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ZODIAC

Escrito por Pedro Sangro

Áspera y brillante crónica sobre la fascinación que la comunidad siente por sus monstruos.

Las casi tres horas de metraje de la última cinta de David Fincher no suponen un obstáculo para disfrutar de una sólida película de investigación servida en un formato de “entretenimiento exigente” que reflexiona sobre la fascinación que el mal es capaz de ejercer en cualquier comunidad. Así, la recreación cinematográfica de los acontecimientos acaecidos a partir de 1969 en la bahía de San Francisco relacionados con los crímenes cometidos por el asesino serial Zodiac, se narran con pulso firme y decidida vocación documental mediante un virtuoso ejercicio de síntesis narrativa que condensa la apabullante documentación en torno al caso en una relato que, en su despliegue, toma como referente cinematográfico la película de Alan J. Pakula, Todos los hombres del presidente (All the Presidents Men, 1976).

Prescindiendo del barroquismo escénico que rubricaba su cine pretérito, el director californiano apuesta por una contención visual y una impecable y seca realización (trabajada en vídeo de alta definición) que reserva al espectador un inquietante lugar sesgado desde el que compartir la historia con las horrorizadas víctimas, los esforzados policías y los obstinados periodistas que la pueblan. La ausencia de un punto de vista correspondiente al propio criminal es, justo, lo que dota a de originalidad y musculatura argumental, permitiéndole ahondar en las cloacas de la psique del monstruo a través de la fascinación y el pánico que sus perseguidores y víctimas desarrollan, respectivamente, hacia su persona.

El sobrio resultado demuestra que es posible rodar una película autoral dentro de un estudio, y modelar sobre distintos géneros y formatos (detectives, psicópatas, thriller, crónica periodística, etc.) para rubricar una película rica en reflexiones temáticas que, simultáneamente, no descuida el vigor de su trama ni la densidad de sus personajes. Por todo ello, el whodunit no es aquí una artimaña para retener al espectador hasta el final, sino la misma razón de ser de la película, puesto que la búsqueda de la identidad de Zodiac se convierte en el motor del comportamiento errático y autodestructivo del periodista Paul Avery, el desgaste y posterior desencanto del detective Dave Toschi, y la obsesión compulsiva del inocente dibujante Robert Graysmith.

Interpretados todos ellos de forma virtuosa por actoes en franca competencia por ganarse al respetable, el personaje de Graysmith (al que Jake Gyllenhaal borda aportando su despejado y luminoso rostro de boy scout) es, a la postre, el más atractivo de todos, gracias a su radical evolución: pasa del temor a la curiosidad y del interés a la obsesión, convirtiéndose en un antihéroe que sacrifica su seguridad familiar y laboral por la cacería eterna de su fantasmagórico antagonista. Graysmith se convierte así en un sabueso por accidente deseoso de sellar un pacto con el diablo para poder mirar a los ojos de la bestia a la que persigue y hacerle partícipe, triunfante, del conocimiento de su identidad (tal y como sucederá en una de las secuencias finales en las que esta fantasía cobra vida cuando Robert se planta, desafiante, delante del principal sospechoso de sus pesquisas).

De nuevo nos encontramos con una historia propia del universo Fincher en la que un tipo corriente de la calle se transforma en un personaje atormentado e inestable –como le sucediera al colérico detective Mills de Seven (1995) o al insomne Tyler Durden de El club de la lucha (Fight club, 1999)-, aunque en esta ocasión, esa inmersión en la fascinación malsana del dibujante del San Francisco Chronicle se haga desde una mirada externa conducida por una relato conductista más apegado a lo detectivesco que a lo psicoanalítico, y se concrete en un objetivo tan noble, de entrada, como es el de querer saber la verdad a cualquier precio: “ya nada tiene sentido”, confesará a su ex mujer un irreconocible y abandonado Graysmith en la soledad de lo que un día fue su hogar, aceptando así la deriva irracional que ha tomado su vida desde que Zodiac mandara aquella primera carta a la redacción de su periódico.

Algunos toques posmodernos en lo formal que operan a modo de elipsis temporales (como una imagen a velocidad rápida de la construcción de un edificio ante los ojos del espectador, o la presencia de secuencias de montaje sobre las que se sobre impresionan distintos criptogramas y misivas de Zodiac), no hacen sino subrayar el ejercicio de contención y sobriedad del resto del filme, suficientemente imaginativo para compensar la ingente información verbal que precisa para sostener el hilo conductor de la retorcida investigación que presenta, con momentos visuales imperecederos, entre los que se imponen, sobre todo, los primeros cincuenta minutos, todo un ejemplo de cómo hacer un cine emocionante, terrorífico y original.

Más allá de la intriga resultante del seguimiento del caso, la película de Fincher aborda, no sin acierto, otros tantos asuntos de interés, como la erótica que proporciona la notoriedad pública (de la que no escapan ni los honrados ciudadanos, ni los asesinos en serie), o bien la dura crítica ejercida sobre la ineficacia policial y la asepsia y acartonamiento propios del sistema judicial y punitivo de la época. Es aquí donde cobra todo su sentido la hermosa cita del clásico Harry el Sucio (Dirty Harry, Don Siegel, 1975), cuya proyección se le hace muy cuesta arriba a un deprimido detective Toschi (Mark Ruffalo) mientras compara, envidioso, los métodos empleados por un joven Clint Eastwood para atrapar a Scorpio (su Zodiac ficcional particular) con los suyos.

Y es que, paradójicamente, el respeto a la reconstrucción exhaustiva de los hechos reales, permite que el cine y la realidad se fusionen perfectamente a lo largo del metraje, convirtiendo la cuenta atrás de un trozo de celuloide (mostrado por un sórdido proyeccionista de barrio a un asustado Graysmith) en un criptograma más de Zodiac, o bien rescatando del olvido joyas como El malvado Zaroff (The Most Dangerous Game, Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack, 1932), una referencia de la representación del mal que inspira el modus operandi del asesino.

Valorada en su conjunto, no cabe duda de que esta adaptación cinematográfica de los libros escritos por el propio Robert Graysmith (el best seller Zodiac y su continuación, Zodiac Unmasked) adquiere, en manos de un Fincher en plena forma, el estatus de gran película, demostrando que un encargo se puede convertir en obra madura y personal que, además, rescata para la gran pantalla al siempre genial y conflictivo Robert Downey Jr.

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