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ALTAMIRA

Escrito por José Luis Sánchez Noriega
  • Producción
    Morena Films y otros (España, 2016)
  • Dirección
    Hugh Hudson
  • Guión
    Olivia Hetreed, José Luis López-Linares
  • Fotografía
    José Luis Alcaine
  • Música
    Mark Knofler
  • Montaje
    Pia di Ciaula
  • Distribuidora
    Hispano Foxfilm
  • Estreno
    01 Abril 2016
  • Duración
    97 min.
  • Intérpretes
    Antonio Banderas, Rupert Everett, Golshifteh Farahani, Pierre Niney, Nicholas Farrell, Henry Goodman, Irene Escolar, Clément Sibony, Tristán Ulloa

Altamira2Reivindicación y épica del descubridor de las pinturas rupestres

            Todo lo que rodea a este proyecto muestra el peso definitivo del paratexto en la comprensión de una película destinada a reivindicar la figura del abogado e industrial Marcelino Sanz de Sautuola y Pedrueca (1831-1888), tatarabuelo de la actual presidenta del Banco Santander Ana Patricia Botín. La propia Fundación Marcelino Botín y personas con este apellido figuran como productores de Altamira, un proyecto con vocación internacional rodado íntegramente en Cantabria, en los espacios reales en que transcurre la historia. La difusión mundial se confía a la presencia de Antonio Banderas encabezando el reparto y, tras la cámara, del director de Carros de fuego, el octogenario Hugh Hudson, a estas alturas prácticamente jubilado, pues en los últimos quince años sólo ha rodado un documental. Para el lanzamiento se cuenta con la promoción de un vídeo en 3D de la cueva de Altamira para ser disfrutado con las gafas Samsung Gear VR, con las que se consigue una inmersión virtual en la llamada “capilla sixtina del arte rupestre”.

            Sanz de Sautuola no era arqueólogo, académico o científico, aunque sí un hombre culto y curioso, aficionado a la historia y los rastros del pasado, además de interesado en la geología y la botánica (parece ser que introdujo el eucaliptus en Cantabria). Modesto Cubillas, un aparcero de la zona le habla de una cueva donde Sautuola busca restos arqueológicos: en una de sus salidas, su hija María, de nueve años, descubre las pinturas del techo. Cuando en 1880 reivindica la antigüedad de las pinturas de Altamira en su opúsculo Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la Provincia de Santander, apoyado por el paleontólogo Juan Vilanova, se encuentra con la oposición frontal del historiador Ángel de los Ríos y, más tarde, de Émile Cartailhac y otros especialistas en prehistoria. Algunos le acusan de falsificación o datan las pinturas en época romana. Sautuola viajó a un congreso a Lisboa pero no logró convencer a los expertos. Pasado el tiempo y fallecido Sautuola, se descubren otras cuevas con pinturas rupestres en Francia, lo que resulta decisivo para la rectificación de Cartailhac y la confirmación de la antigüedad de Altamira por el abate Breuil, reconocida autoridad en la materia.

            Sobre los hechos históricos el guion se vale de habituales mecanismos de creación de ficciones, como el desarrollo dado a la figura de la niña María con sus pesadillas donde los bisontes cobran vida y arrasan con todo o la sugerida relación de la esposa de Sautuola con un restaurador francés que trabaja en la colegiata de Santillana del Mar y a quien le encomiendan hacer una copia del techo de Altamira. Pero lo más discutible es hacer de Sanz de Sautuola un progresista, defensor de la racionalidad científico-técnica, en contraste con el conservadurismo religioso de la época que ha recibido la teoría evolutiva, postulada por Darwin un par de decenios atrás, como un ataque a la tradición de la Biblia y a la autoridad de la Iglesia. Para reforzar esta discutible opción, el argumento añade el personaje del obispo y del sacerdote que apoyan las tesis contrarias a la antigüedad de las pinturas, para lo que tratan de influir en la esposa de Sautuola, que se confiesa con el obispo: a ello se dedica buena parte del metraje.

Sin negar la influencia eclesiástica en ese rechazo, que se justificaría también por el reconocimiento de seres humanos en épocas anteriores a Adán y Eva, no parece, como hace la película, que el debate decimonónico de fe-razón haya tenido el protagonismo que se quiere dar y, menos aún, que Sautuola represente poco menos que el espíritu de un nuevo Galileo (a  quien se cita en un momento determinado) vilipendiado por la defensa de la verdad demostrable de la cueva frente a la “caverna” conservadora.  Aunque invitase a ver la cueva a Giner de los Ríos, situar esa figura en el debate entre creacionismo / evolucionismo no parece muy justificado. Trabajos como el de Benito Madariaga Sanz de Sautuola y el descubrimiento de Altamira (Santander, Fundación Marcelino Botín, 2000; disponible en www.cervantesvirtual.com) o el documental La cueva de Altamira. 1. Historia de un descubrimiento (Daniel Herranz Escobar, TVE, 1990; disponible en https://www.youtube.com/watch?v=r4iqgRQXmW4) conceden escasa o nula importancia al supuesto rechazo eclesiástico de la antigüedad de las pinturas rupestres.

El relato de Hudson tiene fuerza en la excelente fotografía de José Luis Alcaine, que saca partido de las tonalidades verdes de los paisajes cántabros, y en la ambientación y localizaciones que otorgan empaque a un argumento necesitado de mayor ritmo y síntesis, pues le sobran reiteraciones y lugares comunes. La voluntad didáctica le impide una verdadera arquitectura dramática y el afán por exponer las vicisitudes del protagonista lastran el resultado a nivel de un telefilme aseado. Al final, es una película que cumple con el objetivo de reivindicar a Sanz de Sautuola aunque me temo que le encumbra más de lo debido. Y, por supuesto, de dar a conocer las pinturas de Altamira que, como señala el rótulo final con el muy citado texto de Picasso, marcan una cumbre.   

 

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