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DAYS OF GLORY

Escrito por Ernesto Pérez Morán

Notable título de cine bélico que, sin tentaciones exhibicionistas, atiende a la peripecia humana

Una de las cualidades del cine bélico es su extraordinaria permeabilidad, que le permite admitir múltiples variaciones en cuanto a la relación que se establece entre los hechos contados y los personajes que pueblan la narración. Los primeros pertenecen a la esencia del género y suelen tener un origen ‘real’. Así, una película ‘de guerra’ puede dar prioridad a los acontecimientos valiéndose de los protagonistas como hilo conductor. Esta clase de filmes han quedado arrinconados en los últimos años, debido en parte a la influencia y omnipresencia de los medios audiovisuales de comunicación, que fagocitan los conflictos convirtiéndolos en puro espectáculo. Por otra parte están las creaciones que juegan a la contra, centrándose en los ‘quiénes’ y utilizando los hechos como excusa, con mayor o menor importancia dramática. Dentro de esta categoría, las dos posibilidades más frecuentes consisten en subrayar el carácter épico de la contienda o minimizarlo para desvelar la inutilidad de cualquier guerra. De esta vertiente suelen surgir los títulos más sugerentes: desde Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957), que denuncia la actitud de los mandos militares, o los retratos antiépicos de Bertrand Tavernier, hasta La delgada línea roja (Terrence Malick, 1998), en la senda psicologista y metafísica de su director.

Days of Glory se sitúa con claridad en esta línea. Rachid Bouchareb, realizador parcialmente conocido en nuestro país por esa pequeña y sincera crónica sobre unos inmigrantes que era Little Senegal (2001), no renuncia al elemento heroico, pero sólo para enfatizar el eje central, que no es otro que el discurso racial. Los hechos a los que se refiere son reales: el papel desempeñado por un grupo de hombres en la resistencia francesa contra el nazismo. Los cuatro soldados son lo verdaderamente importante, en la medida en que representan a un colectivo más amplio, los musulmanes que lucharon en el bando de Francia con las mismas posibilidades de morir por un país que no era el suyo –más incluso, puesto que el ejército los utilizaba como avanzadilla–, pero sin disfrutar de los ‘privilegios’ de los militares galos. Y aquí se encuentra la clave, que no es otra que rescatar la memoria de ese colectivo olvidado. Si a ello se suma la escrupulosa construcción de los personajes, se tendrá no sólo un alegato político en clave pacifista, sino un elaborado dibujo psicológico.

Las batallas, sólo dos, abren y clausuran el metraje, pero no hay desembarcos míticos como en Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998), sino la toma de una insignificante colina –escena que remite en forma y contenido a su equivalente en La delgada línea roja– y la defensa numantina de una posición, que se salda con un superviviente, único y necesario testigo de lo que se cuenta. La tediosa lentitud de los procedimientos burocráticos plasmada en La vida y nada más (Bertrand Tavernier, 1989) encuentra aquí su correlato en un tiempo que se detiene a la hora de conceder permisos a los ‘indígenas’. Y la actitud de los jefes denunciada en Senderos de gloria está representada por varios oficiales y por el sargento Martinez, compleja figura reveladora de la madurez de un filme cuyo cambio de título –el original era Indigènes– evoca la ironía de Kubrick al tiempo que recuerda a Jacques Tourneur y su Days of Glory (1944), también sobre la lucha contra los nazis, aunque en este caso desde Rusia, y que no ha envejecido muy dignamente.

Lo diáfano de la estructura ayuda al conjunto: la película comienza con imágenes documentales de la época –delatando su adscripción ‘fáctica’– y continúa con el primero de una serie de planos que puntean el relato: tomas aéreas –metáfora de la filiación descriptiva– en blanco y negro (que riman intencionalmente con las anteriores) sobre las que se impresionan un lugar y un año…, para que una sombra recorra después el encuadre, tiñéndolo de color. Si el largometraje pretende arrojar luz sobre unos hechos, lo simbólico de estos insertos viene a añadirse a su importancia estructural. Rodeada por las dos batallas –sin mencionar un epílogo que recuerda al de La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993)–, el resto podría calificarse de acuarela costumbrista. Una acuarela de tonos grises y verdes, de luces frías y de vidas al límite. Las de cuatro hombres que luchan por causas distintas: el apocado Saïd lo hace por un anhelo de trascendencia; Yassir, simplemente por dinero; a Abdelkader le mueve el afán de superar la marginación de su pueblo, y el motivo de Messaoud es volver con una francesa de la que está enamorado. Sus tramas comienzan separadas, para explicar los motivos de cada uno, y se van trenzando hábilmente, como si de los mechones de una coleta se tratase, huyendo del maniqueísmo –es significativa a este respecto la magnífica secuencia en la que los musulmanes abandonan un espectáculo de danza por considerarlo ‘inmoral’– y desarrollando un análisis sobre las relaciones de autoridad a través de cuatro ‘héroes’ arrojados a una muerte segura para demostrar que son iguales que los ‘otros’…

Esta parte sociológica, además, hace aún más actual el testimonio, habida cuenta de los paralelismos que se mantienen con países que están ahora mismo en guerra y la instrumentalización de las clases bajas que se produce en ellos. El premio en Cannes a la mejor interpretación, concedido conjuntamente a los cuatro actores, y el éxito que ha cosechado en Francia, impulsan esta producción que no cede a las tentaciones exhibicionistas. Days of Glory da más importancia a la tierra que cae sobre la soldadesca que a las explosiones; a los personajes más que a los hechos; y al razonamiento político más que a la demagogia y al didactismo de salón. En definitiva, una película notable.

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