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ALATRISTE

Escrito por Ángel A. Pérez Gómez

Aventuras, conjuras, enredos, duelos y combates a los que les falta soporte dramático.

Presentada como «la película española del año» y «la más cara del cine español» (24 millones de euros, según se dice, que vaya usted a saber), estrenada con el presidente del Gobierno como espectador y coreada por todo el «lobby» de izquierdas, Alatriste es un nuevo bluff de nuestro cine y apunta una tendencia –que nos gustaría equivocarnos– podríamos llevarnos a una nueva época de películas de «golilla», aquellos monumentos a la estulticia histórica que fabricó Cifesa en los años cuarenta y cincuenta. No habló por hablar. Después de los exagerados parabienes que mereciera Juana la Loca, reciente está el fiasco de Tirante el Blanco, otra incursión en ese género que nos hace temer que cunda el ejemplo.

Nótese que el tema viene a ser el mismo, el imperio español, pero visto ahora con supuesta mentalidad crítica y revisionista. Como si la ley de memoria histórica, la que hace justicia a los represaliados republicanos de la Guerra Civil, se quisiera ampliar hasta nuestro Siglo de Oro. Porque de esta época trata Alatriste, de aquel controvertido siglo XVII, espléndido en las Artes y Letras, pésimo en gobierno y política, en el que la mayoría de historiadores sitúa el comienzo del declinar de nuestras banderas en Europa y en el mundo.

No me parece mal que se pase revista a nuestro pasado y que se utilicen esos temas en la pantalla. Pero ésta no es, desde luego, una pizarra de colegio para impartir en ella clases de Historia de España, de Literatura o Pintura. Y menos, ocasión para aburrirnos con un desfile de figurines y fotografía que se inspira sin rebozo en el arte de Velázquez a base de mucho claroscuro, contraluz y chambergo. La guardarropía (espléndida en su exactitud) viste a personajes de una sola pieza, que no llegan a tener carne ni sangre, por mucho que en el film se acuchillen cuerpos y se rebanen miembros.

He aquí el defecto vertebral de Alatriste: no su presupuesto colosalista, ni su ambientación y reconstrucción –discutible o no– de una época, su variado recorrido por iglesias, palacios, ruinas y rincones para encontrar exteriores e interiores idóneos, sino la increíble falta de argumento en el film. En este «fresco histórico» no hay historia, valga la paradoja. Lo que se nos cuenta es un «enchorizado» de aventuras, situaciones, conjuras, enredos, duelos y combates a los que les falta soporte dramático. Por otra parte, el trazado de los personajes es pobre, sin demasiados matices, conforme al tópico. Pienso que tampoco ayuda en nada la escasa simpatía que suscita la actuación de Viggo Mortensen hierática, enfática y con un acento extraño en su dicción del castellano.

No se han escatimado medios en la producción, pero no se han invertido en trabajar un guión que se me antoja francamente deficiente. Al pretender una semblanza de Alatriste, basándose en las cinco novelas que lo tienen de protagonista, se han olvidado de lo más elemental: un conflicto que pudiera enganchar al público, una construcción de interés creciente que tuviera una progresión atractiva. Faltan enjundia narrativa y sobran las lecciones (??) sobre cómo se dispara una pistola de chispa, los galeotes o la táctica militar de los tercios de Flandes.

Hay un montón de lances a espada, batallas, asedios, emboscadas y abordajes... Pero todo eso no presta emoción ni garra a la película. Desde que Orson Welles filmara magistralmente una batalla en Campanadas a medianoche, los epígonos posteriores se han creído que basta con abundar en planos cortos (de tamaño y duración) con muchos ayes de fondo sonoro, pero sin saber nunca qué bando está a la derecha o a la izquierda, quién va ganando y quiénes son unos y otros. Díaz Yanes podría haberle preguntando a Jackson como lo hizo tan bien en El señor de los anillos. Nunca llegamos a conocer tampoco cuáles son realmente las motivaciones de las conspiraciones y complots cortesanos a los que se alude.

La debilidad de los personajes alcanza a todo el reparto coral. El conde-duque de Olivares que compone Javier Cámara es un fantoche. Otro tanto puede decirse de la «malévola» y casquivana Angélica. Se salva de la quema Juan Echanove que compone un Quevedo solvente (al menos, de apariencia), aunque su personaje tenga la misma inconsistencia que los restantes. Este juicio tan negativo puede parecer producto de alguna rencilla personal o ideológica. Creo honradamente que no es así. Nada tengo contra los autores y realizadores del film, ni contra una visión acerba del siglo XVII español. Ojalá se desprendiera ésta de las imágenes del film y no de cuatro o cinco irrelevantes puntazos en los diálogos.

Que el film se haya estrenado con 450 copias tiene una gran ventaja. Mucha gente habrá visto la película antes de que se corra, boca a boca, la verdadera naturaleza de un film tan costoso y, a la postre, tan inútil. Ojalá me equivoque.

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