.

DECLARADME CULPABLE

Escrito por Pedro Sangro

Lección magistral de cine de “juicios” que reflexiona sobre la moral impuesta por las instituciones frente a la que se forja cada individuo.

Desde que debutara bajo el estilo atribuido a la llamada “generación de la televisión” con Doce hombres sin piedad (1957), Sidney Lumet ha realizado más de cuarenta películas, además de permitirse el lujo de escribir uno de los mejores libros sobre dirección cinematográfica que existen: “Así se hacen las películas” (1999). En tan extensa filmografía hay, sin duda, altibajos y películas menores, pero también obras maestras como Tarde de perros (1975) o Network, un mundo implacable (1976), títulos elegidos arbitrariamente por el que firma de entre una docena de films del director que son imprescindibles para reconstruir la historia del medio siglo de celuloide americano transcurrido desde su debut.

Estamos, pues, ante un cineasta que, analizado con mínima perspectiva, es ya un “clásico”, un auténtico dinosaurio capaz de sobrevivir con probada dignidad y ganas de seguir contando historias en el actual ecosistema del negocio cinematográfico hollywoodiense adicto a la mercadotecnia y el efecto visual. No sorprende entonces que, todavía hoy, con más de ochenta años a sus espaldas, Lumet regrese a la dirección con una lección de cine que atornilla para siempre la coherencia temática y formal de todo su universo filmográfico: Declaradme culpable no es sólo una espléndida película “de juicios”; es, además, una soberbia, altanera y divertida declaración de intenciones acerca de la condición humana y las contradicciones que resultan del choque entre la moral impuesta por las instituciones y la que se forja cada individuo como sistema de valores propio.

La cinta, impecable en su reconstrucción de “época”, toma como material discursivo el juicio multitudinario contra la familia Lucchese que sentó a veinte acusados de New Jersey en el banquillo, a los que se les imputaban setenta y seis cargos relacionados con actividades mafiosas en las postrimerías de los años ochenta (el juicio, además, fue el proceso criminal más largo de Estados Unidos, prolongándose durante más de dos años). Uno de los mafiosos juzgados era Jackie “Dee” DiNorscio quien, condenado previamente a cadena perpetua por tráfico de drogas, rechazó un trato de la fiscalía para rebajar su condena a cambio de declarar contra el resto de inculpados, y decidió, en un acto sin precedentes, defenderse a sí mismo en el juicio. A lo largo del mismo, DiNorscio consiguió convertirse en la gran atracción del proceso y, gracias a su tragicómica actuación, se ganó la simpatía del jurado, llegando a ser una pieza decisiva en el veredicto de inocencia para todos los inculpados que se impuso.

Partiendo de este acontecimiento real (de por sí absolutamente atractivo como historia ficcional), Lumet propone una revisión del material dramático que convierte al famoso abogado por accidente en un antihéroe cinematográfico de primer orden, y por extensión, nos identifica también con el resto de inculpados, redimiéndolos de todos de sus delitos al presentarlos como un “entrañable” grupo familiar que cristaliza una imagen cinematográfica sobre la mafia italoamericana más cercana a la de Los Soprano que a la de la saga de los Corleone.

Sería un error, por tanto, menospreciar la película desde una lectura corta de miras e incapaz de descubrir la clara intención del octogenario director de establecer una distancia cómica con respecto a la cruda realidad que representa (según sus productores, trasladada a la pantalla de una forma extraordinariamente fiel): al fin y al cabo los hechos reales que inspiran el film cuentan cómo una panda de criminales se libran de la cárcel mediante una seductora actuación frente a un jurado al que convence de que sus valores humanos como individuos están por encima de sus acciones delictivas. Y es que, desde el principio, la película deja claro que su “estilo” de vida no es, precisamente, muy recomendable; pero en esta cinta nadie trata de extorsionar al jurado o amenazar al juez; por el contrario, los acontecimientos que se suceden van demostrando que los únicos que actúan de forma inmoral a lo largo del mismo son los representantes de la ley (sobre todo el astuto y experimentado abogado Sean Kierney, que asume el juicio como una lucha personal para apuntarse un tanto importante en su carrera mediática).

Esta contradicción propia de nuestras instituciones que permitió dejar en libertad un colectivo de hampones claramente culpables se explica en esta deliciosa comedia dramática mediante el proceso de identificación que el jurado (y junto a ellos, a lo largo de la proyección, nosotros como público) experimenta hacia el personaje de DiNorscio, en una clase magistral de cine que juega a voluntad con la moral del espectador hasta ponerle de parte de los Lucchese incondicionalmente. Encarnado en la pantalla de forma maravillosa por un Van Diesel liberado absolutamente de su pasado interpretativo, este vendedor de cocaína entrado en carnes, putero y mafioso que decide meterse a abogado defensor va, poco a poco, desvelándonos la grandeza humana que, más allá de su catadura moral como ciudadano y marido, posee como hombre. Así, su “código de honor” va siendo descubierto por el espectador-jurado en distintos pasajes de su vida, recompuestos con una capacidad de síntesis brillante a través del espléndido guión que condensa la evolución del largo proceso.

DiNorscio es, en definitiva, un personaje a la altura del “Mr. Smith” de Capra, aunque de procedencia mucho más oscura: puesto en tela de juicio por su propios compañeros de la organización criminal, y con un único aliado en la sala (el abogado Ben Klandis interpretado con maestría por el “pequeño” Peter Dinklage), se mantiene incólume hasta el veredicto final a pesar de ser el único delincuente de la sala que no sacará nada del resultado del proceso, excepto, quizás su nueva aceptación en “la familia” y la recuperación de su dignidad como miembro de la misma. El reencuentro de DiNorscio con su ex mujer en un bis a bis que se trunca en pocos minutos, la noticia de la muerte su madre en una conversación privada con el juez, su reacción cuando es tiroteado por su propio primo, la relación de cariño con su padre, el descubrimiento de sus sentimientos hacia su hermano alcohólico fallecido, la soledad que experimenta en su celda, su apego al sillón de orejas sobre el que duerme, su marginación en el comedor de los acusados, y sobre todo, todas y cada una de sus intervenciones en el juicio, permiten a Lumet planificar una docena de escenas rebosantes de talento con las que construye uno de los mejores personajes que ha dado el cine contemporáneo.

Chorros de oficio se destilan en este film que, centrado en la interpretación de su estrella principal, no olvida la dirección del resto de actores (todos ellos sólidos y entonados) ni el uso de una puesta en escena sobresaliente que resuelve el relato sin estridencias ni exhibiciones innecesarias. El viejo director de las películas de juicios consigue con Declaradme culpable levantar una historia de altura (posiblemente una de sus mejores películas) y sin perder de vista el entretenimiento del personal se atreve a cuestionar el sistema judicial americano y, de paso, demostrar que la moral es una cuestión personal e intransferible.

Utilizamos cookies propias y de terceros con el fin de mejorar la experiencia del usuario. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.
Ver política de cookies.