.

12 AÑOS DE ESCLAVITUD

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez
  • Titulo Original
    12 Years of Slavery
  • Producción
    Plan B Entertainment (Reino Unido - USA, 2013)
  • Dirección
    Steve McQueen
  • Guión
    John Ridley; basado en la autobiografía de Solomon Northup
  • Fotografía
    Sean Bobbit
  • Música
    Hans Zimmer
  • Montaje
    Joe Walker
  • Distribuidora
    DeAPlaneta
  • Estreno
    13 Diciembre 2013
  • Intérpretes
    Chiwetel Ejiofor (Solomon Northup / Black), Michael Fassbender (Edwin Epps), Brad Pitt (Bass), Sarah Paulson (Sra. Epps), Scott M. Jefferson (amo Shaw), Paul Giamatti (Freeman), Benedict Cumberbatch (Ford), Lupita Nyong'o (Patsey), Dwight Henry (tío Abram).

12-anos-de-esclavitud2Cautiverio como esclavo de un afroamericano libre a mediados del siglo XIX en EEUU. Hay panegiristas y detractores entre los colegas de la crítica respecto a Doce años de esclavitud. Yo, modesta pero sinceramente, me sitúo en un término medio. Me explico, estamos ante una buena película sobre los horrores de la esclavitud y más cuando esa desgracia cae sobre quien ha vivido antes como hombre libre la mayor parte de la vida. Es la suerte que han corrido y, por desgracia, siguen corriendo millones de personas, nacidas –como dice la Constitución de los EEUU– libres pero sojuzgadas y desprovistas de su dignidad y libertad por razones bélicas, étnicas, religiosas, sociales o económicas, que de todo ha habido para justificar tan infame abominación a lo largo de la Historia, que es a su vez historia de una gran parte de la población, reducida a esclavitud durante milenios.

Esta cinta no es ni de las más horrendas ni de las más redondas sobre el tema. Recuérdese la terrible secuencia final de Mandingo (Richard Fleischer, 1975), realizada hace casi cuarenta años. Aunque el drama de Solomon Northup es terrible, sabemos que las sevicias, maltrato y conducta de los amos con sus esclavos conforman las páginas más ignominiosas y crueles de la humanidad. Lo que padece Solomon desde el momento en que es vendido, víctima del engaño de un par de truhanes, no es broma, retrata bastante fielmente lo que era el estilo de vida de los esclavos en las plantaciones del Sur norteamericano y –me atrevería a decir­– en todas las colonias que en el mundo han sido: castigos brutales, comida insuficiente, habitáculos sórdidos, jornadas inacabables, condenas sin juicio, vejaciones y humillaciones de todo tipo encaminadas a borrar todo rastro de dignidad y autoestima del cautivo. Algunas series televisivas, como la todavía reciente Espartaco, han mostrado sin ambages (y con su punto de exageración, también) la atroz crueldad con que los esclavos eran tratados en el imperio romano, haciendo hincapié en los aspectos más truculentos y morbosos.

La película de Steven McQueen mantiene una cierta contención en esas escenas de desprecio absoluto a la persona del esclavo y de su tortura física y moral. Ese equilibrio se quiebra en algunos momentos, no por dar «carnaza» al público, sino para prolongar en el espectador el impacto visual de un castigo desproporcionado y lacerante (la escena del ahorcamiento frustrado). Trata de fijar su atención en la triste figura de Solomon reducido a ser Black (negro, en inglés) y en cómo el régimen esclavista conduce siempre a la inaceptable arbitrariedad con que el amo se conduce con el siervo forzoso, hasta el punto que, para que el sistema perdure, no puede menos que someter a la víctima a un constante martilleo de abusos, bajezas y maldades sin causa ni proporción. Como le dice a Solomon un compañero suyo: «Se trata de sobrevivir». Y él responde: «No, se trata de vivir». Porque, en cuanto dejas de considerarte un ser digno de la vida, cualquier cosa que te hagan te parecerá justa, como ocurre muchas veces con algunas mujeres maltratadas que arrastran una culpabilidad inducida que las vuelven sumisas a sus verdugos inmisericordes.

La esclavitud, como sistema, es la negación de la categoría de persona al sojuzgado y su puesta a disposición de un poder arbitrario –el del amo– que no obedece a razones sino a caprichos o que, simplemente, recurre a todos los medios, incluso los más aberrantes, para mantener su dominio total sobre el esclavizado. Esto sí lo refleja con convicción 12 años de esclavitud. Solomon, desde el momento en que es privado de libertad, pasa de la casa de subastas a ser propiedad de sucesivos amos para cortar caña, tocar el violín, talar árboles y acarrearlos, recoger algodón, hacer de recadero o de verdugo de sus propios hermanos de esclavitud… Es la desposesión total que trata incluso de robarle su espíritu, a lo que Solomon casi renuncia cuando empuña el látigo contra la pobre e inocente Patsey.

La realización de McQueen tiene momentos brillantes, pero también otros de claro bajón expresivo. Para su entrada en Hollywood con este film espectacular ha recurrido al lenguaje clásico del cine producido en California. Sólo en algunos planos, abiertamente barrocos en su composición y duración (¿homenaje a los planos-secuencia?), apunta detalles de continuidad con Hunger o Shame en un deseo de poner firma autoral a un film con el estilo de «los grandes estudios». La elección de Michael Fassbender para interpretar al villano alcohólico, al amo más déspota y voluble de esta historia, resulta también congruente con eso de dejar su impronta por doquier. No cabe duda que buena parte del éxito del film se debe a la convincente interpretación del actor británico Chiwetel Ejiofor, de ascendencia nigeriana, que trasmite con vigor el inicial desconcierto de un hombre de repente reducido a la condición de esclavo y, luego, la interior rebeldía que mantiene encendido un fuego irreductible en sus ojos. Otras joyas del reparto son Benedict Cumberbatch, como el amo Ford, y Lupita Nyong'o que resulta conmovedora en su fragilidad como cabeza de turco de todas las veleidades del inestable Edwin.

Hay que recordar también que la instrucción religiosa en el cristianismo, impartida por sus amos a los esclavos, resulta indignante porque se utilizó para fomentar la resignación y la pasividad en quienes se habían visto privados de la más mínima libertad para disponer de sí mismos. Una práctica aberrante que avergüenza a las Iglesias que toleraron semejante manipulación de la fe cristiana para «bendecir» una esclavitud que está en las antípodas del Evangelio.

Utilizamos cookies propias y de terceros con el fin de mejorar la experiencia del usuario. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.
Ver política de cookies.