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DRACULA: LA LEYENDA JAMÁS CONTADA

Escrito por Diego Salgado
  • Titulo Original
    Dracula Untold
  • Producción
    Legendary Pictures y Michael De Luca Productions (EE.UU., 2014)
  • Dirección
    Gary Shore
  • Guión
    Matt Sazama y Burk Sharpless; inspirado en los personajes creados por Bram Stoker
  • Fotografía
    John Schwartzman
  • Música
    Ramin Djawadi
  • Montaje
    Richard Pearson
  • Distribuidora
    Universal
  • Estreno
    24 Octubre 2014
  • Duración
    92 min.
  • Intérpretes
    Luke Evans (Vlad), Sarah Gadon (Mirena), Dominic Cooper (Mehmed), Art Parkinson (Ingeras), Charles Dance (Maestro vampiro), Diarmaid Murtagh (Dimitru).

dracula2Vuelve el Príncipe de las Tinieblas en una fábula que, en la estela de Drácula de Bram Stoker (Coppola), nos remite a sus orígenes.

Desde que Francis Ford Coppola hiciese del célebre vampiro nacido literariamente en 1897 un heraldo romántico del cinematógrafo y sus sombras en Drácula de Bram Stoker (1992), el Príncipe de las Tinieblas inspirado en la figura histórica de Vlad Tepes (1431-1476) no ha vuelto a gozar de visiones fílmicas a la altura de un acervo memorable forjado por, entre otros, F.W. Murnau, Tod Browning y Terence Fisher. Y no es que hayan faltado desde entonces películas atractivas inspiradas en la creación de Stoker, como las de los directores Guy Maddin, Dario Argento, o el Patrick Lussier de la trilogía Dracula2001 (2000-2005). Pero todos ellos han optado por representar al personaje con hechuras premeditadamente modestas, en sordina, incluso pintorescas, que certificaban el escaso predicamento en nuestros tiempos del terror gótico. Más aún, al contrario de lo que sucedió a finales de los años sesenta y principios de los setenta del pasado siglo, cuando en tiempos recientes se ha forzado una renovación del imaginario tradicional en torno a Drácula, el intento ha derivado en películas tan atroces como Blade: Trinity (2004) y Van Helsing (2004), que comparten el dudoso honor de haber brindado al público en un mismo año dos de los Dráculas más ridículos jamás vistos en la pantalla.

Sin embargo, por algo se llama a Drácula el Señor de los No Muertos. Al mismo tiempo que Jonathan Rhys-Meyers resucita al personaje en una serie creada por Cole Haddon que a la hora de escribir estas líneas aún se desconoce si tendrá segunda temporada, llega a los cines de todo el mundo Drácula: La leyenda jamás contada. Una producción gestada durante al menos siete años, que finalmente se ha concretado auspiciada por Universal Pictures, estudio ligado desde siempre al padre de todos los vampiros; pero bajo la responsabilidad directa de dos guionistas –Matt Sazama y Burk Sharpless– y un director –Gary Shore– con muy poca experiencia en la industria. El resultado es una película derivativa, algo impersonal, que no le salvará la vida a nadie ni con la que ningún analista podrá hacer currículum crítico; pero que, en su sencillez, en su equilibrio preciso entre el respeto y el descaro para con Drácula, sabe, tanto honrar el legado depositado a sus pies, como proyectar este hacia un futuro cinematográfico más halagüeño del que cabía esperar a estas alturas.

El primer aspecto interesante es que apenas supera los ochenta minutos, una duración aprovechada al máximo, cualidad poco frecuente en el cine popular de hoy y que otorga a la película una pátina clásica. En ese metraje escueto se acierta a reinventar el origen de la criatura mirando de soslayo la citada Drácula de Bram Stoker, y atendiendo además a la obsesión presente por revitalizar el valor de marca de los productos culturales por la vía del regreso a sus orígenes, para lo que en esta ocasión se combinan sin remilgos la Historia y la fábula: tras un violento pasado como guerrero, el príncipe Vlad (interpretado por un Luke Evans muy adecuado para el papel) gobierna pacíficamente en 1442 el pequeño estado de Transilvania. Hasta que un sultán otomano exige un sacrificio a la región que Vlad no está dispuesto a conceder. Para proteger a su familia y a su pueblo, en inferioridad militar evidente frente a los otomanos, el príncipe comete el error de recurrir a los oficios misteriosos de un ermitaño, que le concederá poderes más allá de lo imaginado por Vlad en sus sueños… y en sus pesadillas.

El segundo aspecto a considerar es que se adscribe menos al terror que a la aventura llena de lances fantasiosos y graves, en la línea de las sagas de El Señor de los Anillos (2001-2003) y El Hobbit (2012-2014) o la serie Juego de Tronos (2011-). Con ello se consigue una audiencia más amplia y también que los dilemas que ha de afrontar Vlad desarrollen todas sus facetas dramáticas, sin que el espectador quede abrumado por emociones primarias. Y es que, de puntillas, la película de Gary Shore acaba planteando una reflexión pesimista, de no poco calado, acerca del monstruo no como representación del inconsciente, el Mal o lo diferente; sino como única criatura perfectamente adaptada, sin máscaras ni excusas, a un mundo que, ayer como hoy, está sometido bajo las apariencias a los dictados de la violencia, el sectarismo, la voluntad de poder.

El tercer y último aspecto que vale la pena comentar se refiere a las calidades visuales de la cinta. Las características propias del vampiro –su poder seductor, su ascendiente sobre animales salvajes, su dependencia de la oscuridad– son explotadas en varias escenas con cierto talento, tanto en lo que atañe a la planificación como a un uso de los efectos digitales que hace pensar en el cine de superhéroes, demostrando que todo está ya visto pero también está por ver. Atiéndase al primer encuentro de Vlad con quien le corromperá, al momento en que el príncipe –ya víctima del vampirismo– sortea la luz del sol bajo la mirada atenta de un monje, o a esos murciélagos que se ciernen sobre las tropas del sultán Mehmed (Dominic Cooper) reproduciendo en sus movimientos conjuntados los gestos de las manos de Vlad, convertido en un macabro director de orquesta.

 

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