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360: JUEGO DE DESTINOS

Escrito por José A. Planes Pedreño
  • Titulo Original
    360.
  • Producción
    Andrew Eaton y David Linde (Reino Unido, 2013).
  • Dirección
    Fernando Meirelles.
  • Guión
    Peter Morgan; basado en la novela “La ronda”, de Arthur Schnitzler.
  • Fotografía
    Adriano Goldman.
  • Música
    Varios.
  • Montaje
    Daniel Rezende.
  • Distribuidora
    Vértigo Films.
  • Estreno
    31 Mayo 2013
  • Duración
    110 min.
  • Intérpretes
    Anthony Hopkins (John), Jude Law (Michael Daly), Ben Foster (Tyler), Rachel Weisz (Rose), Moritz Bleibtreu (vendedor), Dinara Drukarova (Valentina).

Cruce de desatinos

Las películas corales o con diversas historias entrelazadas constituyen una prueba de fuerza para cualquier cineasta. Exigen un gran sentido de la cohesión, con el fin de aunar el ramillete de líneas narrativas sin que se produzcan disonancias; de la síntesis, para perfilar cada personaje con escuetos pero precisos trazos; y del ritmo narrativo, pues no es extraño que haya tramas que funcionen mejor que otras y que, durante la evolución del relato, se vaya deshilachando el crescendo dramático al que aspira toda narración. Estas tres cualidades podemos identificarlas en largometrajes mosaico del calibre de El juego de Hollywood (1992), Vidas cruzadas (1993), Magnolia (1999), Cosas que diría con sólo mirarla (1999) o Crash (2004). En ellas se construyen visiones caleidoscópicas de diversas realidades sociales o humanas a través, precisamente, de las idas y venidas de un grupo de personajes secretamente interconectados. Y las sensaciones de confusión o desorientación en los compases iniciales van cediendo a las del orden, la coherencia y la unidad.

Por desgracia, estos requisitos exigidos para obras de cierta enjundia narrativa no existen en 360: juego de destinos, dirigida por Fernando Meirelles, cineasta brasileño cada vez más consolidado a nivel internacional gracias a títulos como Ciudad de Dios (2002), El jardinero fiel (2005) y A ciegas (2008), esta última una meritoria adaptación de la novela Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. 360: juego de destinos narra los trayectos entrecruzados de diversos individuos que no tienen en nada común y que proceden de países y culturas muy diferentes, como Austria, Rumanía, Francia, Rusia, Inglaterra, Brasil y Estados Unidos. Del ingreso en el turbio negocio de la pornografía y prostitución de lujo por parte de Mirka saltamos a un matrimonio en crisis y a otras relaciones sentimentales; entre medias, nos detenemos en la infructuosa búsqueda de un padre por encontrar a su hija desaparecida y a un exdelincuente sexual que acaba de salir de la cárcel y que tratará de no reincidir en los mismos delitos por los que fue condenado.

Aunque el dominador común de la mayoría de las historias sean los conflictos sentimentales que oscilan entre el albor y la decadencia del amor, el guión resulta abstruso. Cualquier pretensión del espectador por descubrir el principio organizador de las hebras narrativas termina por frustrarse. Para empezar, muchas de las historias constituyen en sí mismas insignificantes declinaciones de la vertiente temática predominante; algunas de ellas adolecen incluso de una sorprendente insuficiencia argumental, como por ejemplo la que protagoniza el matrimonio que forman Rachel Weisz y Jude Law, cuya resolución, que se quiere optimista y positiva, es a todas luces inverosímil. Pero la cosa pinta mucho peor cuando la película se escora hacia derroteros que desbordan el marco sentimental, como sucede con los episodios que giran en torno a la prostitución y que se ubican en el arranque y la conclusión del relato para –supuestamente– empaquetar todo de lo que hemos sido testigo. Si con esta inclusión se perseguía desplegar alguna lectura en clave social, humana o metafórica, el fracaso es estrepitoso. Una de dos: o en la fase de montaje se ha producido una incomprensible amputación de secuencias; o no tenemos más remedio que concluir que el guión de Peter Morgan, basado en la obra teatral La ronda, de Arthur Schnitzler, resulta un despropósito mayúsculo en todos los sentidos.

No sale ni muchísimo menos ileso de este desatino Fernando Meirelles. De hecho, sin carne dramática que echar a su película, queda en evidencia un ejercicio de filmación retórico y mentiroso, en donde las escenas están trufadas de pequeñas y agudizadas elipsis, desenfoques, cambios bruscos de plano y una gran variedad de ópticas y texturas lumínicas. De la misma forma podemos valorar las bellas y sugerentes canciones, que pasan al primer plano sonoro en busca de una fácil sensorialidad que las imágenes por sí mismas nunca llegan a rozar. Así las cosas, no nos queda otra que desaconsejar 360: juego de destinos y recomendar, por el contrario, los imprescindibles títulos corales que hemos apuntado en el primer párrafo.

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