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EL ARTISTA Y LA MODELO

Escrito por Norberto Alcover
  • Producción
    Fernando Trueba Producciones Cinematográficas (España, 2012)
  • Dirección
    Fernando Trueba
  • Guión
    Fernando Trueba y Jean-Claude Carrière
  • Fotografía
    Daniel Vilar
  • Montaje
    Marta Velasco
  • Distribuidora
    Alta
  • Estreno
    28 Septiembre 2012
  • Duración
    104 min.
  • Intérpretes
    Jean Rochefort (Marc Cros), Aida Folch (Mercè), Claudia Cardinale (Léa), Chus Lampreave (María), Götz Otto (Werner), Christian Sinniger (Emile), Martin Gamet (Pierre), Mateo Deluz (Henri)

Un escultor anciano, en el sur de francés, ha decidido dejar de trabajar decepcionado por la condición humana: nada hay, ya, digno de re-presentarse. Los alemanes paseándose tranquilamente por su ciudad, aceleran su proceso de escepticismo sobre la condición humana y la historia misma. Estamos en 1943. De pronto, su mujer pone ante su cansada mirada una posible modelo joven y atractiva, un pequeño ser misterioso que acaba por confesar que se ha escapado de un campo de refugiados españoles en el sur de Francia. Y entonces, el artista anciano comienza a realizar su obra definitiva, en la que concentrará toda su sabiduría pero, además, toda su concepción del arte en cuanto arte. Y de paso se reconciliará con la vida y hasta con la naturaleza, que es lo último que nos queda ante la destrucción: un árbol, una piedra, un pájaro, una mujer bella, la suya.el-artista-y-la-modelo2

            A partir de ahí, arranca este film antológico que me ha producido las mismas vibraciones que en su momento Muerte en Venecia (Luchino Visconti, 1971) o El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), entre algunas realizaciones más, muy pocas. Y la verdad es que todavía conservo la emoción que me llevó a llorar durante el visionado sin poder contenerme. Lágrimas por mí mismo. Porque, muy probablemente, jamás llegaré a realizar esa obra soñada que el escultor del film, a pesar de todo, llega a concluir y más tarde sabe que el mismo debe desaparecer. Una maravilla. Una delicia. Una reflexión sobre el artista y la modelo que nos abre a una todavía más honda reflexión sobre el artista y el artificio/oficio de todo arte. La vida como re-presentación, que salva nuestra memoria y la misma naturaleza. El arte como plenitud silenciosa entre tanta barbaridad. La pureza, en fin.

            En este bosque encantado, filmado en blanco y negro por razones biográficas del realizador, surgen tres personajes fascinantes: un madurísimo Jean Rochefort que propone la madurez, valga la reiteración, del artista al final de su quehacer y su obsesiva búsqueda de la perfección al presentarse su última oportunidad; una joven, Aida Folch, huidiza, suspicaz, militante, bella pero también turbadora desde su sensualidad dominante, que se torna inesperada modelo; y la mujer del escultor, una Claudia Cardinale que consigue comunicarnos, sin aspaviento alguno, esa belleza robada al tiempo que pone al servicio humilde y espontáneo de su hombre, y se convierte casualmente en puente creativo entre el artista y la modelo. Una chica de servicio española tradicional. Un pueblo de provincias al uso en plena invasión germana. Todo normal dentro de esa historia terrible que fue el Gobierno de Vichy, cuando la gran Francia abdicó de su protagonismo revolucionario a favor del pragmatismo burgués.

            La campiña. El sol del mediodía. Una comida casalinga. Un estudio lleno de piezas escultóricas. El proceso de la escultura. La escultura final. La obra de arte, cuyo artificio/oficio conocemos. Naturalidad. Tensión. Sencillamente, vida. Puede que un tanto sorprendente, pero sin conmoción alguna. Y paz, mucha paz, muchísima paz en la pantalla que se trasmite al espectador. Cómo gozamos, en el silencio sacro de la sala oscura, cómo gozamos cuando sentimos, porque antes percibimos, el latir del corazón humano y las indecisiones de nuestras pasiones más sinceras proyectadas en los personajes de ficción, que en realidad somos nosotros mismos. Cómo gozamos.

            En este gran texto narrativo que relaciona a los tres personajes fundamentales, surgen cuatro complementarios que acaban de perfeccionar la complejidad del momento histórico en que el film se desarrolla, pero también las alternativas ideológicas y emocionales de los protagonistas. El oficial alemán, ese Werner alto, soldado él, pero preocupado por escribir la biografía de Marc Clos, interpretado por el anciano Rochefort; el joven revolucionario español que se ha unido al maquis francoespañol, aparición breve pero significativa; el cura con el grupo de chicos y chicas de la ciudad, inesperada aparición; y en fin, el especialista en tratar las esculturas de Marc. A todos ellos, silenciosa y eficaz, se une la siempre inquietante Chus Lampreave en su rol de chica de servicio española en Francia. Es decir que Trueba, absolutamente condicionado por el maestro Jean-Claude Carrière en el guión (nunca olvidar a Buñuel en su dimensión más naturalista), se preocupa de no realizar una obra artística cerrada sobre el mismo arte, antes bien intenta puntualizar determinados aspectos de la vida que concurren en el nervio central del film: el posible ecumenismo pacifista entre el escultor y el soldado alemán por medio del arte, la claridad ideológica del escultor cuando descubre la naturaleza de la modelo y de su joven compañero del maquis, el grupo un tanto alienado del cura con los niños en medio de tantísimo sufrimiento, la necesidad que tiene el artista de un artesano que culmine materialmente su obra, y, en fin, ese homenaje a las chicas de servicio españolas en Francia, tan delicadamente representado por la grandísima Chus Lampreave.

            En una palabra, junto a tres protagonistas evidentes, que bien podrían reducirse a dos (Aida Folch y Jean Rochefort), comparecen otros cinco que contextualizan la obra y la abren a dimensiones complementarias…, como la vida misma, pero abriéndola a dimensiones como la vida misma si bien intencionalmente escogidas para que resulte evidente el compromiso histórico e ideológico del arte y de la función del artista. No en vano, su modelo es a la vez una joven comprometida con la causa antinazi, y precisamente es el vaivén de tal militancia el que la cruza en la vida del escultor. Un detalle a no olvidar. No hay grietas ni narrativas ni ideas lógicas ni tampoco ideológicas (tener en cuenta la diferencia de matices lingüísticos), porque se trata de un guión muy medido, como todos los de Trueba y nada digamos como todos los de Carrièrre.

            Pero volvamos al comienzo de este texto crítico, que siempre debe de ser analítico y valorativo solamente en segunda instancia. El conjunto de esta historia rodeada de historias secundarias, pretende homenajear la tarea artística en la medida en que es procesualmente artificiosa, es decir, que importa tanto a Trueba la belleza de la obra conclusa, la única que permanece al final en la imagen que cierra el film, como el proceso de la misma desde su comienzo, que comienza por encontrar una modelo adecuada. De ahí que, cada trazo con el buril del escultor en la arcilla, detalle que de suyo es material, es la condición de posibilidad para que tal arcilla devenga la obra maravillosa que contemplamos más tarde, reivindicando así la tarea artesana y el oficio en cuanto tal, dos cuestiones que solemos olvidar. Y de ahí también la conjunción de planos casi de detalles con otros medios y casi generales en una sinfonía que demuestra la capacidad para mover adecuadamente la cámara de Daniel Villar, apoyado por una dirección artística excelente de Pilar Revuelta. Porque si algo demuestra esta película es que sin equipo de calidad es absolutamente imposible llevar a cabo una obra tan bella como la que estamos comentando. El equipo se torna, en filmes así, en evidente escultor de muchas manos que acaban por dar a luz una misma maravilla: la que juntos, muy juntos, han pretendido.

Este crítico, como ya escribía al comienzo, se emocionó muchísimo al visionar/contemplar esta obra de arte fílmico, que tendrá que volver a re-visionar cuanto antes para regusto personal y sin obligaciones profesionales. Porque tiene necesidad de ponerse ante ese hombre en busca de la perfección cuya finalidad, como dice el escultor, es destruirla una vez conseguida: hacer arte es alcanzar lo mejor para, más tarde, pasar por encima de lo mejor y perseguir la siempre inalcanzable utopía. La única razón para vivir con intensidad insatisfecha. Y en tal tarea utópica, tal vez descubrir que ya no puedes alcanzar nada más perfecto por obra y gracia de tu propia limitación y, entonces, sencillamente, salirte de la escena del gran teatro del mundo y dejar que la modelo te sustituya, mientras tú mismo dejas como memoria propia la escultura terminada, ahí, en medio de la naturaleza.

En general, nadie se pega un tiro, que aquí resulta un remedio narrativo y también ideológico. En general, nos visita la muerte, tan callando, y nos entregamos a ella con la ciencia límpida de quien ha hecho lo que tenía que hacer y abandona este mundo dejándolo algo más bello y más libre, Mercé/Aida en su bicicleta camino del maquis en las montañas. A esto se le llama vivir. Pienso que ni Trueba en el film ni uno mismo en este texto crítico nos equivocamos. Todo lo cual parece llevarnos hasta el Renacimiento, ese momento en que la belleza se respetaba como bien absoluto. Pero ese tiempo pasó y nos hemos quedado en manos de las llamadas instalaciones. Qué habremos hecho para merecer esto.

Cuando el film camina hacia su tercera parte, de las tres que tiene, se produce el misterio del núcleo en todos los sentidos. Desde mitad del encuentro entre artista y modelo, Mercé comienza a mirar de forma entre interesada y un tanto pícara al anciano escultor quien, a su vez, la mira cada vez con mayor intensidad. Ese admirable cruce de miradas, cada vez más intenso por obra y gracia del montaje, desemboca en un encuentro muy determinado que me ha recordado una secuencia de La piel dura (Francois Truffaut, 1976). Aquí, la belleza visual alcanza proporciones tan delicadas que ese momento en sí mismo es casi una obra de representación fílmica-icónica en sí misma. Y con el tiempo, la mano del escultor sobre el muslo de la modelo se convertirá en póster mítico que pinchar en la pared correspondiente. El arte cede paso al amor porque, llegado un momento misterioso, la modelo, el artista y la obra se funden en una misma cosa que solicita una fusión mucho más espiritual que material. De ahí el delicioso desayuno posterior ante la casa donde ha transcurrido el feliz encuentro.

Por favor, vean y revean esta película que desde ya se muestra fascinante, emblemática y, por supuesto, magistral. Dicen que el cine está en una crisis casi mortal. No es cierto. La crisis es nuestra, crisis de espectadores que no valoramos lo que los artistas fílmicos ponen a nuestra disposición. No esperemos al DVD, ni tampoco a la TV. Sumerjámonos en el ritual de la gran sala oscura y en comunidad expectante sigamos a Marc Cros, el anciano Rochefort , mientras mira intensamente a la fascinante Mercé, la catalana Aida, tumbada y ofreciéndose al artista.

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