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EL AMOR ES UN CRIMEN PERFECTO

Escrito por Pedro Miguel Lamet
  • Titulo Original
    L'amour est un crime parfait
  • Producción
    Francis Boespflug, Sidonie Dumas, Bruno Pesery (Francia – Suiza, 2014)
  • Dirección
    Jean-Marie Larrieu y Arnaud Larrieu
  • Guión
    Jean-Marie Larrieu, basado en la novela Incidentes de Philippe Djian
  • Fotografía
    Guillaume Deffontaines
  • Música
    Caravaggio
  • Montaje
    Annette Dutertre
  • Distribuidora
    Karma Films
  • Estreno
    05 Septiembre 2014
  • Duración
    119 min.
  • Intérpretes
    Mathieu Amalric (Marc), Karin Viard (Marianne), Maïwen (Anna), Sara Forestier (Annie), Denis Podalydès (Richard)

amor-es-un-crimen-perfecto2A medio camino entre el thriller psicológico y el drama literario, aunque con logros, se queda en un devaneo intelectual muy francés.

            Sin duda al cine francés le cabe la gloria de haber roto con las normas cerradas de los géneros cinematográficos establecidos. Desde René Clair a Rohmer pasando por Truffaut, Godard y tantos otros, hicieron astillas los códigos de Hollywood y propiciaron, sobre todo con la Nouvelle Vague, un cine donde lo cotidiano, tanto en la palabra como la imagen, apostaban por tomar el pulso a la realidad, desafiando los parámetros comerciales. En esa raíz hay que inscribir El amor es un crimen perfecto, adaptación de  la novela Incidences de Philippe Djian, una obra que enamoró nada más leerla a los hermanos Larrieu –Pintar o hacer el amor (2005), Los últimos días del mundo (2009)– hasta llevarla al cine, basándose sobre todo en un actor en boga, icono actual del cine francés para los hermanos Larrieu: Mathieu Amalic (La escafandra y la mariposa, Julian Schnabel, 2005). Este encarna a Marc, un profesor de Literatura que imparte talleres de escritura en la Universidad de Lausanne (Suiza). Su vida transcurre en dos contrastados escenarios: su casa-cabaña en plena montaña nevada, que comparte en difícil convivencia con su hermana, a la que le une una infancia trágica y un amor rayano en lo incestuoso, y el ultramoderno edificio de cristal y rampas, su centro universitario, diseñado por arquitectos japoneses.

            Marc, escritor frustrado, desahoga su creatividad reprimida con clases innovadoras y la fascinación que despierta en sus jóvenes alumnas, a las que lleva sin pudor y obsesivamente al lecho. El film arranca con la muerte de una de ellas, la más brillante, Bárbara, después de una noche de amor en la cabaña, sin que lleguemos a saber la forma de su repentina desaparición. Porque El amor es un crimen perfecto juega desde la primera secuencia con la ambigüedad entre el thriller y la pasión sexual del protagonista, su distante conciencia romántica y su instinto asesino de insomne que pierde la memoria. Con dificultades con el decano de la facultad, Richard, que está enamorado a su vez de su hermana Marianne, por los rumores crecientes sobre sus escarceos amorosos con las jovencitas, Marc vive en perenne tensión y en busca de una realización vital imposible. Las citas literarias y cinematográficas –entre ellas el surrealismo de una secuencia de Buñuel-, su adición compulsiva al tabaco y el nerviosismo que le invade se topan con la eclosión de un nuevo personaje, la joven madrastra de Bárbara, con la que establece una relación “eléctrica” que lo va dominando en un crescendo que desembocará en el desenlace.

            Su obsesión es la llegada de la primavera que se oculta en la nieve, como las víctimas que precipita en un desfiladero de la montaña. La fuerza de la naturaleza choca con el mundo tecnológico y superficial actual y él está en medio, huyendo de sí mismo, dominado por el impulso sexual, que no sólo es instinto sino el logro del inalcanzable ideal literario. La cotidianeidad de la vida del profesor cuarentón como el Dante en la Divina Comedia -nel mezzo del cammin di nostra vita-, con su apariencia de intelectual respetable y crítico de la vida actual se va desvelando en la rampa de su deterioro de casi inconsciente asesino.

            Al film hay que elogiarle, junto a la interpretación inquietante de Amalic y de sus bellas y sensuales oponentes, una tensión psicológica que, manteniendo el interés de thriller, intenta superarlo, orquestándolo con una imagen impecable y unos diálogos un tanto pretenciosos, que caen a veces el tópico intelectualismo francés bastante huero. También hay intentos de humor negro. El resultado es que la película se queda a medio camino entre el thriller y el drama humano, sin que ninguno de los dos logre levantar cabeza. El amor es un crimen perfecto va perdiendo ritmo, llega a hacerse monótona y palabrera. Ni llegamos a ahondar en el perfil psicológico del personaje, ni en los secretos de la trama policíaca, ni en la credibilidad del gran amor que se queda a flor de piel. Viene a apuntar al absurdo y la imposibilidad del amor humano, que se convierte, también para el protagonismo, en “un crimen perfecto”. Más cerca de Chabrol que de Hitchcock, se despega de ambos por reiterativa, algo premiosa y con un palmario problema de guion: el nadar entre dos aguas, no apostar por un hilo conductor predominante: el suspense policíaco o el retrato psicológico, tan ensamblados por ejemplo en la contención narrativa y cósica de los crímenes del gran Chabrol. Dicho sea esto sin quitar mérito a un esfuerzo estético considerable entre tanta bazofia de sangre, puñetazos, persecuciones y carnicerías.

 

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