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ZULO

Escrito por J.L. Sánchez Noriega

Un tipo se despierta encerrado en un cilindro de unos dos metros de diámetro y cinco o seis de altura

De Cataluña llega el cine más inquieto y arriesgado que se hace en nuestro país en las últimas temporadas; y esto hay que decirlo porque, precisamente por su voluntad de construir nuevos lenguajes y nuevas miradas, es un cine muy poco conocido y escasamente apreciado, cuando no frontalmente rechazado. En tiempos en que hasta los otrora marginales y profesionales del escándalo pisan alfombras rojas con indisimulado deleite y las cifras de taquilla (suena mejor lo de ‘box-office’) o las candidaturas a la dorada estatuilla se erigen en patrones de la valía de las películas hay que tener agallas para propuestas como Zulo, que se suma a Honor de cavallería, en cuanto cine dirigido a un público muy restringido.

La historia argumental es bien fácil de resumir: un tipo llamado Miguel se despierta encerrado en un cilindro de unos dos metros de diámetro y cinco o seis de altura, abierto solamente por unas trampillas en el techo. Está secuestrado por dos encapuchados que le dan mal de comer, le hablan lo imprescindible y amenazan con las armas a la mínima desobediencia. Las horas y los días producen un progresivo deterioro mental y físico en Miguel. La historia queda sin concluir, dado que el final enlaza con el comienzo del secuestro, y el desenlace viene a explicar que el zulo queda interiorizado de por vida por quien ha sufrido esa tortura.

Apenas folio y medio de diálogo, un espacio pequeño y único, un tiempo indeterminado y un personaje solitario en lo que podíamos considerar un docudrama en cuanto se trata de una levísima ficción que quiere trasladar al espectador la experiencia traumática de una persona sometida a esa forma tan cruel de tortura como es el secuestro. Porque no se trata de contar una historia, sino de poner al espectador en la piel de quien sufre esa privación de libertad, ve invadida su intimidad, se encuentra desorientado por el tiempo (no sabe la hora ni si es de día o de noche)… y –como parece que suele suceder en la realidad– llega a desear su propia muerte antes que continuar viviendo en esas condiciones; el director quiere que los espectadores, aunque sea de forma vicaria, vivamos esa experiencia. Nada más y nada menos.

Como se quiere representar el confinamiento en sí mismo, desprovisto de cualquier explicación o de los antecedentes y consecuentes, la película adquiere cierto grado de abstracción, a lo que contribuye la austeridad de episodios y detalles argumentales (la comida, el cubo de zinc para las heces, el intento de fuga, la duda de uno de los secuestradores, el intento de suicidio), pues en la mayor parte del metraje no pasa nada. Únicamente hay tres o cuatro insertos con imágenes exteriores que funcionan como flases de la memoria del protagonista, que recuerda de forma fragmentaria su secuestro. Pero hay una trampa en esa condición abstracta buscada por el guión, pues al renunciar de antemano a la empatía del espectador con el protagonista –ocultar su pasado y las condiciones del secuestro impide hasta cierto punto la solidaridad básica del público- entra en contradicción con el objetivo de trasladar la experiencia traumática. Esta es la única dificultad que se puede objetar a una propuesta tan arriesgada como bien resuelta.

En efecto, el pie forzado del espacio y protagonista únicos y la opción por un argumento desnudo de subtramas o de recreaciones que le dieran variedad, no impide hacer un muy sabio uso de la banda sonora y el montaje, sobre los cuales descansa la sustancia fílmica de la película. Además de estar interpretada con convencimiento y fotografiada con luz azul casi en blanco y negro adecuada por completo al espacio y al talante del relato, es la banda sonora –junto a varias puntuaciones de prolongados fundidos en negro- la que contribuye a vertebrar el ritmo de la película y conseguir algo tan difícil en un relato desnudo como es otorgar entidad dramática al paso del tiempo. Esa banda sonora, enormemente trabajada y rica en su diversidad, juega con los silencios, los ruidos, hermosos temas musicales y canciones de Pau Vallvé y piezas preexistentes, como un aria de “La forza del destino”, que adquieren un nuevo sentido adheridas a las crueles imágenes. Y alcanza su mayor expresividad en la plasmación de las vivencias y estados de ánimo del protagonista que no son expresados de otro modo, sino “construidos” en la mente del espectador a través de lo que banda sonora evoca.

Si toda escritura es biografía o plagio, en cuanto arte del tiempo, todo filme es una reflexión sobre el tiempo. Y en Zulo la indagación es plural: no sólo es reflexión sobre el devenir del tiempo como elemento vertebrador del relato (que alcanza mayor entidad en el momento en que el otro eje, el del espacio, queda constreñido deliberadamente), sino también la necesidad de estar orientados y percibir el tiempo (eliminar el reloj como forma de tortura), la incertidumbre sobre el paso del tiempo y el futuro que aguarda o el pasado olvidado como supresión del tiempo.

Aunque las gacetas hablen de “thriller psicológico” y haya participado en un evento tan clasificador como el Festival de Cine de Sitges, creo un error contemplar esta sugerente película como una obra de cine de género (aunque, bien mirado, ojalá los adolescentes adictos a este cine fueran a verla…). Como queda dicho, más bien es un docudrama al que las opciones de guión elevan a categoría de filme experimental. No es una obra que satisfaga grandes expectativas ni invita a un visionado cómodo, pero no cabe duda de que estamos ante una pequeña obra maestra que revela el talento de sus creadores.

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