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300

Escrito por Fernando Bejarano

La superioridad de la violencia sobre el pensamiento en estampas sin sentimientos ni emoción

El acontecimiento real es bien conocido por todos los interesados en la Historia, en general, y por los apasionados de la épica y la tarea del héroe, en particular. En el año 480 a. c., Leonidas, rey de Esparta, la ciudad griega guerrera, resistió hasta la muerte con trescientos fieles soldados y algunos aliados más en el desfiladero de las Termópilas al descomunal ejército del rey persa Jerjes. Con su heroico sacrificio, hicieron posible que las ciudades griegas, incluida Atenas, se unieran para hacer frente a la invasión y lograran vencer en Platea (por tierra) y en Salamina (por mar). En 1962, en pleno apogeo del ‘peplum’ se llevó al cine este pasaje en El león de Esparta (The 300 Spartans): una curiosa superproducción en la que los ampulosos diálogos se mezclaban con la dramática épica en excelentes escenas de acción. Los aficionados al género del cómic alaban la obra que sobre este episodio histórico realizó en 1998 el dibujante y guionista Frank Miller en cinco entregas agrupadas luego en un libro –nóvela gráfica le llaman— con la colaboración de su entonces esposa Lynn Varley que coloreó las viñetas. Este largometraje 300 es seguramente una consecuencia del éxito obtenido en 2005 por la película Sin City, codirigida por Robert Rodriguez y Frank Miller, con la colaboración de Quentin Tarantino, y basada en tres historietas de la serie de culto entre los aficionados, creada por Miller en los años noventa del pasado siglo XX.

300 es un cómic filmado que mantiene una gran fidelidad al universo conceptual e iconográfico de Miller, con algunos añadidos del director Zack Snyder y sus colaboradores en el guión que han quedado como un pegote en la lineal trama del combate. El film apuesta por la simplicidad en el contenido y por el expresionismo barroco en su diseño. La trama es tan plana como la estepa y su escenificación tan rugosa como el despeñadero del monte Taigeto en el que arrojaban a los niños espartanos que nacían con deformaciones. Precisamente la película narra brevemente la formación guerrera a la que es sometido Leonidas para que, ya adulto, sea capaz de transmitir el mensaje de coraje y valor para morir por la patria. Con respecto a este aspecto de exaltación de la esencia militar, hay varias incongruencias como el llanto de la madre de Leónidas cuando le arrebatan a su hijo para proseguir con su instrucción o, ya en plena batalla de las Termópilas la escena plañidera de un padre ante la pérdida de su hijo al que acaba de ver decapitado: son elementos de sensiblería posmoderna imposible de casar con los principios que regían Esparta y que en el cómic se manifiestan con frases como “¡preparaos para la gloria!” y “desayunad bien, porque esta noche cenaréis en el infierno”, que permite la única escena naturalista de la película en la que se muestra a Leónidas comiendo a bocados una manzana. El resto es puro expresionismo hiperrealista en unas ocasiones, onírico en otras, y en otras, directamente grotesco: suena a choteo la presentación del rey Jerjes como una drag-queen sobre un escenario purpurina de un antro nocturno. A fuerza de repetir una y otra vez la solarización y el fuerte contraste del claro oscuro, sólo roto por el rojo de las capas espartanas, las secuencias acaban pareciéndose unas a otras y lo que en un primer momento es dinamismo termina en tediosa monotonía de sucesión de estampas que no transmiten ni sentimientos ni la menor emoción, a lo que ayuda bastante una planificación y montaje deudor de los videojuegos digitales.

Hay un aspecto que llama poderosamente la atención en una época en que el cine norteamericano se ha vuelto muy pacato en cuanto a la exposición corporal en las escenas eróticas. Aunque filmado con un estilo publicitario y videoclipero, la secuencia sexual entre Leónidas y la reina Gorgo supera el timorato puritanismo reciente. Y el guión vuelve a caer en una grave incongruencia al inventarse un imposible adulterio de la reina para poder pedir al Consejo de Ancianos que manden al ejército en ayuda del rey. ¿Alguien se imagina el poco respeto que se le tendría al valeroso Leónidas entre sus soldados si se enteran de que le han coronado con la cornamenta? Una tontería tan absurda sólo se les puede ocurrir a los mismos que presentan al emperador persa como un grimoso travestido.

300 exuda testosterona por cada recoveco de sus sanguinolentos planos y exacerbación de la violencia deshumanizada sin el menor asomo de ironía. Realmente cuesta mucho, pero que mucho trabajo congeniar estas musculosas imágenes de apología de la guerra que presumen de superioridad guerrera sobre el pensamiento, con el hecho de que a las Termópilas se les da un significado filosófico y político de defensa de la libertad y de la cultura europea frente al imperialismo persa. Aplicando la crítica situacionista (tan de moda hace cuarenta años y con el riesgo que suponía la tensa guerra fría) se podría decir que no es de extrañar que los iraníes la hayan calificado de insultante. No era necesario que el director Zack Snyder y el actor Rodrigo Santoro (intérprete del untuoso Jerjes) explicaran que 300 no se refiere al Irán actual. Pero deberían explicar por qué han vestido a ‘los inmortales’, los invencibles guerreros de Jerjes, con atuendos musulmanes si no querían que se interpretase como una metáfora del enfrentamiento entre civilizaciones al que quieren llevarnos los ‘señores de la guerra’. Y también el tufo exclusivista que impregna la historieta (da igual que ya estuviera en Miller) con tanto cuerpo atlético espartano ufanándose de su superioridad física (y moral) sobre los débiles, afeminados, deformes, bestias y atolondrados persas.

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