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DJANGO DESENCADENADO

Escrito por José A. Planes Pedreño
  • Titulo Original
    Django unchained.
  • Producción
    Pilar Savone, Stacey Sher y Reginald Hudlin (USA, 2012).
  • Dirección
    Quentin Tarantino.
  • Guión
    Quentin Tarantino.
  • Fotografía
    Robert Richardson.
  • Montaje
    Fred Raskin.
  • Distribuidora
    Sony Pictures Releasing de España.
  • Estreno
    18 Enero 2013
  • Duración
    165 min.
  • Intérpretes
    Jamie Foxx (Django), Christoph Waltz (Dr. King Schultz), Leonardo DiCaprio (Calvin Candie), Kerry Washington (Brommhilda), Samuel L. Jackson (Stephen), Walton Goggins (Billy Crash), Dennis Christopher (Leonide Moguy), Don Johnson (Big Daddy), James Remar (Butch Pooch / Ace Speck), James Russo (Dicky Speck), Franco Nero (Amerigo).

Estofado de recetario posmoderno con clichés huecos y metraje desmesurado

Tarantino se ha «encadenado» a su propio discurso y se ha metido en un callejón sin salida. Repasando su todavía no muy extensa filmografía, uno descubre que aquel aire fresco procedente de películas como Reservoir dogs (1992) y, sobre todo, Pulp Fiction (1994) ha ido desapareciendo lenta pero inexorablemente si obviamos destellos puntuales. Aquellos ejercicios de parodia cinéfila tenían como soporte diálogos brillantes, personajes sorprendentes y un pulso narrativo insólito. Pero todo cambió a partir de Jackie Brown (1997). Conforme Tarantino se ha ido alejando del cine negro, ha perdido poder de penetración a juzgar por sus discutibles y muy personales incursiones en el cine de artes marciales –Kill Bill. Volumen 1 (2003) y Kill Bill. Volumen 2 (2004)–, el género bélico –Malditos bastardos (2009)–, y el spaghetti-western con Django desencadenado.

Sucede, sin embargo, que existen muchos elementos para que todos estos títulos nos den gato por liebre: el envoltorio formal con que Tarantino reviste sus películas sigue repleto de citas y guiños que pueden engatusar al cinéfilo freak de turno; sus planteamientos argumentales despiertan nuestras simpatías por lo osados que resultan sobre el papel; abunda toda una galería de actores y actrices con nuevos y sorprendentes registros interpretativos; y sus producciones están muy cuidadas en el plano técnico, lo que quiere decir, vaya, que cuenta con holgadísimos presupuestos gracias al beneplácito de la potente productora Miramax. Pero todos estos señuelos se vienen abajo si tenemos en cuenta, al mismo tiempo, dos incontestables rasgos que vienen imponiéndose con mayor ahínco: su abigarramiento audiovisual, cada vez más hueco y efectista, y un uso de la violencia también crecientemente salvaje y gratuita. A todo ello habría que añadir esa tendencia del autor de Death Proof (2007) a dilatar secuencias por medio de diálogos extenuantes que en absoluto progresan en in crescDjango 2endo.

Si todavía en Malditos bastardos había destellos que nos retrotraían al Tarantino brillante de sus comienzos, el naufragio de Django desencadenado es clamoroso. No negamos el sabroso juego cinéfilo que encontrarán algunos espectadores entre la película y el género en que, como decíamos antes, hunde sus raíces, el spaguetti-western. Sin embargo, considero que más allá de la reedición de ciertas convenciones argumentales y visuales, estamos ante una película provista de un metraje desmesurado que se va desfondando debido a un guión repleto de giros poco convincentes. Las numerosas arritmias narrativas quieren ser solventadas con tiroteos bestiales y sangre a borbotones; de igual forma, las ya aludidas dilataciones en los diálogos, presunta «marca de fábrica» tarantiniana, se transforman en soporíferos parlamentos sin el nervio y el sentido del humor de antaño. En consecuencia, lo peor de Django no es la vacuidad ni la ausencia de originalidad de su discurso, sino la autoparodia en que incurre su autor con respecto a sus rasgos estilísticos. ¿Cine palabra? Charlatanería pura y dura, en todo caso.

No hay asomo de humanidad en este estofado de recetario posmoderno; pero, ojo, entendiendo el concepto no desde términos graves y solemnes, sino como esa humanidad que, por muy patética que nos resultara, se percibía nítidamente en los divertidos retratos de Vincent Vega –John Travolta– el boxeador Butch –Bruce Willis– o el señor Lobo –Harvey Keitel– de Pulp Fiction. Por el contrario, la fauna humana que puebla Django consta de clichés huecos, sin alma, empezando por el Dr. King Schultz y Django –cuya relación se mantiene monolítica pese a los muchos vaivenes a la que se ve sometida– y terminando por el engolado personaje de Calvin Candie, que interpreta con amaneramiento un Leonardo di Caprio «desencadenado» pero sin una pizca de gracia.

Así las cosas, suena a chiste considerar que Tarantino ha tratado de ofrecer con esta aventura su visión de la esclavitud en los albores de la Guerra de Secesión Americana, como se ha atrevido a manifestar en alguna entrevista. Como mucho, se ha servido de ella para «obsequiar» al espectador con escenas de una violencia impresentable, como la lucha de los mandingos o aquella en la que unos perros devoran a un esclavo que ha tratado de fugarse. El rizo del rizo, la pose de la pose, lo encontramos, sin embargo, en uno de los últimos planos de la película: aquel en el que Django, tras consumar su venganza y haber explotado el caserón de Candie, ofrece a su amada un pequeño recital de gestos circenses a lomos de su caballo. Ver para creer.

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