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16 CALLES

Escrito por J.L. Sánchez Noriega

Estimable, pero no excepcional, filme de acción de factura clásica con una historia en tiempo real.

Coinciden en esta estimable, pero no excepcional, película dos cineastas –el actor protagonista y el director– que tienen en común haber participado en películas muy dignas y hasta buenas al mismo tiempo que también aparecen en los créditos de obras muy menores. Dicho en román paladino: el actor Bruce Willis y el director Richard Donner valen lo mismo para un roto que para un descosido. El eficaz Willis de la comedia televisiva “Luz de luna” quiso emular a Schwarzenegger en las entregas de La jungla de cristal y ha dado bien ante la cámara en filmes de intriga y acción resultones en taquilla (Armageddon, Estado de sitio, El quinto elemento), aunque de vez en cuando le toca la lotería y pone su nombre debajo de títulos más creativos como Doce monos o El sexto sentido. Lo mismo le sucede a Donner, firmante de supermanes, armas letales y otras lindezas por el estilo, aunque también de las entretenidas Maverick y Conspiración. Aquí, Willis está en un buen momento, como héroe decadente y lastimero, con una contenida y eficaz interpretación; y Donner también se luce en un filme con retos de los que sale bien parado.

La muy breve historia se limita a contar el encargo que recibe el policía Jack Mosley de trasladar al detenido Eddie Bunker desde una comisaría a un tribunal neoyorkino que se encuentra a una distancia de 16 calles, para lo que dispone de dos horas. Eddie tiene que testificar sobre el comportamiento criminal de unos policías por lo que el breve trayecto se convierte en una auténtica carrera de obstáculos, ya que se suceden los intentos de asesinato del testigo incómodo. Mosley, que es un tipo bebedor y, aparentemente, derrotado conoce bien la trama de crimen organizado dentro de la policía y saca fuerzas de la debilidad para proteger al pobre Eddie, a la postre un desgraciado que alberga el modesto sueño de regentar una panadería.

Como se imaginará el lector, 16 calles es un filme que transcurre prácticamente en tiempo real, lo que siempre supone un reto y exige un director muy competente, capaz de dosificar el ritmo y la tensión dramática. Se podría reducir el metraje de toda la acción que antecede al secuestro del autobús, pues en ella apenas se cuenta otra cosa que repetir el punto de partida del acoso que tienen que superar Eddie y Mosley. Pero es a partir de ese suceso cuando gana fuerza la historia, adquiere mayor espesor el diseño de los personajes, se profundiza en sus personalidades o en su historia personal y aumenta el interés con el giro narrativo del último tercio. No digo que no esté bien rodado el primer intento de asesinato con Eddie esposado en el asiento trasero del coche o que no alcance enorme verosimilitud el deambular de la pareja por los callejones de cubos de basura y alcantarillas que exhalan vapor de agua; tampoco niego fuerza al tiroteo en la lavandería china o a los encuentros de Mosley con el jefe de sus perseguidores (Nugent), pero en la narración de toda esa larguísima primera parte no se alcanza la categoría de, digamos, walk movie con la evolución de Mosley o la diversidad de tipos humanos o de espacios según nos enseña la tradición de la road movie, donde el viaje geográfico es, siempre, un itinerario personal de transformación.

Acción entretenida, con algunos tiros de más, pero con el ritmo adecuado y un tratamiento contenido de la historia. Los personajes vienen subordinados a la acción, el policía Mosley o su antagonista Nugent son más tópicos, mientras Eddie con su verborrea que trata de conjurar el miedo o la soledad y sus ilusiones resulta mucho más interesante. La foto y la ambientación son eficaces, con la cámara en mano muy ágil y los muy cinematográficos espacios de las calles neoyorkinas de barrios atiborrados de gente.

El final y la solución moral tópica son las propias del cine comercial, pero ello no es obstáculo para un filme que, dentro de esa ortodoxia ideológica, también plantea alguna subversión, como es el hecho de que el secuestrador de varias decenas de inocentes en un autobús sea quien tiene razón; es decir, que frente a tantas situaciones reales y cinematográficas, donde el terrorista y/o demenciado de turno se hace con rehenes y amenaza con ir matando a uno por minuto y donde los mediadores y los francotiradores han de tener los nervios bien templados para que se imponga la razón y se evite el baño de sangre, aquí se ha planteado justamente una situación en la que la consecución de la justicia en una ciudad donde los policías se han convertido en criminales no se logra sino con un método tan expeditivo como la amenaza de violencia… Aunque no pase a la historia, 16 calles nos recuerda el mejor cine de acción de los setenta (John Frankenheimer, Sam Peckinpah o Don Siegel), cuando una gota de sudor en la mejilla donde se apoya el cañón de una pistola tiene más interés y emoción que los consabidos brincos, derrapes, choques o explosiones de coches (por no hablar de monstruitos digitales…).

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