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ZOOTRÓPOLIS

Escrito por Diego Salgado
  • Titulo Original
    Zootopia
  • Producción
    Walt Disney Animation Studios (Estados Unidos, 2016)
  • Dirección
    Byron Howard
  • Guión
    Jared Bush
  • Música
    Michael Giacchino
  • Distribuidora
    Walt Disney
  • Estreno
    12 Febrero 2016
  • Duración
    97 min.
  • Intérpretes
    Animación

zootropolis2Ejercicio de animación antropomorfa a cargo de Disney, muestra del gran momento que atraviesa el género.

El cine de animación mayoritario vive una Edad de Oro. Su abundancia y éxito se ha cobrado quizás el precio de una cierta estandarización, de una tara en lo que se refiere al sentido de la maravilla que es capaz de suscitar. Pero, en líneas generales, la ambición de los creadores adscritos a los grandes estudios estadounidenses –ambición espoleada en buena medida por la repercusión crítica y académica de las películas gestadas por Pixar–, los avances en la animación digital y la confianza en espectadores pequeños y mayores a quienes ya no basta la simplicidad, que se han acostumbrado a la ironía y lo referencial, han desembocado en un nivel medio de calidad irreprochable que, con la perspectiva que otorgará el tiempo, puede llegar a dar cuenta aun más exacta y generosa de sus muchos méritos.

A efecto de escribir sobre Zootrópolis, se hace preciso distinguir en el fenómeno de la animación contemporánea para todos los públicos entre dos tipos de producciones. Por un lado, aquellas que apelan a la animación como principio y fin último de su existencia. Su empeño prioritario pasa por deslumbrar al espectador, por marcar una diferencia con respecto a la imagen real en términos de expresividad y emociones primarias. Aunque sea a costa de contrasentidos narrativos o discursivos. Baste con citar series como Ice Age: La Edad de Hielo (2002-2016) y Madagascar (2005-2014), o títulos recientes como Los Minions (2015) y Home: Hogar dulce hogar (2015). Mientras que otras, véanse las series Cómo entrenar a tu dragón (2010-2014) y Kung Fu Panda (2008-2016), prefieren entender la animación como un útil que otorga inmensos potenciales al intento de revitalizar, con todos los medios virtuales al alcance del realizador, géneros –la fantasía, la aventura– imperantes en Hollywood durante décadas.

Zootrópolis, quincuagésimo quinta producción del venerable estudio Disney, supervisada por el alma mater de Pixar –John Lasseter– y dirigida a seis manos por veteranos artesanos del género partícipes de títulos tan apreciables como Bolt (2008), Enredados (2010) ¡Rompe Ralph! (2012) y Big Hero 6 (2014), entra de lleno en la segunda categoría descrita. Ello no quiere decir que la animación no sea extraordinaria en todos sus aspectos, algo que acentúa un soberbio trabajo de planificación en formato panorámico: diseño y gestualidad de los personajes, elección idónea de los actores que les prestan su voz, paleta de colores y texturas, ambientación lumínica y escenográfica. Pero esa labor perfeccionista está puesta al servicio de un meritorio ejercicio de cine negro en el que es posible rastrear –sin que ello suponga una merma para la creatividad, la coherencia y el buen humor que rigen las imágenes de Zootróplis– los ecos de modelos genéricos tan dispares como La cena de los acusados (1934), La jungla humana (1968), Kiss Kiss, Bang Bang (2005) o la saga de cómic Blacksad.

Y es que el recurso habitual de Disney a los animales antropomorfos, adquiere cotas de ambición pocas veces vistas en producciones animadas del estudio, al dar lugar a todo un universo urbano con numerosas atmósferas y estratos, en el que el espectador se ve inmerso a través de los ojos de Judy, una animosa conejita que abandona el pacífico entorno rural en que se ha criado para cumplir su sueño de ser policía y hacer cumplir la ley en la megalópolis que da título a la película. Judy lo tiene todo en contra –es chica, de pequeña estatura y pertenece a una especie desfavorecida en la cadena trófica–, pero eso no la hará desistir en su propósito de desvelar el misterio que rodea la desaparición de ciudadanos de a pie sin relación aparente entre ellos. En su investigación contará con la ayuda ni mucho menos desinteresada de Nick Wilde, un zorro que se conoce al dedillo los bajos fondos de Zootrópolis… La relación entre Judy y Nick está plagada de detalles encantadores, y lo mismo cabe decir de las peripecias que les enfrentan, juntos o por separado, a los estamentos oficiales y delictivos de la ciudad; que, en la mejor tradición del noir, acabarán por no hallarse tan separados como debieran.

Si algún defecto se le puede achacar a Zootrópolis, es precisamente el de tomarse demasiado en serio su adscripción al género, hasta el punto de estirar en demasía su metraje –cercano a las dos horas– por culpa de unos cuantos meandros detectivescos que perjudican la fluidez del relato. A pesar de lo cual, es tanta la química entre Nick y Judy, y hay tantas escenas ingeniosas –los trapicheos iniciales del zorro, los trámites llevados a cabo por osos perezosos, el mafioso reminiscente de Vito Corleone, el gag recurrente de la grabadora– que el visionado de la película es una delicia. Y a ello debe sumarse un discurso alegórico lleno de aristas, tan complejo y sugerente como los presentes en las fábulas de Esopo, sobre nuestra fragilidad y responsabilidad en tanto seres vivos, el reconocimiento y aceptación de nuestra naturaleza, y las ventajas y servidumbres de los vínculos sociales. Un discurso plasmado de manera muy expresa ya en la primera escena, una representación escolar que sirve a la vez para introducirnos en la ficción y para advertirnos de las corrientes ocultas que le prestarán todos sus sentidos. En definitiva, Zootrópolis no es una obra genial, susceptible de marcar un antes y un después en el campo de la animación. Pero sí una muestra ejemplar de la madurez actual del género, y de las posibilidades del cine popular para hacer de la artesanía, en sus mejores momentos, una forma de arte.

 

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