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¿QUIÉN DICE QUE ES FÁCIL?

Escrito por Luis Úrbez

Si Woody Allen renaciera argentino se encarnaría en un tipo muy parecido a Diego Peretti.

Si Woody Allen renaciera argentino se encarnaría en un tipo muy parecido a Diego Peretti, el protagonista de los dos largometrajes de Juan Taratuto, al que sin duda deben bastante la cotas de popularidad alcanzadas por la todavía corta obra del director bonaerense. Eso sí, a Diego Peretti le falta el exhibicionismo intelectual del que hace gala el genio norteamericano, pero lo suple con una sorprendente y reiterativa sosera verbal que, a la larga, logra efectos parecidos por antagónicos. Y no estoy jugando con las palabras. Si la agudeza de Woody y la forma más bien estúpida de mostrarse inteligente es una de las bases de su comicidad, en Peretti hay que achacar buena parte de su gracia a la tímida y desafortunada expresión con que da salida a su aparente estupidez. Pero la interpretación de Diego Peretti no lo es todo en la gran acogida que ¿Quién dice que es fácil? está teniendo, sobre todo en su país. El guión de Pablo Solarz (autor de Historias mínimas) le proporciona a la última película de Tarauto una progresión narrativa y dramática de la que carecía su primer film, No sos vos, soy yo, redactado en colaboración con su mujer.

Da vida el citado actor al rutinario y maniático Aldo, un solitario dueño de un negocio de lavacoches que gasta sus horas en tenerlo todo bajo control, con esa inquietante monotonía a la que reduce la vida el continuo y desfallecido ejercicio de lo mismo. Todos los días se levanta a la misma hora para controlar, y siempre de la misma manera, su establecimiento, su dieta, el gas, a sus empleados, a sus vecinos, utilizando saludos y expresiones que son infaliblemente puras fotocopias de los anteriores. Una pena de hombre, vaya. Pero un buen día -o malo, según se mire- entra en su reglada existencia un atractivo torbellino de libertad llamado Andrea, una fotógrafo trotamundos embarazada de no le importa quién, que alquila el apartamento contiguo de su propiedad. Así, la neurótica y aburrida regularidad del uno entra en contacto con la impenitente e imprevisible libertad de la otra.

Como era de esperar, el roce inevitable de los encuentros y los días acaba cumpliendo su osmótica función, por aquello de que, al final, las soledades se encuentran, y, quizás con más previsión de la deseable en las historias de este corte, los sucesivos sobresaltos, escándalos indigeribles y bochornos sexuales de Aldo van dando paso, también de forma un tanto precipitada (la fiesta en casa de la vecina tiene toda la ilógica de una sobredosis) a un “te amo” que suena como un disparo que hace recular hasta el fondo del apartamento al más asustadizo y excéntrico de los amantes. A partir de aquí, la cosa se compone y descompone a cada paso –mejorando algunos baches de la primera parte con el mayor calado dramático de la segunda- hasta un final que obviamente no voy a contar; en primer lugar, porque es algo que tendría que estar prohibido, y , sobre todo, porque constituye uno de los mejores aciertos del relato, como debe ser.

La divertida disparidad inicial entre Aldo y Andrea no es sólo cuestión de talante o de costumbres, es también un desajuste de valores, o mejor, la insufrible voluntad impositiva de una manera de concebir la vida por parte de un hombre que sólo ve desorden en todo aquello que no casa con su irreductible hipocondría.

Una relación semejante puede narrarse en tono disparatadamente cómico o en versión dramática. Taratuto lo hace, por lo general, con un estilo compartido, más que alternante, aunque haya momentos más marcados por un género que por otro, y a menudo con una dosis de rara entrañabilidad. La atracción de contrarios es tan antigua como la física misma, pero, tratándose de humanos ¿quién dice que es fácil? En cualquier caso, está claro que puede dar lugar a la realización de una comedia altamente recomendable, si no calzamos altos coturnos en esto de la cinematografía.

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