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AGUAVIVA

Escrito por Sergio F. Pinilla

Una segunda oportunidad para Aldeaseñor (el pueblo de El cielo gira)

Barcelona se mueve, al menos por lo que respecta al cine de no ficción. Aguaviva es uno más de los proyectos desarrollados dentro del Master en Documental de Creación de la Pompeu Fabra, vivero de talentos sin parangón en el resto de España. Ariadna Puyol (Barcelona, 1977) toma el testigo de la soriana Mercedes Álvarez (El cielo gira, 2004) y prosigue con el tema de la despoblación rural, en este caso para documentar una realidad en sentido inverso: el llamamiento de un alcalde rural a familias extranjeras para que inmigraran a su pequeña localidad a cambio de vivienda y trabajo. Por eso Aguaviva (título de la película y nombre del pueblo) parte de la realidad de El cielo gira (incluso de sus formas de representación cinematográfica) con unos planos de las casas vacías, las calles desiertas, y la niebla solapando las señales de tráfico. Sobre esta naturaleza muerta se superpone el diálogo de dos mujeres (argentinas) que se preguntan por el comienzo de la estación de la primavera en España: hay una confusión que siembra el humor, y en los siguientes planos vemos el campo en flor, para descubrir de inmediato que el llamamiento del alcalde ha surtido efecto. Inmigrantes rumanos y argentinos conviven con los autóctonos habitantes de Aguaviva, el pueblo turolense situado a veinte kilómetros de Calanda. Esta exposición debiera servir para que el espectador/ lector se haga una idea de cuál es el nivel cualitativo que esta escuela de documentalistas impone a sus proyectos. Ariadna Pujol, la directora de esta película, realizó un trabajo de campo que duró año y medio, con el fin de conocer a los habitantes del pueblo, acostumbrarles a la presencia de la cámara, y realizar sobre la marcha un proceso de casting con las historias humanas más representativas. (Bajo el mismo prisma óptico, durante un encuentro celebrado en Madrid hace pocos días entre cortometrajistas noveles con Abbas Kiarostami y Víctor Erice -no se pierdan la Exposición Correspondencias, en La Casa Encendida-, el director de Teherán se lamentaba del escaso trabajo previo que denotaban los trabajos ante él presentados.)

Aguaviva no es tan creativo como el documental de Mercedes Álvarez, pero al decantarse por los testimonios, Ariadna Puyol suprime filtros, y gana en vitalidad e inmediatez (que es lo que se pretende.) Cuenta con la fotografía de Alex Gaultier (En construcción), con lo que la mediación- Guerin es de suponer, y no desdeña algunas de las técnicas utilizadas por el cine de vanguardia, como reencuadrar por corte, o enfocar el plano más alejado de la composición (dejando desenfocado lo que está más cerca de nosotros, lo que tiene su lógica.) En lo que respecta al peso dramático de la cinta, éste reposa en tres historias fundamentales: la de la familia que monta un restaurante argentino a la entrada del pueblo, la de la madre chilena con cinco hijos que espera la llegada de su marido, y la historia coral de las ancianas viudas, encabezadas por una mujer que se resiste, pese a la presión familiar, a abandonar su casa de toda la vida. Como tema mayor está el de la asimilación de los recién llegados dentro del arisco clima que gobierna cualquier ambiente rural, pudiendo servir este microcosmos igualmente de metáfora respecto a la situación que se vive en España respecto a la inmigración. El final plantea el suspense respecto a la decisión que tomarán los hijos de los inmigrantes en un futuro: ¿volverá a quedarse despoblado Aguaviva, o los nuevos echarán raíces? La comunión de todos las nacionalidades en las fiestas patronales, con rumanos y argentinos adornando con tapices naturales las calzadas por donde circula la banda de música, los pasodobles, y los fuegos artificiales, son los síntomas más plausibles de que el mestizaje cultural sólo puede traer beneficios a la envejecida población española, y de que han de superarse determinados prejuicios. Mientras tanto, la institución eclesiástica se mantiene inmutable en sus ritos a los cambios en la geografía humana, si bien en esta ocasión el retrato que se ofrece es más bien humano y de integración (no hay que olvidar también que esta región de España fue uno de los focos de mayor resistencia republicana, como atestigua la memoria de una de las viudas al entonar el canto de “No pasarán”.)

Como se desprende de este análisis, y pese a su aparente sencillez, Aguaviva es una película de múltiples capas y lecturas. No alcanza la belleza plástica de El cielo gira, ni su significado poético, pero los méritos reseñados la convierten en una digna sucesora. Y a su directora, Ariadna Puyol, en alguien a tener muy en cuenta dentro del panorama cinematográfico español.

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