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DERECHO DE FAMILIA

Escrito por Pedro Miguel Lamet

La adolescencia retardada del treintañero desde la óptica cotidiana y el buen hacer argentino.

Dentro del nuevo cine argentino, tan preocupado por el  humanismo de lo cotidiano y el buceo en los sentimientos, no deja de ser singular la figura de Daniel Burman. Con sólo 33 años ya ha dirigido cinco largometrajes. Después de su balbuciente ópera prima Un crisantemo estalla en Cincoesquinas (1998) y la fallida obra de transición Todas las azafatas van al cielo (2002), su experiencia creadora parece comenzar a madurar  en la trilogía que inició Esperando al Mesías (2000), siguió con El abrazo partido (2004) y ahora se consolida en Derecho de familia (2005).
 
Historia de padre e hijo, dos generaciones de una familia burguesa de abogados, contada desde un doble juego de voz en off e imagen objetiva, como desde fuera, muestra la cotidianeidad de un joven profesional de treinta años muy de ahora, Ariel Perelman, en tres capítulos titulados "Ser soltero", "Ser esposo", "Ser familia". Episodios que van guiando al espectador en el proceso personal de este muchacho judío, casado con una hija de españoles, alumna de sus clases de Derecho e instructora del método Pilates, con la que tendrá un hijo y lo que replanteará su identidad y las relaciones paterno filiales. Mientras a Perelman padre (Arturo Goetz), abogado porteño, dinámico, carismático, la Justicia le es completamente ajena y sólo se preocupa de aplicar la ley en beneficio de sus clientes, Perelman Jr. intenta vivir su propia vida como profesor y en la “Defensoría de Pobres” resistiéndose a seguir los pasos de su padre. El roce de la vida le irá mostrando hasta qué punto su padre es para él un desconocido y a reinterpretar la relación de hijo a partir de su propia condición de padre, cuando Gastón (Eloy Burman, hijo en la vida real del director) le sirve de espejo de si mismo.
 
Si Esperando al Mesías y El abrazo partido representan las diversas fases de crecimiento a la edad adulta, Derecho de familia, analiza el alcance de la madurez, a través del mismo personaje de Ariel, una especie de Antoinne Doinel de Truffaut a la argentina, pero con parecidos tics: inseguro, medio despistado, perdido, aunque sin la carga dramática del francés. Representante de una generación de jóvenes ejecutivos un tanto sosos y atrapados por el día a día, Perelman Jr. tiene las típicas pretensiones repipis del “enterado” argentino a la europea. Le dice a su padre: “Tú te ocupas del Derecho, yo de la Justicia”.
 
Con un humor muy peculiar, la película consigue meternos, como otros excelentes filmes argentinos contemporáneos, en el sencillo transcurrir de la vida y lo hace con fluidez y una cámara que hace el doble juego imperceptible de estar dentro y fuera al mismo tiempo. Valga citar un plano símbolo: cuando el hijo mira, con su habitual cara de palo, a su padre desde el cristal del despacho. Son los objetos –la cartera, los adornos de la mesa-, los personajes secundarios –la secretaria de toda la vida, la desconocida amante, los amigos que le adoran- los que revelan la identidad del progenitor, mientras el hijo no acaba de encontrar su propia personalidad hasta que se ve a sí mismo como padre. Se trata del fin de la inmadurez, de la adolescencia tardía que afecta hoy a toda una generación
 
En conjunto  Derecho de familia es un film logrado, original, espontáneo, en cierta medida alternativo, menos sentimentaloide que otros recientes de la misma nacionalidad, y recoge la mejor tradición europea de la nouvelle vague truffautiana e incluso, si se quiere, del cine de Rohmer, salvadas, claro, las distancias. Aunque peca en ocasiones de falta de pulso en el ritmo, de secuencias estiradas y reiterativas, de deslavazado en una palabra. Algunos críticos de su país le han achacado falta de compromiso con el entorno, la dura realidad social argentina. En efecto la historia se mueve en una burbuja burguesa de gente instalada que parece olvidar los terribles contrastes bonaerenses. Una historia que podría transcurrir en cualquier ciudad europea, Otros ha visto en Derecho de familia una cierta liberación de la obsesión del director por su identidad judía al asumir con naturalidad  “un típico matrimonio judeocristiano argentino”.
 
No obstante, esta agradable película que representa a Argentina en el Oscar de 2006 tuvo buena acogida en el último festival de Berlín. Se trata de una obra de calidad, creíble, bien realizada e interpretada y, sobre todo, que se inscribe en un cine que analiza sin desmelenarse las relaciones humanas en la vida diaria y nos recupera en cierta medida aquellas buenas intenciones de objetividad-subjetiva que venían desde el kino-glass a la nouvelle vague, pasando por el neorrealismo, una óptica mayoritariamente sustituida hoy por la manipulación forzada y efectista.

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