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CORAZONES DE ACERO

Escrito por José Antonio García Juárez
  • Titulo Original
    Fury
  • Producción
    Bill Block, John Lesher, Ethan Smith y David Ayer., Columbia Pictures, Qed International, LStar Capital, Le Grisbi Productions, Crave Films, Huayi Brothers Media. EEUU-Reino Unido-China, 2014
  • Dirección
    David Ayer
  • Guión
    David Ayer
  • Fotografía
    Roman Vasyanov
  • Música
    Steven Price
  • Montaje
    Jay Cassidy, Dody Dorn
  • Distribuidora
    Sony Pictures
  • Estreno
    09 Enero 2015
  • Duración
    134 min.
  • Intérpretes
    Brad Pitt (Don ‘Wardaddy’ Collier), Shia LaBeouf (Boyd), Logan Lerman (Norman), Michael Peña (Trini ‘Gordo’ Garcia), Jon Bernthal (Grady), Jason Isaacs (capitán Waggoner), Scott Eastwood (Miles), Xavier Samuel (Parker), Jim Parrack (Sergeant Binkowski), Laurence Spellman (sargento Dillard), Brad William Henke (sargento Davis), Kevin Vance (sargento Peterson), Anamaria Marinca (Irma), Alicia von Rittberg (Emma).

corazones-de-acero2Mi casa de acero 

            Alemania, abril de 1945. Como parte de la ofensiva final aliada, las escaramuzas y las avanzadillas en campo germano se suceden. En la invasión por tierra se suceden las situaciones más peligrosas. El sargento Wardaddy, al mando de uno de los escasos carros blindados de las tropas norteamericanas, desafía a la suerte en misiones suicidas de las que regresa invariablemente intacto.

            Después de deslumbrar hace un par de años en su retorno a la dirección con Sin tregua, el guionista y realizador David Ayer vuelve a dejar su impronta en un personaje copia del de aquella, reemplazando esta vez el coche de policía de los suburbios de L.A. por un tanque americano en primera línea del frente de la Alemania nazi de 1945. Con un empleo más comedido de la barbarie, aun contando con la coartada bélica, sin recrearse en la sangre más que en la violencia-espectáculo de disparos y explosiones entre Doce del patíbulo y Malditos bastardos, el realizador de Illinois recrea la atmósfera de inseguridad y de incertidumbre que siguió al día D entre las tropas internacionales destacadas en la moribunda Alemania nazi. Lo hace desde la anécdota, una misión casi suicida, un pequeño destacamento en avanzadilla a bordo de cuatro tanques Sherman, guiados por el blindado indemne en mil batallas bautizado como Fury, que da título al filme en su versión original. Brad Pitt asume el papel del sargento apodado “Wardaddy” (literalmente “papi de la guerra”), un héroe próximo en ciertos términos, concretamente tanto en su código de camaradería como en su obstinación en cumplir el objetivo encomendado por encima de la razón, al que encarnara en el filme de Tarantino, en una interpretación que chirría no especialmente por deméritos de Pitt, sino más bien por el progresivo desleimiento del discurso, tibiamente antibelicista, patriótico y entusiasta con los del uniforme, una narración que queda barrida decididamente por la acción, omnipresente en sus más de dos horas de metraje.

En su aspiración de tocar todos los palos del conflicto, David Ayer da el protagonismo primero a la -profusamente reproducida en filmes del género- amistad forjada en el avispero de la contienda, la exaltación de sentimientos que confluyen, en este caso, en una magna tensión provocada –de manera un tanto tramposa- en la secuencia central del filme, quizás la más sugestiva y más completa a nivel interpretativo, el cruel impasse del descanso reparador del guerrero dentro de la casa de unas atractivas alemanas de la ciudad recién tomada por las tropas aliadas. Por otro lado, el texto cojea en la composición de personajes, abundando en la descripción de los dos polos, el veterano y el novato, definiendo apenas a sus acólitos, esquematizados y reducidos al tópico.

Pero ni en la construcción de Wardaddy acierta a imbricarnos en su personalidad por su imprecisión, ni la evolución del joven parece excesivamente coherente. La percepción que emana es la de una narración con oquedades, que llena los vacíos con la energía que despliega -y que exige de su público, a juzgar por lo extenuante de su visionado, en sentido literal, físico, en absoluto desdeñoso- su tercera variable, su mayor cualidad, la espléndida concepción de las tres larguísimas secuencias de acción bélica con sus meditadas pausas dramáticas antepuestas y una magistral ejecución combinando recursos, desde la filmación en estilo documental, de la que Ayer ya ha demostrado sobradamente su dominio y del rodaje de primera persona, la cámara-soldado que hereda de producciones como el Salvar al soldado Ryan. Sin ánimo de hacer spoilers, un defecto más del guión parece sin duda la inverosímil situación con la que precierra el filme, un burdo e innecesario bucle del texto con el que Ayer parece haber caído en la tentación de enviar un mensaje de redención con el que quiere mostrar la discrepancia de intereses de los mandatarios, los maestros de la Guerra, frente a los sufridores de su absurdo, aun cuando ese sufriente y empático personaje resulte ser miembro de las SS. Una pretensión bien discutible teniendo en cuenta el trato que da al conflicto desde la pleitesía que aparentemente muestra hacia Wardaddy y su visión pragmática, inclemente –y ciega- del enemigo. Llamado a ser un autor con marca propia, en Corazones de acero, sin embargo, parte de las virtudes de David Ayer se esfuman en su pretenciosidad y su voto terminante por una epidérmica alternativa que, en cualquier caso, no menoscaba los méritos de su innegable pericia con los picos emocionales de la historia y sus alardes visuales. Es más el efecto ilusorio de la carcasa que lo que guarda en sus entrañas.

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