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ALABAMA MONROE

Escrito por Pedro Miguel Lamet
  • Titulo Original
    The broken circle breakdown
  • Producción
    Dirk Impens, Frans Van Gestel, Arnold Heslenfeld, Laurette Schillings (Bélgica, 2012)
  • Dirección
    Alex Van Groeningen
  • Guión
    Alex Van Groeningen y Carl Joos
  • Fotografía
    Ruben Impens
  • Música
    Bjorn Eriksson
  • Montaje
    Nico Leunen
  • Distribuidora
    Golem
  • Intérpretes
    Veerle Baetens (Elise), Johan Heldenbergh (Didier), Nell Cattrysse (Maybelle), Geert Van Rampelberg (William), Nils de Caster (Jock), Robby Cleiren (Jimmy).

alabama-monroe2El círculo del amor feliz se rompe con el dolor, que interroga sobre el sentido de la vida, en un film de contrastes próximo al melodrama. Dos personajes un tanto excéntricos y desarraigados, a medio camino entre el cantante de country y un resucitado jipismo, se encuentran y se enamoran en un suburbio belga. Ella, Elise, vive del tatuaje, tan apasionadamente que lo publicita en su propio cuerpo, donde ha ido grabando los principales episodios de su vida. Quizás el más significativo es una cruz tatuada en su cuello, que simboliza sus creencias descomprometidas en un indefinido e infantil más allá de pájaros y estrellas. Él, Didier, es un gigantesco intérprete de country, en su modalidad de bluegrass, que toca el banjo en una banda local y que se manifiesta ateo y contrario a toda hipótesis de trascendencia. Ambos viven una historia informal marcada por la música de la banda, a la que Elise se incorpora como cantante, mientras la relación se va consolidando y profundizando. Pese a que Didier es contrario a procrear, cuando Elise queda embarazada, la encantadora Maybelle sella definitivamente ese amor, cierra el “círculo” del título original, hacia un periodo de intensa felicidad. Pero ese círculo de esta pareja libre y espontánea, que se mueve anárquicamente con pasión y alegría en el mundo de la sensualidad, la música y las cantinas, se rompe con la aparición de un cáncer en la niña y su fallecimiento. El romance deviene entonces en tragedia y las posturas de ambos ante el amor y el sentido de la vida se recrudecen de forma fatal.

Según su director, Alex van Groeningen (Gante, 1977), se trata de una adaptación de una obra teatral de Johan Heldenbergh, el actor protagonista de Alabama Monroe, una historia que, asegura, nada más verla le hizo llorar. Su esquema narrativo es un entramado de tres elementos: la historia de amor y duelo en tiempo real, los continuos saltos atrás a ráfagas del pasado sobre el proceso de la relación, y la música folk inevitablemente alegre. La intención del realizador belga es producir impacto por la mezcla explosiva del cáncer de una niña, el gozo de vivir libremente, y la ruptura del sinsentido precisamente en un ambiente desinhibido como el de una pareja que disfruta de todo. La realización se mueve entre los contemplativos primeros planos psicológicos de los protagonistas, bien encarnados por Johan Heldenbergh y Veerle Baetens —ella consigue llenar de matices la pantalla—, y el culto a la música que adora con exceso, pues desequilibra el ritmo y la funcionalidad narrativa del conjunto. El montaje es eficaz y alivia la dureza del tema con un pretendido romanticismo a lo telefilm.

El tema de fondo, el absurdo de la vida humana cuando irrumpe el dolor y todo lo desbarata, queda esbozado, no se plantea en profundidad, porque en realidad se trata de la historia de dos seres en apariencia superficiales que son arrebatados por dos pasiones rompedoras: un amor auténtico, que los conduce incluso a casarse, y la irrupción de la muerte del inocente, el gran enigma de todos los tiempos. El film decae y roza el melodrama, en esta segunda parte, aunque al final se apunte una especie de tímida confluencia entre las dos posturas de los protagonistas.

Para muchos será un film desagradable, pese a las pausas o postizos musicales. Pero no se le puede negar valentía, sobre todo a la interpretación en su variedad de registros. Nominada para el Oscar a la mejor película extranjera y merecedora de media docena de premios, no se le pueden escatimar algunos méritos, aunque personalmente se me despegue, quizás porque en el fondo de esa pasión persiste una frialdad y distanciamiento propios de una generación que no llega, aunque lo intente, a creer del todo en la fuerza evocadora de la poesía.

No falta la denuncia sociopolítica en el discurso explosivo de Didier contra los Estados Unidos en pleno concierto, cuyo villano es George W. Bush, al poner trabas a la investigación en pro de la salud de las células madre en nombre de la moral cristiana. “Dios es el personaje literario más cruel y sádico jamás creado”, llega a afirmar un Didier fuera de sus casillas ante un público atónito. Pero el film tiene un no sé qué falso que no llega a emocionar del todo y produce el típico rechazo de una historia trágica “de otros”, con la que no consigue identificarte. Es al mismo tiempo dura y superficial; entristece pero no muerde; parece cuestionar, pero se queda en la superficie muy típica cultura light. Quiere y no puede.

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