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EL BUEN ALEMÁN

Escrito por Fernando Bejarano

Ejercicio barroco de estilo sobre el cine de suspense con una trama simplista a pesar de su apariencia.

Si las estadísticas aplicadas a la asistencia a las salas de exhibición cinematográfica sirven para algo, debemos tomar en consideración que la edad media de los que compartimos la visión de El buen alemán en una tarde de sábado no bajaba de los cincuenta años, siendo optimistas. Suele atribuirse a la franja entre 14 y 30 años el ochenta por ciento de los asistentes a las salas, de manera que no es de extrañar que esta película rodada en un clasicista blanco y negro se haya estrenado en Madrid en cuatro salas de las de versión original, junto a otras tantas dobladas. Y es que está suficientemente demostrado que el público juvenil se muestra refractario a las películas que no son en color. ¿Alguien se acuerda de aquellas aberraciones con las que se colorearon Casablanca etc.?

No es baladí la mención al mítico film protagonizado por Ingrid Bergman y Humphrey Bogart. La última ‘originalidad’ del tan inquieto como a menudo desacertado Steven Soderbergh es una rara mezcla de homenaje al cine de suspense, policiaco y espías de la década de los cuarenta en el siglo XX y ajuste de cuentas con el comportamiento de los norteamericanos y soviéticos en el reparto de la Europa en el Tratado de Postdam, poco después de la rendición de la Alemania nazi. Se trata, por tanto, de un nuevo filme revisionista sobre actuaciones norteamericanas en el pasado más o menos reciente en el que interviene George Clooney, cuyo segundo título como director (aparte de interpretar un personaje) Buenas noches y buena suerte, estrenado hace ahora poco más de un año, supuso un certero alegato contra la caza de brujas promovida por McCarthy y por extensión contra la política desde la presidencia de George Bush amenaza a los medios de comunicación y la propia libertad de expresión.

El famoso ‘Doc’ de la serie Urgencias ha realizado con su socio Soderbergh varios filmes tremendamente comerciales (y resultones) para la productora A Section Eight que ambos crearon en el año 2000 y decidieron disolver el pasado verano. Probablemente esta es la colaboración de ambos en la que más patente ha quedado la vena liberal (en el mejor sentido norteamericano de la palabra, y no como la emplean ciertos predicadores radiofónicos ultras) de George Clooney. Pero eso no es patente de corso para que les haya quedado una buena película. Para seguir con Clooney, posiblemente es uno de sus trabajos más flojos. Cierto es que el personaje de corresponsal de guerra con el que le ha tocado jugar tiene poca encarnadura, una vez que se desvela que le ha utilizado para llegar a la que fue su amante en Berlín antes del comienzo de la II Guerra Mundial. Cate Blanchet ha debido de confundir poner cara de pena con hieratismo y se pasa todo el metraje con un único registro. A partir de ese momento en el se reencuentran los antiguos amantes la trama se hace más confusa que complicada, llegando a ser simplista en un tramo final alargado hasta la extenuación y con un final de avión entre brumas a lo Casablanca que provoca cierto sonrojo.

Ha declarado Soderbergh que ha querido rendir un homenaje al cine clásico en general y en particular a títulos como El tercer hombre, Encadenados o Retorno al pasado (además de la mencionada) y hay que reconocerle que se sabe la lección de cómo se usa la profundidad de campo, las cortinillas y los fundidos, la iluminación directa y el fuerte contraste del claroscuro. Pero el uso artístico de la técnica cinematográfica puede agradar un rato como descanso frente a tanto videoclipero de montaje sincopado como abunda en el cine actual (incluso algunos que despiertan admiración entre los ‘jóvenes turcos’ de la crítica), pero cuando se empieza a observar que cada plano y cada pose parecen estar sacados de una enciclopedia y no sólo el engarce de las secuencias resultan academicistas sino que carecen de alma para transmitir la emoción que se le supone al momento que narra El buen alemán se desinfla sin solución de continuidad. Como cualquier lector o espectador avezado habrá supuesto, el título contiene las suficientes dosis de ironía para saber que todos cuantos aparecen en la película tienen la moral turbia y el interés puesto en sacar tajada, bien sea en pasta gansa como el vividor que interpreta Tobey Maguire (el que mejor parado sale del elenco protagonista) o con el objetivo de conseguir al científico alemán que les aporte nuevos avances sobre la bomba atómica. Para completar un cierto tufo a pastiche lujoso la música de Thomas Newman suena en muchos momentos a fanfarria estruendosa y nunca consigue esos momentos de inspiración melancólico-romántica de los grandes títulos del género.

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