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CONCURSANTE

Escrito por Pedro Sangro

O cómo el cine español descubrió el montaje

La puesta de largo del director Rodrigo Cortés no debería dejar a nadie indiferente. Su calculado periplo como cortometrajista –firmando títulos de exquisita estética y arriesgada estructura dramática como Yul (1998) o, sobre todo, el multipremiado falso documental 15 días (2001)-, siempre se ha visto acompañado de una aplastante seguridad reflejada en los fotogramas de sus trabajos que, mal entendida, algunos han interpretado como petulancia autoral y exhibicionismo caprichoso. Con Concursante, todas las dudas sobre su capacidad como cineasta quedan disipadas. Y es que mantener en alto durante noventa minutos una película que nada tiene que envidiar en ritmo y fascinación al cine más representativo de Martin Scorsese o Paul Tomas Anderson –dos claros referentes narrativos de Cortés- no es algo que se pueda calificar de petulante en el contexto de la esclerótica imaginería de nuestro cine, sino más bien, de heroico, e incluso kamikaze.

Irrumpe así esta inclasificable película en el celuloide español, demostrando que con audacia y talento se puede realizar un cine de altos vuelos alternativo a la dualidad dominante a la hora de medir la calidad de nuestros nuevos realizadores (reconocidos únicamente por su cercanía a lo “amenabariano”, o bien por su respeto a lo “almodovaresco”). Concursante opta, en cambio, por una visión del cine renovadora e iconoclasta, centrada en cocinar su universo ficcional en la sala de montaje (algo insólito en el panorama audiovisual patrio) para corroborar que en las buenas narraciones fílmicas la forma y el contenido no encuentran solución de continuidad alguna. El premio a su elevada apuesta es haber conseguido rodar una cinta ecléctica en sus texturas y vigorosa en su planificación que, simultáneamente ofrece una espesura temática en un trepidante relato al alcance de todos los públicos.

Por eso, de entrada, Concursante se deglute argumentalmente como una incisiva y cruel sátira sobre el sistema financiero y la usura que los bancos practican a costa de la desgracia del ciudadano medio; cuestionando la moralidad del statu quo económico en el que vivimos, la inquietante reflexión de Cortés señala el préstamo y el crédito bancario como prácticas que operan en un sistema ventajista cuyas reglas impiden que los bancos quiebren jamás. El pobre diablo que descubre ser víctima de la tramposa maquinaria se llama Martin Circo Martin, un profesor de historia de la economía argentino (¿casualidad?) cuya fortuna, paradójicamente, se convertirá en la causa de su desgracia. Así, tras ganar más de tres millones de euros en bienes de todo tipo en un concurso televisivo (el mayor premio entregado nunca en la historia del medio) sufrirá el acoso y derribo del banco al que solicitó un préstamo para poder mantener el patrimonio recibido.

Más allá de la trama conspiratoria de enorme interés que sostiene la espina dorsal del relato, la película plantea una provocadora digresión sobre determinados espejismos que sostienen los cimientos de nuestras vidas, tales como la creencia en los ceros que figuran en nuestras cartillas de ahorro, o las mentiras que ayudan a que nadie cuestione nunca la existencia real de su traducción en dinero. En un momento dado, el narrador omnisciente -trasunto de Cortés- que conduce el relato desde las alturas asumiendo la personalidad del vapuleado Martín Circo a voluntad se pregunta lo siguiente: “Si nosotros confiamos en los bancos, ¿por qué ellos no confían en nosotros?” Esto explica, quizás, cómo el común de los espectadores atados a una hipoteca inmobiliaria de por vida se identifica desde el primer minuto de película con el sufrido protagonista decodificando la peripecia como algo cercano a un relato de terror.

Más allá de su correcto guión, trabajado en una sola línea dramática que nos conduce siempre cuesta abajo y a toda máquina hacía un fatum inevitable, el estilo fundamentado en el montaje practicado no ha de confundirse con la fácil seducción del auditorio mediante un sumatorio de planos “videocliperos” bien pegados. Todo lo contrario; defendiendo una visión orgánica del cine heredera de maestros como Eisenstein o Hitchcock, el director gallego radicado en Salamanca exprime las posibilidades del medio en el que trabaja considerándolo como el único posible para hacer comprender al espectador la historia que Concursante le vomita de forma frenética.

Así, el metraje regala sublimes momentos que recuperan la grandeza de la cámara lenta de Brian De Palma, montajes en paralelo propios de Sam Peckinpah que deconstruyen el tiempo del relato hasta hacerlo saltar en pedazos, una audaz secuencia de montaje de corte onírico dirigida a la instrucción del espectador en cuestiones financieras –que el actor Chete Lera en su personaje de disidente anacoreta conduce tan bien como Robert De Niro en el de mafioso en las películas de su amigo Martin-, detenimientos del relato tarantinianos a voluntad de la narración, escenas orquestadas musicalmente que permiten convertir el cine en descripción -¡poderoso trabajo el de Víctor Reyes en la banda sonora!-, y todo un arsenal de herramientas dramáticas que el cine español nos niega por decreto en su tradicional minimalismo lingüístico.

Aunque es bastante evidente que su hálito inspirador se encuentra en un título tan presto a la división de opiniones como es El club de la lucha (Fight Club, David Fincher, 1999), la versión española de Cortes del cine analítico que venera el montaje como intermediario cognitivo y emocional del espectador, consigue elevarse de la condición de copia modesta de sus excelsos referentes yanquis para encontrar una personalidad propia. Y ello se debe, en primer lugar, a su apuesta por un humor autóctono, inteligente y reconocible (véase la fuerza de cada una de las intervenciones del abogado Pizarro); y en segundo término, al trabajo impecable de su elenco de intérpretes: el prodigioso arco dramático que defiende un enorme Leonardo Sbaraglia -condenado a salir en todos y cada uno de los numerosísimos planos del filme sin por ello mermar la verdad de la película- merecería una crítica aparte.

Con todo a favor, Concursante confirma la condición de animal cinematográfico hambriento de reconocimiento de su director, asumiendo su condición, antes de que el tiempo lo corrobore, de “película de culto” en el mejor de los sentidos. Sin embargo, en un negocio repleto de mediocridad y espejismos de talento como es el de nuestro cine, el verdadero concurso para Cortés comienza –como para su personaje- a partir de ahora. Mucha suerte.

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