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A PROPÓSITO DE LLEWYN DAVIS

Escrito por Francisco M. Benavent
  • Titulo Original
    Inside Llewyn Davis
  • Producción
    Scott Rudin, Ethan Coen, Joel Coen (Long Strange Trip LLC) para CBS/StudioCanal/Anton Capital Entertainment (EE.UU., 2012).
  • Dirección
    Joel Coen, Ethan Coen
  • Guión
    Joel Coen, Ethan Coen
  • Fotografía
    Bruno Delbonnel
  • Música
    temas diversos, sup. T-Bone Burnett
  • Montaje
    Roderick Jaynes (Joel Coen, Ethan Coen)
  • Distribuidora
    Universal
  • Estreno
    01 Enero 2014
  • Duración
    104 min.
  • Intérpretes
    Oscar Isaac (Llewyn Davis), Carey Mulligan (Jean), John Goodman (Roland Turner), Garrett Hedlund (Johnny Five), F. Murray Abraham (Bud Grossman), Justin Timberlake (Jim), Stark Sands (Troy Nelson), Adam Driver (Al Cody), Jeanine Serralles (Joy), Max Casella (Pappi Corsicato), Ethan Phillips (Mitch Gorfein), Robin Bartlett (Lillian Gorfein), Jerry Grayson (Mel Novikoff), Alex Karpovsky (Marty Green), Helen Hong (Janet Fung), Bradley Mott (Joe Flom), Michael Rosner (Arlen Gamble).

a-proposito-de-llewyn-davis2El decimosexto largo de los hermanos Coen, Premio Especial del Jurado en Cannes, no es un ochomil en un himalaya filmográfico que abarca ya tres décadas -lo mismo que Crueldad intolerable (Intolerable Cruelty, 2003), Quemar después de leer (Burn after Reading, 2008) o Un tipo serio (A Serious Man, 2009)-, pero es una obra de madurez hecha con su acostumbrada independencia artística, inconfundiblemente personal y depurada, importándoles un bledo la taquilla o el gusto de la crítica, algo de lo que casi ningún cineasta puede ya presumir. Nacidos en Mineápolis (Minnesota), Ethan (1957), el bajo y barbudo, y Joel (1954), el alto, serio y delgado, hacen aquí el retrato del artista anónimo, hambriento y sin fortuna. Llewyn Davis es el mismo personaje que protagoniza casi todas sus películas, un perdedor –que no fracasado- superado por los acontecimientos, un tipo sin brillo cuya balsa va a merced de los elementos, un héroe (o antihéroe) de tragedia griega enfrentado al mundo y a los dioses. En este sentido no hay novedades que destacar.

            La circunstancia que lo rodea es ahora el mundillo de la música folk en el bohemio Greenwich Village neyorquino de 1961. Un año en el que se estrenaron West Side Story (Amor sin barreras), Uno, dos, tres, Desayuno con diamantes o Vidas rebeldes, un año en el que Viridiana estallaba en Cannes, Joseph Heller publicaba su sátira sobre Vietnam "Catch-22 (Trampa-22)", los Beatles y los Beach Boys daban sus primeros conciertos (lo mismo que por estos pagos los Pekenikes) y Elvis Presley hacía el servicio militar en Alemania. Fechas todavía incipientes en las que muchos intérpretes dejaban atrás su pueblo perdido para triunfar con una guitarra y unas letras embebidas de compromiso social siguiendo los ecos de Woody Guthrie o Pete Seeger, despreciando el éxito comercial para no traicionar sus principios. Poco antes de que los sesenta se convirtieran en los sesenta cuando, tras la muerte de Kennedy, se fueron adueñando del panorama Vietnam, los jipis y el sesentayochismo.

            Con un cierto parecido a Ethan (mutatis mutandis, algunos rasgos son también coincidentes con su biografía), Llewyn Davis es uno de esos cantautores sin suerte, mitad por su mala estrella, mitad por su mala cabeza. Su compañero de dúo se ha suicidado y su mejor amiga le da la noticia de que la ha dejado embarazada. Su padre se halla arrumbado en una residencia y su hermana casi no le abre la puerta. Mientras tanto, intenta subsistir dando tumbos por las frías calles de Nueva York, durmiendo de sofá en sofá en casas de amigos, cantando y pasando después la gorra en algún garito, como el Gaslight Cafe, el Bizarre, el Wha?, el Gerde's, el Commons…, todo un homenaje a esos míticos locales. Como si fuera el hijo del gran Lebowski, va en caída libre, de golpe en golpe. Buscando bolos para ganar unos dólares, siempre sin prostituir su arte, viaja como un canto rodado hasta la no menos gélida Chicago. En su odisea, este remedo de Ulises piensa incluso en dejarlo todo y surcar los mares, enrolándose, como antaño lo hiciera su padre, en la marina mercante.

Davis es un cantante ficticio, aunque sus lances están inspirados por los que vivió Dave Van Ronk (1936-2002), figura emblemática de aquella escena, quien los plasmó en un libro de memorias que vio la luz en 2005, "The Mayor of MacDougal Street", un tratado de primera mano sobre lo que suponía sobrevivir en el mundo de la música. En un guiño, al protagonista se le ven los dos discos que ha editado, uno formando dúo con su fallecido compañero -"Timlin & Davis Sing If We Had Wings"- y otro en solitario -"Inside Llewyn Davis", el que da título al filme- cuya portada es casi idéntica a la de "Inside Dave van Ronk" (1963), en la que el malogrado compositor aparecía retratado con un gato.

Su peripecia homérica sirve para que los Coen retraten la dureza de los comienzos artísticos, que rápidamente pueden quedar abortados ("no hay que mostrar los comienzos, ya que se corre el riesgo de perder la magia" se dice con lucidez), ennobleciendo el temple de los teloneros que nunca disfrutaron del champán y los autógrafos. Lo mismo que le sucedía al Sixto Rodríguez de Searching for Sugar Man (2012), o a los boxeadores de John Huston, ya que esta cinta de perdedores es a las baladas populares lo mismo que Fat City (Ciudad dorada) (1972) al mundo del boxeo. No es el relato de los que han alcanzado la cima viendo hacerse realidad el sueño americano, sino el de los poetas malditos que han acabado muriendo en el anonimato. En el mismo bar donde Davis toca se ve de refilón, pero entonando un tema suyo (una versión inédita de "Farewell"), a un todavía desconocido Bob Dylan, un chico de Minnesota que también dejó el Medio Oeste para ir a la capital. Un Dylan cuyos éxitos ("Blowin’ in the Wind"…) lo llevarían poco después a ser el abanderado de aquellos tiempos que estaban cambiando, carro al que se irían sumando "Simon y Garfunkel" ("The Sound of Silence", "Mrs. Robinson", "Bridge Over Troubled Water"), "Peter, Paul and Mary" (se escucha su célebre "500 Miles", añoranza del terruño que se ha dejado atrás), Tom Paxton, Joni Mitchell, Patrick Sky, Joan Baez…, creando la banda sonora de toda una generación. Tiempos de rebeldía y canciones-protesta plasmados en el cine por Christopher Guest en la satírica Un poderoso viento (A Mighty Wind, 2003) o, de forma parecida, por Hal Ashby en Esta tierra es mi tierra (Bound for Glory, 1976), donde glosaba la vida de Woody Guthrie durante los años de la Depresión. Su hijo Arlo también protagonizó El restaurante de Alicia (Alice’s Restaurant, 1969), otro filme señero sobre el espíritu de los sesenta.

A la hora de enfrentarse al mundo y a sus propios demonios, a John Getz, Nicolas Cage, Gabriel Byrne, John Turturro, Tim Robbins, William H. Macy, Jeff Bridges, Billy Bob Thornton, George Clooney, John Malkovich o Michael Stuhlbarg les sucede aquí Oscar Isaac, para quien probablemente esta película supondrá su consagración. Actor de origen guatemalteco (n. 1980) y criado en Miami, ha hecho hasta ahora varios secundarios de esos que pasan desapercibidos: San José en Natividad (The Nativity Story, 2006) de Catherine Hardwicke, el traductor de Che, el argentino (2008), el amigo moro de Leonardo DiCaprio en Red de mentiras (Body of Lies, 2008), el príncipe Juan sin Tierra en el Robin Hood (2010) de Ridley Scott, el agente nº 3 de El legado de Bourne (The Bourne Legacy, 2012), donde incluso le disputó a Jeremy Renner el papel protagonista, etc. Estuvo también en España, interpretando a las órdenes de Alejandro Amenábar el Orestes de Agora (2009). Compone voluntarioso y sin complejos a su atribulado personaje, cantando y tocando la guitarra con bastante soltura, entonando al comienzo un "Hang Me, Oh Hang Me" que es toda una declaración de principios.

A su encuentro irán saliendo los habituales personajes pintorescos y atrabiliarios marca de la casa, a los que sería inapropiado calificar de secundarios, tal es la destreza con que se hallan cincelados para que rápidamente dejen entrever la película que llevan detrás. Todos ellos se hallan inspirados por gentes reales de aquel panorama musical. Empezando por la pareja de amigos que lo acoge, Carey Mulligan -segunda vez que comparte cartel con Isaac tras Drive (2010), donde era el marido que salía de la cárcel- y Justin Timberlake (irreconocible con esa barba y pose intelectual que trae a la memoria el París existencialista de la época). También le proporcionan techo los Gorfein (Ethan Phillips y Robin Bartlett), pareja judía y liberal de profesores de Columbia que asisten con frecuencia al Gaslight Cafe (y a los que reprocha su actitud de desprecio). O su avaro representante (incorporado por el veterano Jerry Grayson, actor que murió al poco de terminado el rodaje) y la secretaria que atiende su oficina, una viejecita digna de figurar en las antologías coenianas.

Tampoco podía faltar el actor predilecto de la pareja, John Goodman, quien incorpora al alter ego de Doc Pomus, un judío neoyorquino que se hizo famoso en los sesenta cantando blues entre la parroquia de color. Su reacción ante Llewyn cuando lo recoge en su coche para llevarlo a Chicago es la que hubiera tenido en aquellos años cualquier amante del jazz, que era la música respetable y no la que practicaban aquellos folkies paletos: "¿Qué dijiste que tocabas? ¿Canciones tradicionales? Pensaba que eras músico". Al llegar a la ciudad de los vientos –tal vez también con la intención de visitar la tienda de Alta fidelidad (High Fidelity, 2000)- va al encuentro de F. Murray Abraham –el memorable Antonio Salieri de Amadeus (1984)-, un productor musical amable y con los pies en la tierra a la hora de encarar el negocio. Pero este moderno trovador, sin abrigo y con los pies mojados, no acepta sus consejos, y prefiere pasar hambre antes que venderse, tan integérrimo e idealista como Barton Fink; o como los propios Coen. El soberbio "do ut des" entre ambos, el creador orgulloso e insobornable frente al comerciante realista, es la secuencia cumbre de la película, marcando la ascensión y bajada al monte Olimpo que el cantautor realiza en esta road movie circular. Una mención merece igualmente el errabundo gato al que tiene que cuidar, llamado precisamente Ulises -O Brother! (O Brother, Where Art Thou?, 2000) era ya una peculiar adaptación de la Odisea-, buen ejemplo del azar que siempre rige los destinos en el cine de estos autores: puertas que se cierran, embarazos no deseados, policías al acecho, cajas tiradas a la basura, carreteras que se bifurcan...

La película es una obra de cámara manufacturada con su habitual desenvoltura y meticulosidad, tanto en la descripción de los tipos anteriormente señalados, como en detalles (la caja de discos bajo la mesa, los estrechos pasillos expresionistas, el hombre misterioso del metro) y digresiones que, como de costumbre, enriquecen más que distraen. Aunque con algún error sorprendente (?), como el cartel que se ve –en 1961- de El viaje increíble (The Incredible Journey, 1963), película de Disney sobre la odisea campestre de dos perros y un gato. No falta tampoco su humor negro y salvaje (v.g. su colega que se tiró del puente tras grabar "If We Had Wings"), pero sin caer en ninguna parodia complaciente. Los Coen siempre van de la mano de su protagonista, no por delante o detrás riéndose de sus pasos en falso. Si cabe, destila unas dosis mayores de tristeza y frustración que en anteriores películas suyas.

El ambiente de aquel periodo se halla magníficamente recreado, en particular gracias a la estupenda fotografía del galo Bruno Delbonnel –Amelie (Le fabuleux destin d'Amélie Poulain, 2001), Sombras tenebrosas (Dark Shadows) (Dark Shadows, 2012)…-, quien ya se encargó de iluminar Tuileries, su episodio para Paris, je t'aime (2006); Roger Deakins, su cámara oficial, no pudo acudir a la cita al haberle ocupado un año el rodaje de Skyfall (2012). Finalista a los Oscar por su labor, capta magistralmente la atmósfera melancólica de aquel momento, con la luz difusa de los cafés llenos de humo o la grisalla de las calles invernales, con una pátina evocadora más que nostálgica, cercana a las imágenes en blanco y negro de los grandes fotógrafos de la época (Robert Frank, Ansel Adams). Su fuente de inspiración, según declaró, fue la portada de "The Freewheelin'" (1963), el famoso disco de Dylan donde éste salía aterido paseando entre la nieve de las calles.

Siempre elegida con esmero, la música en el cine de los Coen daría para una tesina. Al igual que en O Brother!, donde las melodías de raíz vernacular eran otro personaje más, aquí han requerido de nuevo los servicios de T-Bone Burnett, enciclopedia viviente que se ha encargado de hilvanar en la BSO un buen puñado de temas ad hoc –sin olvidar tampoco algunas composiciones clásicas de Mozart, Chopin, Mahler, Beethoven o Schumann-, poco conocidos, pero conmovedores y sobre todo impecables a la hora de transmitir el sabor a vinilo de unos años donde las canciones decían algo.

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