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DE TAL PADRE, TAL HIJO

Escrito por Rafael Arias Carrión
  • Titulo Original
    Soshite chichi ni naru
  • Producción
    Amuse, Fuji Television Network y GAGA (Japón, 2013)
  • Dirección
    Hirokazu Kore-eda
  • Guión
    Hirokazu Kore-eda
  • Fotografía
    Mikiya Takimoto
  • Montaje
    Hirokazu Kore-eda
  • Distribuidora
    Golem
  • Estreno
    29 Noviembre 2013
  • Duración
    120 min.
  • Intérpretes
    Masaharu Fukuyama (Ryota), Machiko Ono (Midorino), Yoko Maki (Yukai), Lily Franky (Yudai), Keita Ninomiya (Keita), Shogen Hwang (Ryusei), Jun Fubuki (Nobuko), Jun Kunimura (Kazushi)

de-tal-padre-tal-hijo2Kore-eda filma una película genial, de enorme hondura emocional y ética. Desde 2004, cuando se estrenó Nadie sabe, hemos podido disfrutar con regularidad cada estreno del cineasta japonés Hirokazu Kore-eda. Es, en tiempos de conservadurismo en las distribuidoras, un bendito anacronismo. Ni siquiera ha sucedido eso con Takeshi Kitano, ni mucho menos con Naomi Kawase o Yôji Yamada, por no hablar ya de cineastas tan interesantes como Kiyoshi Kurosawa, inédito en nuestras pantallas. Uno de los directores del clasicismo japonés más reivindicados en los últimos años, especialmente desde la retrospectiva que le hizo el festival de San Sebastián en 1998, es Mikio Naruse. Kore-eda ha reconocido mucho su influencia en lo formal y, especialmente, en su temática. Naruse fue un maestro en el drama familiar, al igual que Yasujiro Ozu, pero a diferencia de éste, acentuaba las diferencias de clase, como suele ser habitual también en Kore-eda.

De tal padre, tal hijo, galardonada con el premio especial del jurado en el último festival de Cannes, presidido por Steven Spielberg, –quien ha comprado los derechos con el propósito de versionarla para el mercado estadounidense–, aglutina el gran tema de Kore-eda, la familia, visto desde múltiples aristas, y lo realiza con tal naturalidad, que pareciera estar rehuyendo continuamente los giros dramáticos, para conseguir ser muy efectivo pero sin efectismos. Una de sus virtudes es que permite asombrarse de la depuración estilística del director de Air Doll (2009). En una película tan temprana como la excelente After Life (1998), a una serie de personas fallecidas, situadas en un limbo, les pedían narrar un recuerdo de un momento vital que explicara su existencia. En Nadie sabe (2004), eran los niños quienes recreaban un microcosmos familiar después de ser abandonados por su madre, niños que volverían a ser protagonistas en Kiseki (Milagro) (2011), en donde dos hermanos, separados a raíz del divorcio de los padres, planean un reencuentro; Still Walking (2008) miraba hacia los ancestros, hacia los restos de la relación entre hijos y padres. Todas ellas son películas excelentes pero parecen esbozos al lado de la perfección de De tal padre, tal hijo, donde están todos esos temas expuestos y perfeccionados, recreando con pequeñas escenas sutilmente relacionadas un universo temporal y emocional de enorme hondura.

            El argumento resulta moralmente comprometido y de difícil resolución. Ryota y Midorino, una pareja de clase media alta es feliz con su único hijo de seis años, Keita, hasta que le comunican desde el hospital donde nació que hubo un lamentable error y que su hijo biológico no es el que han cuidado y educado desde su nacimiento sino otro, llamado Ryusei, educado por Yudai y Yukari. El hospital planifica el encuentro entre las dos familias indicando que casi todas las parejas con el mismo drama, aceptan el intercambio de hijos. Deciden darse unos meses para que sus hijos convivan y se acostumbren a la otra familia, antes de realizar el intercambio definitivo.

            Como en todas las grandes películas importa lo que vemos, pero igualmente lo que no vemos. Es decir, en este caso, la familia que educó a un hijo que creía biológicamente suyo apenas aparece, pero las pocas escenas en las que están presentes son narrativamente ejemplares y aportan una información precisa que genera sensaciones heterogéneas en el espectador. En la primera reunión entre las dos familias, observamos a través de la vestimenta que hay diferencia de clase, más tarde cuando veamos que una familia vive en la urbe y la otra en el extrarradio, y entremos en sus respectivos hogares, se acentuará la diferencia al observar los entretenimientos de los niños, uno con una wii, mientras otro con un pequeño videojuego portátil. En esa primera reunión Yudai insiste en pagar la merienda y pide factura a nombre de un hospital. La percepción es la de que está cargando la cuenta a un tercero, lo que produce una desagradable sensación. Las siguientes escenas giran totalmente ese punto de vista, vemos que es mucho más cercano a sus hijos, a los que quiere, disfruta bañándose con ellos, yendo de camping, arreglando un coche de juguete, creando cometas… Por el contrario, Ryota, el padre aparentemente ejemplar, no disfruta de su hijo debido a su asfixiante trabajo.

La excelencia ética de Kore-eda le lleva a dar un paso más y a plantear no sólo la certidumbre de que lo correcto deba ser intercambiar a los hijos después de un proceso de seis meses de aclimatación. En Japón la sangre tira mucho más que la cultura de la educación. Es en ese momento cuando Ryota piensa en quedarse con los dos ofreciendo dinero a cambio de uno de ellos, pensando en que ese dinero le vendría bien a Yudai y Yukari. Tiempo después, hecho el intercambio, Ryusei huye de su nuevo hogar y será Yudai, el padre afrentado, el que le ofrezca quedarse con los dos.

Leves apuntes complementan esta excepcional película. La visita a los abuelos punteada con esa diferencia de opiniones entre ambos, él piensa que la sangre es primordial, ella que la educación está por encima, y ese plano de Ryota y su hermano, tan diferentes físicamente que podríamos pensar que no son hermanos biológicos, reafirmando la opinión de ella. Y esa enfermera culpable del intercambio y a quien su hijo defiende afirmando con vehemencia que es su madre y que todo lo que le sucede a su madre le afecta a él, dejando de piedra a Ryota.

Conviene no olvidar la maestría del director nipón al visualizar con la cámara dos momentos de enorme intensidad. En primer lugar, antes del intercambio, cuando Midorino retira las fotos y recuerdos de su hijo, filmado como si fuera un duelo, una pérdida, con detallismo pero sin fatalismo. En segundo lugar, la transparencia de los niños, que son incapaces de abrazar a sus nuevos padres, quienes les reclaman un abrazo cómplice, para crear lazos de afectividad. Los padres pueden crear lazos artificiales, los niños no. Excepcional película por lo que muestra, lo que oculta, por tantas cosas que resulta ser una summa de lo filmado hasta ahora por Kore-eda y por todo aquello que nos incumbe como seres humanos. Sencillamente, una obra genial.

 

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