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AGUAS TRANQUILAS

Escrito por José Antonio García Juárez
  • Titulo Original
    Futatsume no mado
  • Producción
    Takehiko Aoki , Naomi Kawase, Masa Sawada. Kumie. Japón, 2014.
  • Dirección
    Naomi Kawase
  • Guión
    Naomi Kawase
  • Fotografía
    Yutaka Yamazaki
  • Música
    Hasiken
  • Montaje
    Tina Baz, Naomi Kawase.
  • Distribuidora
    Good Films
  • Estreno
    10 Abril 2015
  • Duración
    121 min.
  • Intérpretes
    Nijiro Murakami (Kaito), Jun Yoshinaga (Kyoko), Makiko Watanabe, Hideo Sakaki, Tetta Sugimoto, Miyuki Matsuda, Jun Murakami, Fujio Tokita (Kamejiro).

AGUAS-TRANQUILAS2Un filme fascinante que ha de disfrutarse sin prejuicios desde el sosiego y la reflexión 

            Nada parece mutar en Amami. El océano ruge y golpea con ímpetu la isla y, al amanecer, reaparece manso como si de otro distinto se tratara. El viejo pescador no abandona su lugar en la playa. Kyoko se baña con su uniforme escolar mientras su amado Kaito la observa desde la orilla, él teme al mar. Un cadáver flotando rompe fugazmente la quietud de la isla. La joven pareja pasa los últimos días del verano subtropical desafiando con sus débiles escudos a la intromisión inclemente de los cambios naturales, la conciencia de la mortalidad, la casualidad y los sentimientos.

            Seis años de trabajo de Naomi Kawase en la concepción, escritura, producción, dirección y edición de su nuevo filme de ficción, una no-historia, un tramo vital breve pero, como todo paréntesis en la vida, colmado de decisiones, de tempestades emocionales y calma. Un filme emocionalmente terapéutico en el que la directora japonesa cambia de localización y nos desplaza desde su Nara natal, trasfondo geográfico de su obra hasta ahora, a una de las islas más meridionales del archipiélago nipón, Amami-Oshima, donde se hallan las verdaderas raíces de su familia biológica. Este apartamiento, a la vez que le interesa para atrapar el trance visual al que acostumbra como directora de documentales y de invitar –forzar- a la observación serena, ofrece una excepcional oportunidad para que el retraimiento que requiere la caleidoscópica intención emocional de la historia se acompañe también de un aislamiento geológico, donde nuestra relación directa con el espacio que habitamos se hace más patente, donde la inmutabilidad de ese espacio tiene más que ver con lo inmutable de los principios más íntimos que hacen humano al ser humano. Kawase afronta el filme con el tempo pausado en un leve crescendo que permite interiorizar las cargas de sus frágiles personajes, las eternas obsesiones del ser humano, las que nos unen a todos: el amor, el tiempo, la felicidad y la muerte.

El amor, primero de todo, los lazos inquebrantables que nos unen a nuestros ascendientes, lo queramos o no (“De todas formas tú y yo somos padre e hijo. Eso nunca cambiará”, sentencia Atsushi, el padre pródigo, a su hijo Kaito). La ausencia del padre de Kaito, abandono que también sufrió la directora, se compensa con la importancia como cimiento de esta figura en la familia de Kyoko (explícito en la secuencia en la que la hija se apoya sobre su madre y esta a su vez sobre el padre). Y el amor como aprendizaje en la pareja protagonista, una Kyoko entregada sin ambages frente a Kaito y su muro invisible, una guerra que Kawase sabe exponer en dos pequeños diálogos maravillosos en los que Kyoko desnuda sus sentimientos hacia Kaito y, físicamente, en la preciosa secuencia de travelling frontal a contramarcha en la que Kaito lleva a Kyoko en su bicicleta. Kyoko se deja caer sobre la espalda y la cabeza de él, tratando de hacer más patente –y molesta- su presencia. Tras las protestas de Kaito, ella se precipita desde la bicicleta para obligarle a socorrerla.

El tiempo, eterno o efímero, según la perspectiva de nuestro estadio vital, según el enfoque de la urgencia de la gran urbe o de la serenidad y la armonía de la isla. Percepciones de una misma magnitud, ligada inexorablemente al desenlace vital. La felicidad y la muerte, dos conceptos que Kawase une explícitamente. La muerte física que existe, que es innegable, pero que sólo va perdiendo su concepción abstracta y tornando en algo real y tangible a medida que cumplimos años, y que para Kyoko aparece como una realidad cuando asiste al sacrificio de una cabra cuyos últimos gemidos, ya sin aliento, anuncian la partida de su alma, ante los ojos abiertos de la joven (ella misma musita “Su alma…se ha ido”). Y, sobre todo, al enfrentar el inminente tránsito de su madre, en una larga secuencia contradictoriamente feliz, frente al último horizonte antes de su fallecimiento, un baniano – árbol dotado de especial significado espiritual especialmente en el hinduismo, como representante de la vejez y cuyas raíces aéreas parecen manar de lo más elevado, del Creador- convertido por Kawase en un protagonista más. Deja constancia en el texto de la concepción de las personas como energía, como olas, y añade sentido a ese tránsito a la otra vida a través de sosegados planos cenitales que integra con naturalidad y aportan la belleza del que la deja de percibir, de quien forma parte de ella ya desde otra posición.

Con la excelsa fotografía de luz natural de Yutaka Yamazaki y algunas composiciones deliciosas deudoras de la Naomi Kawase observadora-registradora, acudiendo eso sí a lugares comunes de la moderna iconografía fílmica del cine nipón, la cámara protege con su mirada, como un ángel de la guarda procura una sustanciación idílica en la planificación, transformando espacios en los que encaja con exactitud a sus figuras, que nos cautiva con una mirada que acaricia con su leve balanceo cámara al hombro a esas quebradizas naturalezas que no han aprendido a lamentar, llenas de preguntas sin respuesta, incapaces siquiera de formularlas con la palabra. Un filme fascinante que ha de disfrutarse desde el sosiego, la reflexión y sin prejuicios.

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