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1898, LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez
  • Producción
    Enrique Cerezo PC / 13 TV / CIPI Cinematografica (España, 2016)
  • Dirección
    Salvador Calvo
  • Guión
    Alejandro Hernández
  • Fotografía
    Álex Catalán
  • Música
    Roque Baños
  • Montaje
    Jaime Colis
  • Estreno
    02 Diciembre 2016
  • Duración
    129 min.
  • Intérpretes
    Luis Tosar (teniente Martín Cerezo), Javier Gutiérrez (sargento Jimeno), Álvaro Cervantes (Carlos), Karra Elejalde (Fray Carmelo), Carlos Hipólito (Dr. Vigil), Eduard Fernández (capitán De las Morenas), Alexandra Masangkay (Teresa), Ricardo Gómez (José), Patrick Criado (Juan), Miguel Herrán (Carvajal)

1898-2Obcecación numantina.

La Historia de España está llena de gestas heroicas y la lista de plazas sitiadas, defendidas con uñas y dientes hasta la extenuación y el exterminio, comienza con Numancia y acaba –por el momento– en el Alcázar de Toledo y en el Santuario de la Virgen de la Cabeza. Ojalá sean las últimas. El cine se ha hecho eco de estas proezas, sobre todo en la época del franquismo: Guzmán el Bueno(Fructuòs Gelabert, 1909),Sinnovedad en el Alcázar, (L’assedio dell’Alcazar, Augusto Genina, 1940), Los últimos de Filipinas (Antonio Román, 1945), El Santuario no se rinde (Arturo Ruiz Castillo, 1949)…

El numantinismo tiene, por lo visto, arraigo en nuestra tradición y épica popular. El sitio de Baler, en la isla de Luzón, en Filipinas, es una de esas hazañas. Un destacamento del ejército colonial español resistió el asedio de los nativos, que ya se habían emancipado oficialmente de España. Los jefes del grupo carecían de conexión con el resto del mundo y seguían creyendo que los atacantes les contaban mentiras sobre la lograda independencia de Filipinas para moverles a la rendición. El aciago desastre de 1898, la guerra en Cuba y Filipinas, y la deshonrosa paz lograda mediante una venta simbólica a los EEUU de la soberanía de estos territorios más el de Puerto Rico, agitó y conmovió los espíritus de los intelectuales españoles que declararon muerto el imperio español y denunciaron la pésima forma en que se llevó la guerra tanto en Cuba como en Oriente. Sin embargo, los militares de nuestro país seguirían siendo protagonistas con duros reveses en el Magreb y, posteriormente, con el golpe de Franco.

Vuelve ahora a traernos el cine español el asedio del reducto de Baler. Pero con una óptica muy diferente de la que inspiró a los guionistas y director del film de 1945. Aquí no se pone en duda la tenacidad y cabezonería de los mandos militares en mantener la posición a pesar de que indicios de todo tipo iban señalando que los tagalos tenían razón y que la guerra había terminado con deshonra española, ésa vergüenza que los asediados de Baler no querían perder por nada del mundo.

Como había dictaminado el capitán Enrique de las Morenas, a la guerra van dos tipos de soldados: «los que quieren ganar medallas y los que quieren volver vivos.» Muerto este superior, más sensato, sus dos sucesores, teniente y sargento, se muestran por diversos motivos intransigentes en no rendirse y fuerzan que el contingente se vaya diezmando por las malas condiciones alimenticias e higiénicas, disentería, beriberi, dietas, deserción y los ataques de los filipinos. Encerrados en la nave de una iglesia misional, cercados por todos lados, desprovistos de cualquier ayuda externa, los miembros del ejército aguantaron un año largo entre penurias, altercados, bajas y deserciones.

La película tiene el gran mérito de hacernos muy llevadero el encierro y el desarrollo de la mayor parte de la historia circunscrito a un pequeño espacio. Por eso tiene mucho sentido ese arranque fílmico con grandes y majestuosos travelings aéreos y ópticos que describen el lugar, casi paradisiaco, en que se sitúa el pequeño poblado de Baler. La contraposición entre el lugar del enclave y la exuberante naturaleza contigua forma parte de las señas de identidad del film y no sólo proporciona respiro al espectador sino que acentúa la idea de la obcecación militar de los dos mandos, empeñados en no rendirse en ningún caso. El teniente Cerezo, sabemos, había ido voluntario a Filipinas después de la muerte casi simultánea de su mujer y su primera hija. Era un suicida en potencia, que prefería morir matando en vez de darse un tiro. El sargento, superviviente del destacamento anterior, prácticamente aniquilado por el ataque por sorpresa de los insurgentes, sólo respira odio y se siente avergonzado de estar con vida cuando sus compañeros perecieron en casi su totalidad. Impondrán a los miembros del Regimiento de Cazadores que comandan una resistencia numantina, que por poco no cuesta la vida a todos.

Salvador Calvo tiene experiencia televisiva en su haber, pero nunca había dirigido un largometraje. En 1898 lo hace soberanamente bien. La planificación y el ritmo narrativo se mantienen y se dosifican durante las dos horas largas de duración, no perdiendo ni intensidad ni emoción. La variedad, sobre todo en los encuadres y movimientos de cámara, da agilidad al relato. Algunos picados cenitales y travelings de retroceso son realmente rotundos.

También se muestra ducho en la dirección de actores y así logra que Luis Tosar mantenga la ambigüedad de su personaje: su victimismo por haber sobrevivido a su esposa e hija y, al mismo tiempo, su atávico sentido del honor personal y militar, su observancia literal del código de justicia militar. Lo mismo puede decirse del sargento que interpreta Javier Gutiérrez, del franciscano que encarna Karra Elejalde y hasta de Eduard Fernández en su papel de capitán un tanto afeminado. El reparto está ciertamente muy bien elegido con secundarios sobresalientes como Carlos Hipólito o el mismo Álvaro Cervantes.

Junto a una espléndida fotografía y cámara de Alex Catalán, suena una partitura de Roque Baños que da empaque, subraya y apunta, evoca y recrea. La habanera famosa, que se hizo tan popular o más que la película de 1945 –me refiero a Yo te diré que cantaba Nani Fernández–, sirve de base para una serie de variaciones muy logradas que Baños coloca en diversos momentos del film y que, aparte del homenaje, tiñe de melancolía la gesta de los esforzados de Baler.

Grata sorpresa, pues, la de esta nueva versión de Los últimos de Filipinas, que han quedado en la historia como héroes a pesar de un comportamiento que recoge un espíritu y forma de pensar más propia de nuestros ancestros que de la gente de hoy en día.

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