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EL AÑO MÁS VIOLENTO

Escrito por Pedro Miguel Lamet
  • Titulo Original
    A most violent year
  • Producción
    John P. Goldsmith, EE.UU. 2014
  • Dirección
    J.C. Chandor
  • Guión
    J.C. Chandor
  • Fotografía
    Bradford Young
  • Música
    Alex Ebert
  • Montaje
    Ron Patane
  • Distribuidora
    Vertigo
  • Estreno
    19 Marzo 2015
  • Duración
    124 min.
  • Intérpretes
    Oscar Isaac (Abel Morales), Jessica Chastain (Anna Morales), David Oyelowo (Lawrence), Alessandro Nivola (Peter Forente), Albert Brooks (Andrew Walsh), Catalina Sandino Moreno (Luisa)

elanomasviolento2La falsa moral antiviolenta de un inmigrante hispano en su ambición de poder, en un thriller pretendidamente rompedor y algo forzado. 

Después de Margin Call (2011) y Cuando todo está perdido (All is Lost, 2013) J.C., Chandor nos sorprende sin duda con su film más maduro e independiente que rompe los códigos del cine industrial e intenta bucear en el subconsciente ético del cine negro, más allá de lo convencional. Con un ritmo pausado, casi contemplativo y exasperante, y un ambiente oscuro y frío al mismo tiempo, El año más violento, nos sitúa en los suburbios neoyorquinos de 1981, el año estadísticamente más cargado de crímenes de la historia la ciudad de Nueva York durante la crisis de Reagan. En un escenario nevado e invernal, como los personajes que se mueven dentro de él, destaca Abel Morales, un hispano hijo de inmigrantes,  hombre hecho a sí mismo, guapo e implacable, que se desenvuelve sin pestañear enfundado en su elegante abrigo beis entre los modestos conductores vestidos de trapillo de sus camiones cisternas pertenecientes a la empresa de transporte de gasoil de la que es propietario. En la apariencia, a pesar de ser un duro y calculador hombre de negocios, quiere actuar de acuerdo con la legalidad, guiado por “sólidos principios”, un cometido casi imposible en medio de sus mafiosos competidores. Acompaña a Abel en sus propósitos la hija de un gánster dueño del negocio, su esposa Anna, con quien ha tenido dos niñas. La "limpieza" de la empresa la está pagando Abel con robos frecuentes de sus camiones cisterna a través de continuos asaltos violentos. Se añade a estas preocupaciones que el fiscal del distrito le está investigando de varias acusaciones, justo cuando se halla en medio de una delicada operación financiera para adquirir a un judío nuevos locales, en cuya operación ha comprometido toda su fortuna. Con este fin requiere una liquidez adicional que ha de abonar con urgencia si no quiere perderlo todo.

Dos aciertos integran esta parábola en negativo del sueño americano: la elección del actor protagonista, el guatemalteco Oscar Isaac, especie de Al Pacino redivivo –nuestro Javier Bardem rechazó el papel-, inquietante en su tranquila impasividad, y sobre todo la arriesgada opción del guionista-realizador para prestar al film un ritmo de diálogos en la oscuridad, solo interrumpido por un par de persecuciones espectaculares. Esto, que puede convertirla en una película aburrida para el habitual consumidor de thrillers, nos interpela sobre la ambigüedad de la moral del héroe.

 Este hombre, que no por casualidad ser llama Abel Morales (resonancia bíblica del nombre y simbólica del apellido), en el fondo un personaje con inteligencia natural, pero de medio pelo, sin formación, vestido de rico y en busca del poder, que está luchando por mantenerse “puro” en medio de la corrupción, junto a una esposa calculadora y egoísta, ¿por qué se niega a utilizar la violencia y mantenerse a toda costa legal?

            Curiosamente, muchos de los críticos que han comentado la película han caído en la trampa. Abel nada tiene de puro, es un tipo listo que se sirve de una violencia más sutil, como la presión ejercida sobre sus camioneros, que lleva a uno de ellos a la desesperación, o hasta la forma de usar la pistola sobre uno de sus perseguidos sin dispararla, golpeándole cruelmente la cabeza a culatazos. El gesto más significativo del film es cuando, tras el suicidio de uno de sus colaboradores, tapa el agujero que ha abierto la bala en una de las grandes cisternas de sus nuevos locales, con su propio pañuelo, para que no se pierda una gota más de gasoil ante el cadáver caliente del frágil amigo.

Chandor apunta a la falsa moral de guante blanco de los que se sirven de otra violencia más sutil, del que ha conquistado el poder financiero sin mancharse las manos, guardando las apariencias de la moral convencional, las estables relaciones políticas, y la connivencia con las fuerzas del orden. Basta señalar la significativa conversación con el policía sobre el futuro al final de la película. Pese a las influencias  del cine de James Gray o Coppola, J. Chandor tiene un estilo más sobrio, clásico y provocador, para transmitir la violencia contenida, que se alcanza en los diálogos trufados de silencios, los interiores fríos y oscuros, los suburbiales exteriores sucios y nevados, en los que el tratamiento del color fotográfico nada tiene que envidar los expresionistas momentos del viejo thriller en blanco y negro.

            Esto es lo que, desde una mirada, lo más objetiva y profesional posible, me merece este film. Pero, si me es lícito decir lo que personalmente me provoca, es bastante aburrimiento, sorpresa por la inexistencia casi total de sentimientos (de los que nunca cualquier vida carece), el vacío existencial que pretende y consigue, pero que en momentos uno se pregunta si es realista o falseador, como si los silencios entre Abel y Ana fueran forzados; como si la práctica ausencia de los niños del guion o la carencia absoluta del humor la acercaran más al panfleto que al arte: todos los ingredientes que hacen históricas, por ejemplo, las tres partes de El Padrino. En una palabra, es un film más que digno, valiente si se quiere, de impecable factura, pero sin aliento interior, con truco en la realización, con el que consigue huir de la profundización en los caracteres y que ha conseguido incluso engañar a gran parte de la desmelenada crítica.

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