magnífica El protegido (M. Night Shymalan, 2000)– deviene aquí en un juego donde se difuminan los principios supremos de uno y otro –el establecimiento de la paz y el orden, en el primer caso; el crimen y la dominación, en el segundo–. En definitiva, aquella aproximación al personaje de Bob Kane queda hoy como un díptico sumamente divertido por su desvergonzada irreverencia. Evidentemente, este trasfondo desapareció en las entregas posteriores perpetradas por Joel Schumacher –Batman forever (1995) y Batman y Robin (1997)–, con ridículos resultados.

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En Batman begins, Christopher Nolan se deshizo del formalismo «circense» de las versiones anteriores y apostó por una línea más seria, realista y épica de Batman/Bruce Wein, minimizando a la par, y contraviniendo lo que tanto resaltó la publicidad, su oscura dimensión psicológica. Conservó, eso sí, sus trágicos orígenes, punto de partida de un viaje interior que empezará en la Liga de la Justicia y finalizará enmascarándose como justiciero de Gotham. Pero si algo resultaba definitorio del personaje en el cómic original, era esa dicotomía entre la cordura y la enajenación, esa ambivalencia, bien apuntada por Burton, a partir de la cual sus acciones podían ser contempladas a ambos lados del terreno de juego. Nolan, por el contrario, nos entrega a un individuo solitario, torturado por su pasado y víctima de miedos irracionales; pero su ulterior comportamiento no está determinado por el odio, el rencor o la venganza. El Batman de esta trilogía, pese a su lavado de cara y muy ligeros matices, se mueve en unas coordenadas muy parecidas a otros superhéroes vistos en la gran pantalla. A mi entender, esa «oscuridad» atribuida al personaje principal, tan machaconamente repetida, insisto, en las tres películas, no es sino una argucia para disfrazar de complejo y entreverado lo que en realidad es bastante más simple.

A vueltas con la teatralidad y el engaño

“La teatralidad y el engaño son armas poderosas”, es una de las lecciones que aprende Bruce Wayne durante el adiestramiento al que le somete Henri Ducard, luego aplicada exitosamente durante sus aventuras por los edificios y rascacielos de Gotham. Sin embargo, quien realmente se ha aplicado la lección ha sido el propio Christopher Nolan, quien, haciendo gala de un magnético diseño de producción –incluidos los «juguetitos» de Mr. Fox–, espectaculares efectos especiales y, sobre todo, de unas abigarradas estructuras narrativas, ha pretendido disfrazar de gravedad y dramatismo el sustrato de su héroe, que, como digo, se aleja más bien poco de los modelos y arquetipos convencionales. En La leyenda renace somos testigos de una multiplicidad de hilos narrativos que, ciertamente, Nolan sostiene y articula moderadamente bien, gracias en parte al virtuoso uso del montaje, herramienta fundamental en su cine a tenor de esta y otras películas como Memento (2000) u Origen (2010). Pero si uno rasca tras la pirotecnia, la vibrante partitura musical de Hans Zimmer y los abruptos saltos de escenas y personajes, ¿queda algo reseñable? Es más, ¿utiliza Nolan este arsenal de elementos audiovisuales para conferir de significado a sus imágenes más allá del ruido y el furor, de los sobresaltos y las reacciones viscerales? Vayamos por partes.

Decíamos que Nolan ha tratado de construir una trilogía más realista que sus antecesoras, lo cual es cierto. Hay momentos que así lo corroboran. En Batman begins veíamos, por ejemplo, el cuerpo de Bruce Wayne lleno de moratones y cicatrices tras una noche de acción y peligros; el empeño sigue impertérrito en El caballero oscuro y, por supuesto, La leyenda renace, en donde el protagonista, en los primeros compases del filme, con una visible cojera, se nos muestra como un herido de guerra confinado a la soledad y devorado por sus recuerdos. Los médicos, incluso, le confirman su lamentable estado de salud y le disuaden de que vuelva a practicar «deportes de riesgo». Sin embargo, la empresa de Nolan constituye, a mi entender, un imposible metafísico. Estos trazos realistas no son sino meros adornos en un edificio ante el cual, el espectador, antes o después, tiene que suspender la incredulidad porque los derroteros argumentales y visuales le están exigiendo abrazar un imaginario que es puro artificio. Porque el caballero oscuro, pese a esos impedimentos físicos, acabará renaciendo con más fuerza y determinación. Ello es, qué duda cabe, muy lícito. Pero volvemos de nuevo a las argucias, a la “teatralidad y el engaño”, para revestir de gravedad y aliento épico una historia hilvanada con medios aparatosos. Tenemos, a la sazón, un formalismo quizá no «circense» o «teatral», como el de Burton, pero sí formalismo al fin y al cabo.

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Sin embargo, donde Nolan alcanza cotas mucho más elevadas de las que alcanzó Burton es en la pintura de una sociedad en decadencia, corrompida de arriba abajo en todos sus estamentos y cimentada en una mentira. Los enemigos de Batman no ven, por ello, otra salida que su destrucción. Bane, el antihéroe de La leyenda renace, recoge el testigo del Ra’s Al Ghul de la primera entrega para querer borrar del mapa a Gotham no sin antes verla sumida en el caos y la anarquía, y en este punto hay que reconocer a Nolan el vigoroso tono apocalíptico que le imprime a la película en su último tercio, un tono cuyas reminiscencias con la actual crisis económica y los depredadores financieros que la han hecho posible –fantástica la escena que transcurre en la bolsa de Wall Street– son insoslayables. Ante este panorama, se despliega, además, un interesante abanico de comportamientos: quienes luchan desde dentro a pesar de saberse en un sistema irreparable (Jim Gordon); quienes finalmente lo abandonan por no soportar sus miserias (Blake); quienes se sirven de ella para su propio beneficio (Catwoman); y quienes luchan por su redención (Batman). Es en este aspecto donde la culminación de esta trilogía despliega sus mejores cartas. Pero el exceso de hilos narrativos, el afán efectista de sus disciplinas creativas y el final granguiñolesco no ayudan, me temo, a clarificar esta lectura, más bien a emborronarla.

Como espectador con nulos conocimientos de los cómics originales, me veo incapaz de valorar el alcance de este Batman y de su adecuación o no la fuente de la que procede. Pero si nos atenemos a términos estrictamente cinematográficos, el espectáculo que Nolan nos propone, salvo lo anteriormente apunto, es puramente sensitivo. Me dirán que juzgo con dureza una película de superhéroes. Cierto, pero bien se ha empeñado su director a base de “teatralidad y engaño” en convertirla en un relato de corrientes épicas e incluso mitológicas cuando no en un inquietante subtexto sobre el terrible desencanto del ciudadano medio. Además, hace tiempo que nos convencimos de que lo que llamamos vulgarmente «cine comercial» podía llegar igual de lejos que cualquier obra de lenguaje más experimental. Está claro que rescatamos los términos de alta y baja cultura cuando nos viene en gana.

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