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AHORA Y SIEMPRE

Escrito por José A. Planes Pedreño
  • Titulo Original
    Now is good.
  • Producción
    Graham Broadbent y Peter Czernin (Estados Unidos, 2012).
  • Dirección
    Ol Parker.
  • Guión
    Ol Parker; basado en la novela “Before I die”, de Jenny Downham.
  • Fotografía
    Erik Alexander Wilson.
  • Música
    Dustin O’Halloran.
  • Montaje
    Peter Lambert.
  • Distribuidora
    Vértigo Films.
  • Estreno
    11 Julio 2014
  • Duración
    103 min.
  • Intérpretes
    Dakota Fanning (Tessa), Jeremy Irvine (Adam), Olivia Williams (madre), Kaya Scodelario (Zoey), Paddy Considine (padre).

Infructuosa incursión en el tema de la muerte y enfermedades terminales

Con veinte años, Dakota Fanning es una de las actrices norteamericanas más prometedoras de su generación. Sus peculiaridades fotogénicas se imponen poderosamente en obras como La vida secreta de las abejas (2008) y The Runaways (2010), entre otras. Posee una extraña mezcla de belleza y languidez sustentada en intensas y melancólicas miradas, y, asimismo, en una inquietante pasividad en su rostro y en sus movimientos, cualidades tan sobresalientes que, insistimos, suelen elevarse en la pantalla desplazando a un segundo plano otros apartados formales. Por ello, la fotogenia de Fanning resultaba en principio bastante idónea para una propuesta de carácter trágico como Ahora y siempre, que narra la historia de Tessa, una joven de diecisiete años a la que restan pocos meses de vida a consecuencia de una leucemia. Ni qué decir que los únicos méritos de la película empiezan y acaban en la composición de la actriz, en su manera de dotar de singularidad a un personaje que, ante la inminencia de la muerte, expulsa serenidad aun a pesar de los resquicios por los que se filtra el abismo al que se aproxima. Pocas intérpretes son capaces de generar una experiencia íntima de tan pegada cómo la que nos provee Fanning en Ahora y siempre.

Ahora y siempre cartelPero el film le proporciona un grado de libertad quizá excesivo. Por momentos tenemos la impresión de que la actriz se nutre más de sus rasgos naturales –remarcados aún más si cabe por su corte de pelo– que de los interpretativos, de tal forma que no modula ni hace evolucionar su registro a lo largo del metraje. Su máscara es casi imperturbable en todas las fases del relato, indicio de una dirección de actores inexistente, donde el realizador o no ha sabido manejar a la estrella protagonista o la ha dejado maniobrar a su antojo, algo no solo apreciable en el trabajo de Fanning sino también en el manojo de secundarios que la acompañan durante su travesía –sus progenitores y su hermano menor; Adam, el chico con el que vive un romance; y Zoey, su mejor amiga, que sufre un embarazo no deseado–, intérpretes todos ellos instalados en roles prototípicos que pululan como ovejas descarriadas por el film sin que surja entre ellos los encuentros y conexiones necesarios para desembocar en esa armonía final a la que la película aspira pero que no alcanza.

Claro que en su descargo conviene precisar que el guión, basado en una célebre novela de Jenny Downham, resulta un auténtico despropósito en lo concerniente al dibujo de situaciones, diálogos, conflictos y personajes, los cuales, en la película, se suceden como en una carrera de relevos debido a la insuficiente realización de Ol Parker. La prueba de que el ejercicio de Fanning resulta particularmente incompleto se halla en aquellas escenas donde el film, y la actriz en particular, no consiguen trasladarnos la complejidad sentimental de su personaje en esos momentos en los que la proximidad de su destino irrumpe con especial gravedad. Aunque, ciertamente, las comparaciones suelen ser odiosas, una película de temática similar que nos es imposible apartar de la memoria y que resulta modélica en todas estas cuestiones es Mi vida sin mí (2003), de Isabel Coixet, en donde el espectador sí que camina absorto y conmovido de la mano de la actriz protagonista, Sarah Polley, durante también su irrevocable extinción. Pero, obviamente, detrás de la magistral actuación de Polley reconocemos las huellas de un trabajo de dirección igualmente soberbio.

Por el contrario, Ahora y siempre permanece como una voluntariosa pero infructuosa incursión en el tema de la muerte y enfermedades terminales, pues las carencias y limitaciones consignadas impiden que el film desarrolle un punto de vista sólido sobre esta materia, el de una adolescente que pretende construir los signos de su identidad a partir de un limitado margen de tiempo. En cualquier caso, la osadía de la propuesta, al menos sobre el papel, queda de manifiesto en la secuencia de montaje con que culmina el film, en la cual se muestran explícitamente los síntomas del apagamiento final de la protagonista. Pero este valiente e insólito encaramiento, que el cine mainstream tiende a rehuir, resulta incomprensible si rebobinamos y hacemos recuento de una narración deslavazada y provista de fastidiosas cucharadas de un sentimentalismo a flor de piel.

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