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007 SPECTRE

Escrito por Diego Salgado
  • Producción
    Eon Productions, Danjaq y Metro-Goldwyn-Mayer. (Reino Unido y EE.UU., 2015)
  • Dirección
    Sam Mendes
  • Guión
    John Logan, Neal Purvis, Robert Wade y Jez Butterworth; basado en los personajes creados por Ian Fleming
  • Fotografía
    Hoyte Van Hoytema
  • Música
    Thomas Newman
  • Montaje
    Lee Smith
  • Distribuidora
    Sony
  • Estreno
    06 Noviembre 2015
  • Duración
    148 min.
  • Intérpretes
    Daniel Craig (James Bond), Ralph Fiennes (M), Ben Whishaw (Q), Naomie Harris (Moneypenny), Léa Seydoux (Madeleine Swann), Dave Bautista (Sr. Hinx), Christoph Waltz (Oberhauser), Monica Bellucci (Lucia Sciarra).

spectre2Cuarto James Bond protagonizado por Daniel Craig con señales de agotamiento.

El plano secuencia con que arranca Spectre, parte del aparatoso prólogo habitual en las aventuras cinematográficas del espía británico con licencia para matar creado en 1953 por el novelista Ian Fleming, es la imagen más elegante y espectacular que jamás se le haya brindado a un personaje que tiene ya a sus espaldas hasta veinticuatro películas. Paradójicamente, es un plano que también ilustra hasta qué punto James Bond ha perdido pie como arquetipo de ficción, tras la decisión por parte de sus productores actuales, Barbara Broccoli y Michael G. Wilson, de otorgar a la serie un marchamo artificioso de calidad a partir de la gran repercusión que obtuvo Casino Royale (2006).

Aquella entrega de un Bond al que prestó por vez primera sus rasgos el actor Daniel Craig, atinó a la hora de reubicar a 007 en un escenario sociocultural muy complejo, al que resultaba difícil adaptarse apelando al oportunismo de perfil bajo que siempre había caracterizado a la franquicia: la resaca del 11-S, la victoria de la corrección política, el predicamento de otros espías fílmicos como Jason Bourne y Ethan Hunt, y un cambio de paradigma en lo relativo a la elaboración y la recepción de la cultura popular ejemplificado por la obra de Christopher Nolan, habían abocado a cierta obsolescencia al agente secreto nacionalista, misógino, despiadado y sibarita encarnado previamente por Sean Connery, George Lazenby, Roger Moore, Timothy Dalton y Pierce Brosnan. Casino Royale deconstruía y reformulaba el universo Bond, haciendo que su argumento único –el enfrentamiento contra un genio del mal que aderezan localizaciones exóticas, objetos de lujo, amantes hermosas y fugaces, y gadgets tecnológicos– se viese puntuado por el relativismo ideológico, y por la descripción del protagonista en términos, no icónicos, sino psicológicos. El acierto de la propuesta cupo achacarlo en buena medida a la labor del último de los muchos artesanos contratados desde 1962 para realizar las películas de 007, Martin Campbell, que ya había forjado un meritorio ejercicio de sincretismo similar con GoldenEye (1995), debut asimismo de un actor –Pierce Brosnan– en la piel de Bond, en otro momento peliagudo para la creación de Fleming, el mundo posterior a la caída del Muro de Berlín. Sin embargo, el plantear Quantum of Solace (2008) como secuela directa de Casino Royale, en mitad de una huelga de guionistas y bajo la supervisión de un director con cierto renombre por entonces, Marc Forster, que admitió no ser fan de la serie, derivó en una película que, bajo sus pretensiones dramáticas y sus florituras visuales, evidenciaba un desconcierto considerable en torno al rumbo de 007. Algo que subrayó Skyfall (2012), por mucho que lo camuflasen su descomunal éxito de taquilla; el miramiento de la crítica para con la elección otra vez de nombres afamados como el realizador Sam Mendes y el director de fotografía Roger Deakins, cuyas miradas oscilaron entre lo displicente y lo entomológico; y una persistencia en humanizar –término sacrosanto que ya no significa nada– el vínculo de Bond con su propia esfera de acción, que iba adquiriendo peligrosos tintes folletinescos.

Skyfall era menos un espectáculo de ficción que ensayístico; una gran retrospectiva museística consagrada a 007, en la que primaron la consideración de evento y la reputación de sus comisarios, sobre el entendimiento del personaje y la posibilidad de una evolución orgánica, creíble, del mismo en contextos renovados. No es casual que, tras una apabullante exhibición pirotécnica de casi dos horas y media, la película acabase con una nota de cobardía: retrotrayendo a Bond a sus orígenes, manifestación delatora de impotencia para actualizarlo con conocimiento de causa, así como de inquietud ante la desustanciación a que estaba siendo sometido en nombre de la intelligentsia cultural. Spectre, dirigida de nuevo por Sam Mendes, es consecuencia directa de la ausencia de reflexión y autocrítica posteriores a Skyfall; de unas ambiciones más pendientes de agradar a todo aquel que mira –el fan irredento de Bond y las películas de acción, el cinéfilo con ínfulas, el crítico, el plumífero al servicio de las revistas de tendencias– en vez de honrar un legado merecedor de algo más que las citas literales, las notas irónicas al pie, el simulacro de mensajes relevantes sobre la coyuntura política global.

Spectre nos presenta a un 007 que, siguiendo la última voluntad de su superior fallecida en Skyfall –la M que encarnó Judi Dench– se empeña, sin autorización de los servicios secretos de su país, en liquidar en México a un terrorista italiano que pretende volar un estadio abarrotado de público. Bond descubre que el criminal forma parte de la organización que da título a la película; organización sobradamente conocida por los familiarizados con las novelas de Ian Fleming y sus versiones cinematográficas, aunque en Spectre se redefinan sus planes maestros y se haga de su líder, Ernst Stavro Blofeld, un villano conectado emocionalmente con 007, hasta el punto de responsabilizarse de todas las desventuras acaecidas a este en Casino Royale, Quantum of Solace y Skyfall. El intento de forzar una conexión argumental entre todas las películas protagonizadas hasta la fecha por Daniel Craig, y de hacerlo apelando a lo personal, se salda con la inverosimilitud más absoluta y un puñado de escenas ridículas, algo que agrava la desafortunada puesta en escena del villano interpretado en esta ocasión por Christoph Waltz.

En todo caso, hasta llegar a esos momentos cumbre, Spectre intenta estructurarse como película de Bond clásica, y, a la vez, como recreación distanciada, entre interrogantes, de dicho clasicismo. Con tan poca fortuna, que lo plasmado, no solo es incapaz de proponer nada enriquecedor al espectador, nada susceptible de hacerle creer que lo que ve tiene una mínima coherencia discursiva; sino que, además, repercute en un hilo narrativo plagado de absurdos y agujeros, insostenible, que arrastra la película a la altura de las peores entregas de la serie: Diamantes para la eternidad (1971), Panorama para matar (1985), El mundo nunca es suficiente (1999). Con este panorama, imágenes como el plano secuencia comentado al iniciar esta crítica, o el paseo final de 007 por la sede en ruinas de la agencia de seguridad que le emplea –convertida literalmente por Blofeld en una galería de exposiciones en torno al pasado reciente de su enemigo–, pueden hacer gala de toda la brillantez aparente que se quiera. A la postre, solo provocan un efecto inquietante: el de que nos preguntamos por primera vez, en consonancia con el adagio que anima Spectre –“los muertos viven de nuevo”–, si verdaderamente Bond ha llegado a un callejón sin salida, si es otra cosa que un zombie. Si solo le queda asistir como convidado de piedra a celebraciones y catálogos conmemorativos sobre su figura como los orquestados por Skyfall y Spectre. La historia nos ha demostrado que 007 tiene como personaje más vidas que un gato; pero, a expensas de que su vigésimo quinta aventura nos sorprenda, quizá su vida actual no es digna de tal nombre.

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