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AMANECE EN EDIMBURGO

Escrito por José A. Planes Pedreño
  • Titulo Original
    Sunshine on Leith.
  • Producción
    Andrew Macdonald, Allon Reich, Arabella Page y Kieran Parker (Reino Unido, 2013).
  • Dirección
    Dexter Fletcher.
  • Guión
    Stephen Greenhorn.
  • Fotografía
    George Richmond.
  • Música
    Paul Englishby.
  • Montaje
    Stuart Gazzard.
  • Distribuidora
    Filmax.
  • Estreno
    19 Junio 2014
  • Duración
    100 min.
  • Intérpretes
    George MacKay (Davy), Kevin Guthrie (Ally), Jane Horrocks (Jean), Peter Mullan (Rab), Freya Mavor (Liz), Antonia Thomas (Yvonne), Jason Flemyng. Guion: Stephen Greenhorn.

Discreto musical que proporciona un inconmensurable servicio de promoción turística a Edimburgo

Aunque existan bastantes precedentes, construir un musical a partir de canciones preexistentes es una operación que entraña bastantes riesgos, entre ellos, y quizá el principal, la dificultad para dotar de cohesión a una serie de músicas y letras heterogéneas, aunque todas procedan de un mismo compositor o grupo musical, como sucede en Amanecer en Edimburgo, cuyas canciones provienen de los escoceses The Proclaimers, famosos por temas como Letter from America (1987), Sunshine on Leath (1988) –de ahí el título original de la película–, Let’s Get Married (1994) o, quizá la más popular, I’m Gonna Be – 500 Miles (1988).

Existen, en efecto, bastantes riesgos porque la trama puede bien tornarse en una concatenación de sketches musicales introducidos con calzador en aquello que nos están contando, llegando a la conclusión de que escasa o ninguna relación guardan entre sí. Es por este flanco por donde sangra este bienintencionado musical ambientado en una omnipresente capital escocesa, el cual, a buen seguro, procurará –si no lo está procurando ya– un inconmensurable servicio de promoción turística a Edimburgo, pues, paralelamente a las fastidiosas tribulaciones de la familia protagonista, la puesta en escena se empeña sistemáticamente en mostrarnos los encantos de la ciudad, de sus pubs, barrios, plazas, costumbres… siempre excelentemente fotografiados y donde no faltan generosas raciones de ampulosos planos y desplazamientos aéreos de la cámara. El resultado jamás sobrepasa el efecto resultón del más huero reportaje corporativo.

Amanece en EdimburgoVisualmente, Amanecer en Edimburgo está escenificada, pues, con imágenes de las que se deduce más lustre que talento, de ahí que podamos considerarla un buen ejemplo de esos largometrajes cuyas excelencias debemos atribuir más al diseño de producción –fotografía, ambientación, vestuario, caracterización– que al oficio del director, el guionista o de los intérpretes. Las escenas musicales pueden engatusarnos en un primer visionado; pero a poco que rasquemos en ellas descubriremos que su fuerza de arrastre descansa más en las estupendas canciones de The Proclaimers que en las timoratas coreografías y bailes, donde no está de más reseñar la escasa complicidad que desprenden los contendientes de las tres parejas protagonistas, otro botón de muestra que corrobora hasta qué punto la producción ha preferido relegar a un segundo plano un asunto de tanta importancia como la dirección de intérpretes –y más en un género, para más inri, de carácter coral–, distrayéndose en cuestiones más accesorias.

Pero sin duda el aspecto más discutible es el que señalábamos al principio: la gestión de una trama argumental donde no solo se hace evidente el forzamiento de las digresiones musicales sino que su estructuración en tres líneas narrativas resulta, en su evolución, a cuál más pizpireta e insustancial: los conflictos matrimoniales que se producen entre Rab y Jean luego de conocer el primero la existencia de una hija fruto de un affaire en el pasado; y los dimes y diretes románticos de sus dos vástagos: Liz, que ansía tener una experiencia laboral en el extranjero a pesar de su estabilidad con Ally, el mejor amigo de su hermano Davy, a quien han emparejado con Yvonne, compañera de trabajo a su vez de Liz. Un auténtico embrollo que, como vemos, se resuelve en familia y en el que, como es fácilmente deducible, las penalidades se convierten en inofensivos cachetes para luego bien saborear el fin de fiesta.

Como ya ocurrió con Mamma mia! (2008) –título, por cierto, mucho más esmerado en los mismos apartados que aquí hemos polemizado–, es muy probable que Amanecer en Edimburgo obtenga unos buenos dividendos en la taquilla. Ciertamente, y más en la difícil coyuntura económica en la que todavía estamos sumidos, añoramos en el panorama cinematográfico la aparición de más musicales que nos surtan de esa energía y joie de vivre que la maltrecha situación de nuestro país nos arrebata día sí y día también. Desde este punto de vista, el film dirigido por Dexter Fletch recupera en parte, solo superficialmente, esas sensaciones tan difíciles de experimentar en la actualidad, aunque su contribución al género no aguante, volvemos a insistir, la comparación con las mejores obras de su mismo linaje.

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