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CRÓNICAS DIPLOMÁTICAS (QUAI D'ORSAY)

Escrito por Norberto Alcover
  • Titulo Original
    Quai d'Orsay
  • Producción
    Frédéric Bourboulon y Jérôme Seydoux para Little Bear, Pathé, France 2 Cinéma, Cn2 Productions, Alvy Développement (Francia, 2013)
  • Dirección
    Bertrand Tavernier
  • Guión
    Christophe Blain y Abel Lanzac
  • Fotografía
    Jérôme Alméras
  • Música
    Philippe Sarde
  • Montaje
    Guy Lecorne.
  • Distribuidora
    Golem.
  • Intérpretes
    Tierry Lhermitte (Alexandre Taillard de Worms), Raphaël Personnaz (Arthur Vlaminck), Niels Arestrup (Claude Maupas), Bruno Raffaelli (Stéphane Cahut), Julie Gayet (Valérie), Anaïs Demoustier (Marina), Thomas Chabrol (Sylvain), Thierry Frémont (Guillaume van Effentem).

cronicas-diplomaticas2Mientras el cine yanqui se ha especializado en “crónicas empresariales” del momento, poniendo sobre el tapete de los espectadores las diferentes formas de corrupción, permitiéndonos conocer de cerca a “lobos de Washington”, por ejemplo, el cine europeo se interesa más por la dimensión directamente política, aunque sea en clave de comedia, como es el caso del film del maestro Bertrand Tavernier. Entre medias, surgen filmes demoledores por la brillantez de su guión, como El capital, del histórico Costa-Gavras, donde se nos narra, con un cinismo perfectamente coherente con el personaje, la progresiva corrupción de un arribista económico… en la medida en que encuentra en la corrupción de su conciencia y de sus intenciones, la forma de conseguir el vértice pretendido. Pero el cine contemporáneo contiene estas tres vetas críticas, perfectamente asumidas por el sistema, capaz de asumir lo que sea necesario: historia económica, historia política y mezcla de ambas dimensiones hasta dar a luz un híbrido que solicita guiones de alta calidad. Siempre con una gota de humor negro. Como la vida misma.

De todos es sabido que ser ministro de Asuntos Exteriores en la Francia actual (puede que siempre haya sido así), constituye una de las tareas más relevantes de la estructura política europea y casi mundial. La razón es muy sencilla: los franceses, años después de los griegos, fundaron la política como arte de las relaciones entre poderes y nadie les ha superado a la hora de encontrar personajes de gran altura para una función semejante. Nunca podemos olvidar la implantación de la política francesa en África, el continente del futuro, donde desde el petróleo hasta los minerales de alta gama, acaban por estar en manos francesas que los mueven en los mercados internacionales, sobre todo suizos. Los paracaidistas franceses, algo semejante a los marines yanquis, se mueven por el continente negro con una facilidad llamativa en defensa descarada de los intereses patrios, y acaban siendo la mano ejecutiva del ministro de Exteriores, quien habita en el célebre Quai D’Orsay parisino.

Nuestro film se mueve en sus pasillos, despachos, vestidores, servicios, recepciones, viajes breves e intensos a la ONU, por ejemplo, además de reunir en una amalgama entre humana, política y antropológica, al ministro del ramo, un histriónico Thierry Lhermitte, su encargado de “creaciones lingüísticas” o redactor de discursos ministeriales (un excelente Raphaël Personnaz) y toda la patulea de colaboradores útiles e inútiles, en una clara distinción de género entre los “responsables” y las “ayudantes”, con la excepción de la directora para asuntos africanos. Este conjunto de situaciones, ámbitos y personajes conforman un film cuyo núcleo es el siguiente: contemplen ustedes cómo se mueve un organismo semejante en el conjunto de la política interior y exterior francesa/universal, de tal forma que se entretengan… y comiencen a temer a todo lo visionado en pantalla. Nada más.

Dentro de esta estructura general, aparecen varias líneas narrativas que desarrollan el núcleo dominante. Una prioritaria, el protagonismo entre egocéntrico y neurótico del ministro, hiperactuado por Lhermitte: el resto de personajes fingen un respeto esclavizado, mientras sonríen, sabedores de que todo cargo es efímero. En segundo lugar, las peripecias, que atraviesan todo el film, del experto en lenguaje discursivo para conseguir elaborar un texto en el que el ministro tiene depositadas grandes esperanzas puesto que lo expondrá en la Asamblea General de la ONU… y tiene que ver con África. Este pobre secundario encontrará en el anciano del ministerio y conciencia del ministro, un tipo del todo punto admirable, un aliado que le ayuda a relativizar toda impotencia entre los enfados del mandamás. Al final el discurso es un gran éxito y Francia hace honor a su “grandeur”, lo único realmente importante para todos, aunque las citas de Heráclito, argumento omnipresente del ministro, no sirvan para nada.

Y en fin, el personaje de la pareja del gran secundario, una joven profesora de primaria, que, con un humor típico del momento, lleva la endiablada vida de su hombre con un virtuosismo perfecto. Es el fundamento de una pareja que se ama pero que, sin el apoyo y la paciencia de ella, acabaría en fracaso seguro. Es el detalle humanístico del film, que suele obviarse casi siempre: qué hace un tipo como el escritor de discursos cuando retorna a su casa y se encuentra con su pareja. De esta relación dependerán la mayoría de posicionamientos en el trabajo “absolutamente importante” del chico metido en un berenjenal tan diferente al de ella, mucho más preocupada por las huelgas del lugar de trabajo. Frente a los grandes problemas de estado de él, los pequeños problemas de ella… pero que, en definitiva, justifican el ser y el hacer de la gran política. No debiera olvidarse este detalle que introduce un factor alternativo en el film.

Todo este universo de acciones frenéticas que rayan el absurdo de los grandes cómicos del comienzo del cine, sobre todo de los hermanos Marx, se torna por esta razón en una alocada narración casi teatral, de entradas y salidas de plano, de puertas que se abren y se cierran, de prisas malgastadas, siempre con un humor alocado, a no ser cuando alguien “retorna al humanismo” y entonces el ritmo se ralentiza y nos permite ralentizarnos a nosotros. Es un juego de primeros planos y de planos generales para intercambiar un breve gesto irónico con la formalidad aparente del conjunto. Nos reímos de verdad, pero puede que la carcajada nos impida someternos a la crueldad objetiva de cuanto se nos narra, que es casi diabólico: porque estamos en manos como las de tales señores y señoras, que “hacen política” según ese estilo tan francés que comentábamos al comienzo. A la victoria en la ONU del ministro, se ha llegado por unos medios ridículos pero que son los que de verdad se utilizan en la vida diplomática.

Este es el drama. Pero nosotros solamente contemplamos al ministro mientras se dirige a sus compañeros de la ONU, triunfante en contenido y continente, pero, en definitiva, totalmente ajeno a cuanto dice… que para nada es propio. Al final, no piensa si es posible que las cosas sean diferentes en esta sociedad de las influencias, de los favores a pagar, y sobre todo de los jóvenes que desean medrar porque son, sencillamente, jóvenes. ¿Y su pareja? Ella es otra cosa. Ella es una persona normal de la base…

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