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CRASH

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez

El malestar social en un mundo de desencuentros que palpita como un latido a corazón abierto.

Aunque tiene detrás una consistente carrera como guionista en televisión -con bastantes productos alimenticios, pero también obras de mayor ambición, como la serie ‘Treinta y tantos’-, probablemente ha sido su condición de guionista de Million Dollar Baby lo que ha permitido a Paul Haggis acceder a la dirección cinematográfica con una película que, sin ser deslumbrante como propuesta ni como realización, hay que situar por encima de la media, apuesta por decir algo y revela un cineasta con un mundo propio al que debemos prestar atención en el futuro.
 
Las historias cruzadas que ofrece ‘Crash’ tienen por escenario el mismo espacio urbano de la ciudad de Los Ángeles que estaba presente en los dos filmes de Robert Altman que constituyen inevitables referencias a la hora de considerar este título: ‘California Split’ (1974) y ‘Vidas cruzadas’ (Short cuts, 1993). Creo que estas dos obras plantean no sólo un esquema narrativo con sus tramas entrelazadas, sus temas variados y hasta contrapuestos, las contradicciones de los tipos humanos retratados o la facilidad de un ritmo que nos lleva de la risa al llanto, sino que también el filme de Haggis participa de la misma moral desencantada y de la misma mirada irónica que hay en las dos películas de Robert Altman.
 
La ciudad de Los Ángeles, el tiempo continuo de día y medio y abundantes personajes vinculados con la ley de forma permanente (policías, fiscal) u ocasional (delincuentes) para un retrato del “malestar de la cultura” (Freud) propio de una sociedad donde reina la desconfianza, la sospecha y el sentimiento de que la aspereza del mundo nos impide la felicidad. Las vidas cruzadas se concretan en un fiscal y su mujer blanca (los únicos ricos de todo el reparto) quienes se sienten humillados porque les roban el coche, el policía negro cuya madre le exige que se ocupe de su hermano con un historial de marginación, la pareja de jóvenes delincuentes negros condenados a ser “carne de cañón”, el realizador de televisión que, a pesar del teórico respeto a las minorías y a las cuotas, ha de humillarse para conservar su vida o su puesto de trabajo, el poli blanco y racista que cuida amorosamente de su padre, el tendero persa (que no árabe) que se siente estafado por el seguro y está a punto de perderse con su pistola, el cerrajero hispano, etc. Un mundo de desencuentros, casualidades felices y ocasiones desperdiciadas para una película que es como ver el latido de un corazón en un pecho abierto por la cirugía.
 
La centralidad que adquieren los personajes de policías, la abundancia de personajes de raza negra y las múltiples referencias al tema del racismo me parece que restringen un poco lo que, si profundizamos, es más universal. Porque, más allá de los datos anecdóticos y hasta del diagnóstico amargo (el odioso fiscal que busca el éxito político, el policía racista, el tráfico de personas descubierto con el atropello del chino…), creo que hay un certero juicio sobre la desconfianza hacia el próximo / prójimo en una sociedad urbana concebida como amalgama de tribus que se ignoran o que se sienten pertenecientes a universos opuestos.
 
Pero Haggis arriesga al volver del revés los estereotipos y jugar con la reversibilidad de los roles sociales. Constituye un acierto convertir al repugnante policía que se aprovecha de un cacheo para toquetear a la esposa del realizador televisivo en el héroe que la saca del coche volcado segundos antes de que explote el depósito de gasolina; como el compañero Hansen, que repudiaba el racismo de ese poli, es quien mata a un negro recogido en autostop y quien quema el coche para dehacerse de las pruebas. Con esa voluntad de echar por tierra los estereotipos, a la hora de hacer crónica del racismo muestra la paradoja de un blanco pidiendo inútilmente a un negro que acuse a quien ha matado a tres personas de su raza; o contar cómo son precisamente los delincuentes barriobajeros que atropellan al chino quienes liberan a los inmigrantes ilegales encadenados en la furgoneta… En el fondo también hay una crítica a lo “políticamente correcto” que nos ha llevado a adoptar prevenciones y prejuicios estúpidos en nuestros comportamientos y, sobre todo, que impiden la espontaneidad en las relaciones interpersonales o el sentido común en muchas situaciones.
 
Ciertamente, los hilos de la tela de araña narrativa establecen nudos de forma gratuita y, en ocasiones, artificiosa; puede suceder que el espectador suspenda su credulidad ante una sucesión de secuencias que nos sorprenden, entre otras razones, porque resulta demasiado casual lo que se cuenta. Pero, superada esa tentación (creo que sin dificultad, porque nada nos dice que estemos ante una propuesta “realista”), el espectador puede disfrutar con una película provista de un ritmo excelente que, como una buena partitura bailable, “te lleva” los pies para danzar con distintos ritmos, resulta muy precisa en sus diálogos no muy abundantes, contiene canciones melancólicas que contrastan de forma eficaz con la dureza de las imágenes y, en definitiva, emociona con las vidas convulsas de incierto futuro.

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