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AMAMA (Abuela)

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez
  • Titulo Original
    Amama, cuando un árbol cae
  • Producción
    Txintxua Films (España, 2015)
  • Dirección
    Asier Altuna
  • Guión
    Asier Altuna, Telmo Esnal
  • Fotografía
    Javier Agirre Erauso
  • Música
    Javi P3z, Mursego.
  • Montaje
    Laurent Dufreche
  • Distribuidora
    Golem
  • Estreno
    16 Octubre 2015
  • Duración
    103 min.
  • Intérpretes
    Amparo Badiola (Juliana, la abuela), Kandido Uranga (Tomás, el padre), Klara Badiola (Isabel, la madre), Iraia Elias (Amaia, la hija), Ander Lipus (Xabi, el hijo «vago»), Manu Uranga (Gaizka, el hijo mayor), Nagore Aranburu (Sara).

Amama2Fin del caserío vasco tradicional

El caserío vasco es más que una vivienda, un hogar familiar o la base de una explotación agrícola. Es una institución que representa la tradición ancestral y a ella se referirá básicamente la película que nos ocupa. Al caserío, generalmente situado en laderas de montes, alejado de los núcleos urbanos y durante muchos siglos autosuficiente a la hora de proporcionar alimentación, trabajo y cobijo, se ha añadido una cierta leyenda cuyos mimbres son la permanencia del euskera como lengua hablada, un género de vida sano y honrado, un matriarcado peculiar (dada la importancia de la ama de casa, administradora y educadora de la prole), el carácter independiente de sus habitantes y la indivisibilidad de la propiedad que normalmente heredaba el primogénito (el mayorazgo).

Como decía, al margen de ser un «modo de vida» propio del País Vasco más rural, la fuerte vinculación afectiva que crea en quienes viven en él, ha dado origen a una numerosa literatura, arte y hasta música (la zarzuela El caserío de Guridi). Ahora también Amama, una película, lo tiene como argumento central y no como un elemento más del relato. El caserío ha contribuido a la conservación de la lengua vasca, cierto, pero también a convertirla –en tiempos todavía no lejanos– en el idioma de aldeanos y gente del campo, personas a las que se trataba despectivamente por ser campesinos y analfabetos. Por otra parte, el caserío que todavía hemos conocido los de más edad se empezó a edificar y utilizar con ese amplio registro –del que he hablado en el primer párrafo– hace cinco siglos y no en la prehistoria como algunos creen. Eso no quita para que también el caserío haya sido «politizado» por unos y otros como le ha pasado a no pocas cosas en Euskal Herria.

Amama pretende ser un canto fúnebre, lleno de nostalgia, tristeza y cariño, al final de la institución del caserío como forma de vida, estructura familiar y producción agrícola. Tres personajes centran el relato. Por una parte, la abuela, que con su hermetismo y rostro hierático representa, a la vez, la más vieja tradición pero también la prudencia de una deidad bifronte que mira al pasado y al futuro. Su muerte es sólo física, su espíritu se aposenta en el bosque y da continuidad a la estirpe.

En segundo lugar, Tomás, el padre, conservador acérrimo, que se opone a las novedades en las técnicas de cultivo y pastoreo, empeñado además en conservar la estructura familiar vigente durante siglos. El hijo mayor es el primero que se rebela contra la ley no escrita de que debe ser el heredero del caserío. La fascinación de la «ciudad» le aleja de sus obligaciones. El segundón toma el caserío como casa de fin de semana. Tiene trabajo y familia en el pueblo y se asoma al domicilio paterno en plan bucólico con su mujer e hijos. Por último, Amaia, la chica, la benjamina, con dotes artísticas que quiere desarrollar, representa el progreso, el futuro, el cambio que se avecina. Es la «respondona», la que se «monta» también la vida fuera, pero con un profundo arraigo. Es la única que cree que es necesario que todo cambie para que el mundo siga adelante.

Ésta es una película de tesis y, como tal, los personajes no tienen más características que las que les presta el rol adjudicado. Todo funciona para… que el mensaje llegue al espectador. Asier Altuna no confía demasiado en que a éste le quede claro lo que él pretende contar y por eso instrumentaliza el relato y el reparto en función de sus ideas, hasta el punto que necesita de una voz narradora, como si estuviéramos ante un documental, que explique algunos pormenores de las costumbres vinculadas al caserío vasco, incluso añadiendo alguna invención de su cosecha (los árboles pintados de colores).

Esta especie de cine didáctico resulta más propio de la pequeña pantalla que de la grande. El guion y la dirección de Altuna se me quedan muy, muy cortos. Por mucho que se esfuerza, la magia del bosque, el encanto de los verdes campos vascos, el embrujo de algunos lugares o dependencias del caserío se quedan en un quiero y no puedo. No hay fascinación, empatía, pasión y fuerza que subyugue y conmueva al espectador. A mí, al menos, me dejó bastante frío. Actores, fotografía y música cumplen, no desentonan, pero tampoco brillan en su trabajo. Todo queda en un plano discreto, pero convincente sólo a medias. La progresiva mutación del caserío vasco hacia formas de turismo rural y otros géneros de explotación agrícola ya los han incorporado hace tiempo los actuales baserritarras (baserri es caserío, en euskera).

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