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CONEXIÓN MARSELLA

Escrito por José A. Planes Pedreño
  • Titulo Original
    La French.
  • Producción
    Alain Goldman, Genevieve Lemal, Catherine Morisse, Marc Vadé (Francia, 2014).
  • Dirección
    Cédric Jimenez.
  • Guión
    Audrey Diwan y Cédric Jimenez.
  • Fotografía
    Laurent Tangy.
  • Música
    Guillaume Roussel.
  • Montaje
    Sophie Reine.
  • Distribuidora
    A Contracorriente Films.
  • Estreno
    20 Noviembre 2015
  • Duración
    135 min.
  • Intérpretes
    Jean Dujardin (Pierre Michel), Gilles Lellouche (Gaëtan "Tany" Zampa), Céline Sallette (Jacqueline Michel), Mélanie Doutey (Christiane Zampa), Guillaume Gouix (José Alvarez), Benoît Magimel (Le Fou), Bruno Todeschini (Le Banquier).

conexion-marsella2Thriller francés de gran espectáculo sin aspiraciones creativas 

Permítanme la digresión. El crítico literario Harold Bloom abordó en su ensayo La angustia de la influencia (1973) las convulsiones a las que se enfrentan los nuevos poetas cuando, abrumados por la magnitud de la tradición y autores precedentes, se afanan en dar a luz un estilo capaz de trascender las pautas y convenciones pretéritas con el fin de perdurar en el tiempo, de inscribirse en el canon. Pero para el ensayista inglés, ciñéndose toda vez al ámbito estrictamente literario, la misma idea de originalidad en un escritor tiene lugar como consecuencia de una “interpretación errónea”, “mala lectura” o “desvío” con respecto de sus precursores. Dicho esto, si hay un rasgo que, al margen de cuestiones formales, caracteriza al poeta «fuerte» según Bloom (y aquí podríamos sustituir la palabra «poeta» por la de «cineasta») no es otro que la agudeza cognitiva, su capacidad para expandir –y transformar para siempre– nuestra percepción de la realidad. Esta es la cualidad suprema de Shakespeare, el ejemplo paradigmático al que Bloom dedicó, entre otras, una obra en particular titulada –ahí es nada– Shakespere, la invención de lo humano (2002).

Estos planteamientos son, qué duda cabe, trasladables al cine, y también a uno de sus géneros más importantes, el cine negro, dentro del cual me atrevería a decir que, en lo tocante al panorama contemporáneo, algunas obras especiales presentan, en diferentes niveles, esa agudeza cognitiva aludida por Bloom. Ellas son El Padrino (1972), Uno de los nuestros (1992) y Pulp Fiction (1994). En este punto, el lector o lectora podría matizarme, y con razón, que ha llovido mucho desde el estreno de esos títulos, sin embargo, pocos más, muy pocos, son los que realmente cumplen con ese presupuesto estético. Y es aquí cuando entroncamos la obra que nos ocupa, Conexión Marsella, que no hace sino poner de relieve cierto estado de las cosas: el cine, sumergido en las aguas cloacales del audiovisual, concebido como mercancía desprovista de aspiraciones creativas y, como consecuencia, desprovisto también de la tentativa de enriquecer nuestra aprehensión de la realidad.

Porque lo único que contemplamos en Conexión Marsella son mecanismos deudores de los films mencionados –muy especialmente del de Scorsese–, pero también de las derivas manieristas del thriller de Michael Mann –Heat (1995)– y Ridley Scott –American Gangster (2007)–. A partir de la lucha de la brigada antidroga emprendida por el juez Pierre Michel contra La French Connection, –una organización criminal que se convirtió en la mayor proveedora de droga en Estados Unidos a lo largo de los años sesenta y setenta–, la película de Cédric Jiménez se articula, desde un punto de vista formal, a través de un ritmo narrativo vertiginoso, plagado de escenas/secuencias de transición con música a todo trapo; espasmódicos movimientos de cámara en mano y deslizamientos de esta por interiores mediante steadycam; transformaciones repentinas en el plano sonoro –aislamiento y encabalgamiento de determinados ruidos, difuminación del sonido ambiente y mantenimiento de la música extradiegética–; localizaciones bañadas por una iluminación natural sobreexpuesta; y el recurrente uso del montaje paralelo, como el que se localiza en la parte final del film, donde la paciente esposa del héroe empieza a acusar en el rostro el signo de los malos presentimientos toda vez que, simultáneamente, su marido viaja en moto hacia su aciago destino. La película no reinscribe estos recursos formales como vías de acceso al contexto argumental sino que, al contrario, el contexto es una excusa para sumergirse en las manieras apuntadas. Este es el motivo por el que dos intérpretes tan solventes como Jean Dujardin y Gilles Lellouche nunca consiguen trascender los estereotipos que, respectivamente, representan: el policía obstinado en desbaratar el entramado criminal; el hampón rodeado de lujo y con gran sentido familiar. El pulso interpretativo que mantienen queda reducido a la colisión de dos monigotes que el montaje se afana en contrastar.

En Conexión Marsella no hay, por tanto, “interpretación errónea”, “mala lectura” o “desvío” con respecto a sus referentes. Hay una época, unos escenarios y unos personajes encerrados en moldes anteriores, negándonos a conocer sus verdaderos rasgos identitarios. Así las cosas, se produce un extraño fenómeno: los intérpretes hablan en francés pero en más de una ocasión tenemos la certeza de que algún error no previsto de raccord acabará desvelando que donde realmente nos encontramos es en Miami o Los Angeles.

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