.

EL ARCO

Escrito por Ángel A. Pérez Gómez

Alargada anécdota argumental de carácter alegórico en un filme de Ki-Duk menos logrado que los anteriores.

 
Kim Ki-Duk es el director asiático de moda. Ha sustituido en el aprecio de los cenáculos europeos y neoyorquinos al chino Zhang Yimou. Este realizador coreano muestra una gran versatilidad en temas y estilos, sin perder ese inconfundible regusto oriental por los encuadres rotundos y los colores vivos junto a una debilidad por los apólogos de sentido sapiencial (a diferencia de los occidentales que suelen tener moraleja).
 
El distinto sentido del tiempo y la descripción primorosa de ambientes y situaciones alarga, a veces, los relatos dándoles una duración desproporcionada a su sustancia narrativa (desproporcionada, en la percepción occidental del paso del tiempo). Éste es el caso de El arco, un cuento breve (brevísimo, diría yo), estirado hasta los 90 minutos de proyección.
 
En él, un viejo, que vive en un barco tan añoso como su inquilino, anclado a unas cuantas millas de tierra, ofrece un lugar ideal para que los aficionados a la pesca coloquen sus cañas y obtengan un botín que nunca lograrían en la orilla del mar. El negocio le da para vivir. Desde hace unos diez años le ayuda en la atención a sus huéspedes una muchacha a la que recogió y a la que mantiene alejada de tierra. Espera hacerla su esposa cuando se convierta en mujer.
 
La acción se desarrolla prácticamente en el viejo cascarón y narra con voluntad minimalista la vida de ambos personajes. El viejo maneja el arco como arte adivinatoria y, otras veces, para alejar a los «moscones» que se atreven a propasarse con la muchacha realmente en flor. Hasta que un día aparece un joven universitario que encandila a la doncella. Pero ese amor frustraría los planes de boda del viejo. Así que éste trata por todos los medios de consumar su matrimonio antes de que pierda definitivamente a la hija-esposa que ha cuidado y alimentado durante tantos años.
 
Como fácilmente habrá intuido el espectador avisado, estamos ante una metáfora y no ante un relato realista. Los significados están a disposición del público: pueden interpretarse en clave política (el dictador que mantiene aislado al país, que confiesa amar a su pueblo, que quiere hasta desposarlo, pero que le niega libertad y educación para no sea capaz de romper las cadenas), psicológica (el amante que quiere conformar y dominar a la persona amada, que la aísla de otras relaciones, que desea su posesión en exclusividad, etc.), social (los clientes que se creen, porque pagan, con derecho a sobar a la jovencita que les sirve), religiosa (creencias y rituales que maniatan...) y hasta morbosa (incesto metafórico, viejo verde). La imaginación es libre y, por tanto, la parábola puede cargarse de tantos sentidos cuantos espectadores se asomen a estas imágenes que, en realidad, son simples, sencillas y universales, aun siendo locales y vinculadas a una cultura determinada.
 
El arco, al igual que la película y el título que lleva, es susceptible de diversos usos: la defensa, el ataque, la música y hasta la adivinación. Como la vida misma. Los colegas de la crítica se han prodigado en los elogios. No es mi intención cantar fuera del coro, pero sí matizar un poco el cúmulo de ditirambos. Es buena, cierto, la música de Kang Eun-il, al que le puede pasar lo que a Ravi Shankar, que el cine le haga famoso (o contribuya a su consagración «global»). No es mala la interpretación de Han Yeo-Reum, la chica, actriz también en Samaritan Girl. Más discutible, la del anciano. Y la del resto, de opereta...
 
Otros aspectos de la producción denotan un escasísimo presupuesto, una rapidez en el rodaje que no siempre le da frescura a la narración y un aire de cierto amateurismo (o de cine independiente, como se quiera) que a unos les parecerá admirable en un director consagrado y a otros nos suena a tacañería (el propio Kim es productor y montador del film, además de guionista y director). Todo es del color con que se mire.
 
He disfrutado con otras películas de este realizador coreano. Y espero seguir gozando con obras posteriores. Ésta me ha defraudo una pizca. Será tal vez que la vi en el transcurso de un festival, y ya se sabe que los atracones de cine acaban por embotar la sensibilidad fresca que las delicatessen orientales reclaman.

Utilizamos cookies propias y de terceros con el fin de mejorar la experiencia del usuario. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.
Ver política de cookies.