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DIEZ AÑOS Y DIVORCIADA

Escrito por Maria Vives
  • Titulo Original
    Ana Nojoom bent alasherah wamotalagah.
  • Producción
    Benji Films / Hoopoe Film. Yemen, 2014.
  • Dirección
    Khadija Al-Salami
  • Guión
    Khadija Al-Salami
  • Fotografía
    Victor Credi
  • Música
    Thierry David
  • Montaje
    Alexis Lardilleux
  • Distribuidora
    Splendor Films
  • Estreno
    26 Agosto 2016
  • Duración
    96 min.
  • Intérpretes
    Reham Mohammed (Nojoom, 10 años), Adnan Alkhader (juez), Sawadi Alkainai, Rana Mohammed (Nojoom, 5 años), Ibrahim Alashmori, Munirah Alatas

diezanos2Imprescindible denuncia de los matrimonios forzados de niñas

Khadija Al Salami (1966, Saná, Yemen) es la primera mujer directora de cine originaria de Yemen. No es extraño. La producción cinematográfica yemení no alcanzaba hasta 2008 más que la escueta cifra de dos obras: la primera, A New Day in Old Sana'a (2005), de Bader Ben Hirsi, abordaba el mismo tema que trata Diez años y divorciada, los matrimonios concertados, pero desde el punto de vista masculino; la segunda, Al-rahan al-khasar (The Losing Bet, 2008), de Fahdel Al-Olofi, es un alegato antiyihadista promovido por el gobierno yemení a raíz del atentado de Al Qaeda en el que siete turistas españoles, además de un guía y un conductor yemeníes, fueron asesinados por un terrorista suicida.

            Al igual que la protagonista de su película y como muchas otras niñas yemenís, la directora Khadija Al Salami fue obligada a casarse a una tempranísima edad: once años. Tras un intento de suicidio y su negativa a aceptar su situación, fue devuelta por su marido al tío que la dio en matrimonio, quien la entregó a su madre, que a su vez había sido casada a los ocho años y había logrado divorciarse debido a los malos tratos que recibía. La yemení afrontó el rechazo de su familia y la sociedad y logró finalizar sus estudios simultaneándolos con el trabajo que les permitía mantenerse a ella misma y a su madre. Consiguió una beca de estudio en los Estados Unidos, donde se formó como realizadora: «Procedo de un país donde las mujeres no tienen voz y quería dársela a través de mis películas», declaraba la misma Khadija en una entrevista reciente. En su cuarto largometraje, la directora se centra en la terrible situación de los matrimonios forzados de niñas, y lo hace con un caso real, el de Nujood Ali, quien, con la ayuda de una ONG y la sentencia de un juez yemení, consiguió el divorcio de un matrimonio concertado por su padre a la edad de diez años.

Los matrimonios concertados, una costumbre extendida por todo el mundo hasta el siglo XVIII, es aún hoy día una realidad en muchos países del Sur y Sudeste Asiático, África, Oriente Medio, América Latina y Asia Oriental. Dentro de los matrimonios concertados, el matrimonio forzado es aquel en el que los contrayentes no son ni consultados por los padres o tutores en cuanto a la pareja elegida ni pueden oponerse al matrimonio mismo. Dentro del matrimonio forzado y en su lado más extremo está el matrimonio forzado infantil, aquel en el que uno o ambos contrayentes no llegan a la mayoría de edad, y que habitualmente tiene lugar entre una niña y un hombre adulto considerablemente mayor que ella. Aunque pueda parecer mentira, las tasas de matrimonio infantil forzado son muy altas en países como Nigeria, Chad, Malí, Bangladesh, Guinea, República Centroafricana, Afganistán, Pakistán o el mismo Yemen. Tanto que, según datos de Unicef, más de setecientos millones de niñas en todo el mundo han sido forzadas a casarse antes de sus dieciocho años, y otros doscientos cincuenta millones antes de sus quince. La misma organización declara que las muertes maternas relacionadas con el embarazo y el parto representan setenta mil muertes cada año, mientras que la Organización Mundial de la Salud constata que las niñas que se casan jóvenes son más vulnerables a la violencia de pareja y el abuso sexual. Asimismo, la OCDE advierte de que las niñas menores de quince años tienen cinco veces más posibilidades de morir en el parto que las mujeres que se han desarrollado por completo. Para empeorar las cosas, y según un estudio realizado por ONG World Vision, «la crisis global de alimentos está empeorando las cosas: la pobreza empuja a más familias a casar a sus hijas jóvenes. La pobreza extrema se mezcla con tradiciones culturales y falta de educación para limitar el valor percibido y el potencial de la hija mujer». Por desgracia, y lo mismo que la historia que narra 10 años y divorciada, esto no es ficción, sino una cruda realidad. Y no es en absoluto casualidad que este tema, que ya había sido abordado en el film turco Lal gece (Night of Silence, 2012) y en el francés Mustang (2015), se base siempre en historias reales.  

Con estos datos abrumadores, Khadija Al Salami no puede sino tener una clarísima y pertinaz intención didáctica. Emplea un naturalismo cercano al documental que ya había adoptado en sus anteriores obras: Amina, The Scream —sobre la también activista yemení Tawakkol Karman, ganadora del Premio Nobel de la Paz de 2011 «por su batalla no violenta a favor de la seguridad de las mujeres y de su pleno derecho en la plena participación de la obra de construcción de la paz»—, y Killing Her Is a Ticket to Paradise. La notable fotografía de Victor Credi resalta la belleza de la arquitectura yemení y aporta matices coloristas muy interesantes. La directora no renuncia a reflejar la misma realidad que retrataba en sus documentales, pero esta vez lo hace de forma narrativa e introduciendo varios planos temporales alternados: el resultado es el retrato de una sociedad radical y cruelmente patriarcal, dado que la mujer no es considerada en ningún momento como una persona dotada de derechos y deberes, sino como mera mercancía de intercambio para su esclavización doméstica y consumo sexual, como un ser sujeto a multitud de deberes: proveer de medios de subsistencia a su familia por medio de su matrimonio —¿no habría que denominarlo con más propiedad como «venta»?—, hacer feliz al esposo, trabajar como esclava para su nueva familia, criar a sus hijos y afrontar la deshonra si de con sus prematuros embarazos contrae diversas enfermedades. Nada más. Y esto, trasluce el film, ha de ser asumido por muchas como su único e inevitable destino.

            La película, sin embargo, dista mucho de una concepción maniquea de la vida, sino que se esfuerza en comprender las razones por las que se cometen estos abusos hacia los derechos humanos más básicos. Junto a las mujeres que sufren el régimen de esclavitud, se retrata a otras —la madre del esposo de Nujood, la protagonista, especialmente— gustosas de perpetuar lo que ellas mismas sufrieron, recurriendo incluso a la manipulación religiosa: «Alá nunca será amable contigo», es una de las armas que esgrime contra su nuera. Al Salami no procede a una criminalización gratuita hacia las personas, sino hacia la tradición y el mal denominado honor familiar, que permiten que estos crímenes continúen perpetrándose. De esta manera, la conducta de Ahmed, el padre de Nujood, se justifica en cierto modo porque no sabe leer ni escribir, además del mismo lenitivo que suele conducir a la mayoría de padres y tutores a casar a las niñas: evitar que abusen de ellas y traigan «deshonor» a la familia. En la vertiente más radical, la voz del marido: «Es su hija y puede hacer lo que quiera con ella», portador de las tradición más cruelmente dañina para la mujer, en la que ella es la única portadora del deshonor, aun en el frecuente caso de que haya sido abusada. Otros dichos refrendan esta tradición: «Tener una hija es una maldición»; «Las mujeres traen vergüenza», así como el proverbio referido a las hijas, «Cásala a los ocho y tendrás felicidad y gozo», que se repite en dos ocasiones y jalonan la cinta a modo de golpes irreflexivos que se van imponiendo sobre toda inteligencia, bondad o sentido común. Pero el mensaje final es bien claro: «¿Son conscientes de que están cometiendo un crimen?». Por las tradiciones y costumbres erradas, los derechos de la mujer son sistemática e indiscriminadamente pisoteados: «Cometen crímenes sin saberlo», concluye la película, tratando de justificar el desconocimiento y, por tanto, presentando una cierta exención de parte de la responsabilidad en los que cometen crímenes injustificables.

Aparte del empleo ocasionalmente rudimentario de algunos flashbacks y otras estrategias narrativas que dan un aspecto algo deslavazado a la narración, otro de sus puntos débiles podría ser considerado el de la exposición demasiado explícita del mensaje, por lo que su escena final chirría especialmente. Por desgracia, la sutileza no es fácil de aplicar, ni siquiera quizá conveniente, en una película destinada a concienciar a un mundo en el que muchas cosas que deberían ser obvias no lo son en absoluto. De hecho, en países en los que no solo se llevan a cabo, sino que estas prácticas están bien vistas, la denuncia puede resultar muy poco enérgica. Es descorazonador saber que el film, cuya producción data de 2014 y a pesar de que cuenta con dos galardones —el del Festival de Dubai en 2014 y el Festival de Cine y Derechos Humanos de San Sebastián en 2016—, aún no ha sido estrenado en Yemen.

Es de notar, asimismo, que en la película ni siquiera pueda plantearse la idea de la necesidad de que el matrimonio sea voluntario y consentido por ambas partes: se conforma con el pequeño paso de plantear establecer una edad mínima para que el matrimonio no cause a las niñas secuelas físicas y psicológicas irreparables. Es cierto que no ayuda nada a remediar estas situaciones la limitación de recursos de ciertas regiones —Yemen es uno de los más pobres entre los países árabes— ni sus tasas de alfabetización, que en 2003 arrojaban resultados horripilantes: solo el 70,5% de varones mayores de 15 años sabían leer y escribir, mientras que un exiguo 30% de mujeres gozaban de este privilegio… De manera que, y aun a sabiendas de las múltiples circunstancias que los condicionan, parece inevitable preguntarse: ¿cómo puede progresar un pueblo que trata así a sus mujeres?

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