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YO, FRANKENSTEIN

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez
  • Titulo Original
    I, Frankenstein
  • Producción
    Lakeshore Entertainment, Hopscotch Features, Sidney Kimmel Entertainment y Lionsgate (AUSTRL-USA, 2014)
  • Dirección
    Stuart Beattie
  • Guión
    Stuart Beattie; basado en la novela gráfica de Kevin Grevioux; inspirada en los personajes creados por Mary Shelley
  • Fotografía
    Ross Emery
  • Música
    Reinhold Heil y Johnny Klimek
  • Montaje
    Marcus D’Arcy
  • Distribuidora
    TriPictures
  • Estreno
    19 Junio 2014
  • Duración
    93 min.
  • Intérpretes
    Aaron Eckhart (Adam), Yvonne Strahovski (Dra. Terra), Miranda Otto (reina Leonor), Bill Nighy (Naberius, príncipe de los demonios), Jai Courtney (Gideon), Socratis Otto (Zuriel), Aden Young (Dr. Víctor Frankenstein), Caitlin Stasey (Keziah), Mahesh Jadu (Ophir).

La criatura de Frankenstein tentada por ángeles y demonios.yo-frankenstein2 

Nuevo aporte a la saga protagonizada por la criatura de Dr. Frankenstein, que esta vez se comporta como un superhéroe que ha de tomar partido en la guerra que desde siglos mantienen ángeles y demonios. Pero, vayamos por partes, porque la conexión del engendro del celebérrimo doctor con este combate ancestral está traído por los pelos. En efecto, se trata de la adaptación a la pantalla de una novela gráfica de Kevin Grevioux, publicada por Darkstorm Studios, en la que, sin duda, interesaba más el grafismo del cómic que el argumento en sí. Como diré después, no están tampoco utilizadas las cualidades visuales de este tipo de historietas excepto en un único plano (un contrapicado en escorzo casi anecdótico) a mitad de película.

Vemos al comienzo cómo el monstruo de Frankenstein, tras matar a la esposa de éste y a su creador, lo entierra en el cementerio familiar y se pierde en la noche de los hielos eternos para reaparecer en una ciudad gótica donde se enfrentan los miembros de la orden de las gárgolas –en realidad, ángeles con forma de éstas que salen de su quietud de estatuas decorativas para volar como animales mitológicos– y una tropa de demonios que cuando son vencidos se convierten en ascuas, con aspecto de cometa, que caen en el infierno por siempre jamás. Por otra parte, la doctora Terra, una joven y agradable rubia, prosigue los experimentos en busca del modo de insuflar vida a tejidos muertos por medio de corrientes eléctricas, es decir, los mismos de su antecesor Frankenstein. A esta científica le vendría muy bien contar con el cuaderno de apuntes del célebre galeno que –oh, casualidad– guarda en una cripta la reina Leonor, capitana de los ángeles-gárgolas.

Ya pueden imaginarse el resto sin necesidad de grandes esfuerzos mentales. Los malos llevan años guardando cadáveres para ser poseídos por demonios en cuanto sean resucitados. De esta manera evitarán el infierno. Los buenos, por su parte, se dedican a mandar al averno a cuantos más diablos mejor. El dichoso cuaderno, la rubiales y el monstruo al que la sabionda reina angélica ha bautizado con el ingenioso nombre de Adán, y al que trata como persona y no como monstruo (frase feliz suya: «sólo es monstruo quien actúa como tal»), se entremeten en el fregado. Se arma un lío de aquí te espero entre los enemigos enfrentados que tratan que el bonachón del monstruo se ponga de su bando. La rubia –a que se lo han imaginado enseguida– cae en los brazos del remendado galán al que, como primer gesto de amor, le hace un cosido… (no es chiste, ni picardía, es tal cual).

Humor es lo que le falta a este relato, que si hubiera sido contado como lo que es, una fantasía, ganaría bastante. Por desgracia, la falta de gracia es constante a lo largo de su metraje, trufado de reiteradas metamorfosis entre gárgolas y angélicas criaturas, demonios y ascuas rusientes (que, por cierto, parecen bengalas de un festival de fuegos artificiales). Abundan los efectos especiales que la tecnología actual hace sin gran coste y que convierte el film en un videojuego pero sin interactividad por parte del espectador. Sólo juega el director y no saca puntos ni siquiera para aprobar.

La banda sonora es de un ruido infernal (nunca mejor dicho). La música es absorbida y mimetizada por este estruendo voraginoso en que caen, como chinches, demonios en el infierno y sólo unos compases melódicos acompañan el idilio entre la rubia y el monstruo. La planificación y la narrativa se subordinan a los golpes de efecto y el film va de tumbo en tumbo hasta el desenlace (el esperado, por supuesto). De los actores mejor no hablar, porque no interpretan. Su trabajo se reduce a bien poco. Poner la cara (y no siempre, por los efectos de maquillaje góticos) y vale. Yo, Frankenstein es un ejemplo modélico de la vacuidad y sin sustancia de muchas de las producciones espectaculares que llegan a las pantallas. Son mero ruido y furia, un rosario de efectos de animación sin ton ni son. Total, hora y media gastada en naderías y bobadas de tres al cuarto. Deprimente. 

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