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DEATH PROOF

Escrito por Fernando Bejarano

Psicópata al volante de un coche tuneado a la caza de chicas

Quentin Tarantino es uno de los directores mimados por la intelligentsia cinematográfica francesa, en la que se mezclan confusamente desde los directivos del Festival de Cannes a los supuestamente sesudos críticos de Cahiers, por aquello de su añeja reivindicación del auteur. Ciertamente, el dicharachero reivindicador de los géneros cinematográficos más populares ha sabido crearse un estilo propio que se caracteriza fundamentalmente porque sus personajes hablan mucho de cosas triviales, rutinarias --la mayoría de las veces verdaderas chorradas, salpicadas de muchos tacos-- mientras realizan sus tareas cotidianas, tales como matar a unos chingados para cobrar una deuda de trapicheo con droga o vengarse de alguien que les ha hecho mucho daño. Su sentido de la puesta en escena es vibrante, con largos planos entre mesas de cafés, ambientes nocturnos y sentido coreográfico; tiene una estética muy llamativa en cuanto a luminosidad, encuadres y montaje fragmentado que, sin embargo, mantiene un sentido narrativo y dramático (a pesar de que el salto de eje se lo pase por el arco del triunfo) y que nada tiene que ver con las estupideces modelnas de los realizadores videocliperos. Death Proof conserva, e incrementa con muchos planos de pies de chicas y charlas intrascendentes, estas marcas de la casa con el inevitable sello de la frivolización de la violencia.

El argumento está tomado de las más casposas series Z y, por mucho que los exegetas de Tarantino lo quieran encumbrar, no pasa de ser la tópica trama de un psicópata que mata chicas, al estilo de los subproductos sexplotation y slasher. En lugar de violarlas, estrangularlas o acuchillarlas salpicando de kétchup el patio de butacas, se dedica a experimentar el máximo placer espachurrándolas y despiezándolas con un potente coche preparado a prueba de muerte para que el conductor esté más o menos protegido en los trastazos. Porque Kurt Russell, marcado en su cara con una extensa y profunda cicatriz que no invita a nada bueno, es Especialista Mike, un pirado que tuvo sus momentos de gloria como doble de estrellas en películas de acción y que ahora se dedica a ejercer de loboferoz persiguiendo incautas caperucitas por las solitarias carreteras de Texas. La película tiene dos partes definidas que a su vez se subdividen en otras dos con idéntica estructura. El esquema es muy propio del cine de terror teen: un grupo de chicas pin-ups, más bien hacia la treintena que adolescentes, se reúnen en un bar para charlar de sus cosas (mayormente sus experiencias sexuales), beber como cosacas y calentar a unos pardillos en espera de encontrarse en algún momento con ‘su hombre’. En esa fase, Tarantino está mucho menos inspirado en las conversaciones que en entregas anteriores y llega a resultar un verdadero tostón (se supone que es aquí donde ha alargado el metraje en 27 minutos para su estreno por separado en Cannes y posterior distribución fuera de EE.UU.), por muchas citas y referencias cinéfilas que meta, incluido un cartel de la película El límite del amor (1976) de Rafael Romero Marchent, en la que aparece desnuda una jovencísima Charo López. Con la aparición en el bar del caracortada Mike se agita el suspense, aumenta la excitación y se llega al climax brutal. Como Tarantino es un ratón de videoteca, además de haberse visto todos los subproductos, se habrá sentido interesado por el argumento de Crash, el film de Cronenberg (muy alabado en Cannes) basado en la novela de J.G. Ballard, en el que se lleva al paroxismo la similitud entre el placer sexual y el choque de coches.

La segunda mitad tiene idéntica estructura, reunión de chicas, conversaciones banales, aparición del psicópata. Pero hay un giro sarcástico en cómo se va a desarrollar el acoso del psicópata a las jóvenes, porque ellas también son especialistas de cine. Sin duda es este largo fragmento de persecución con la adrenalina a cien el que justifica todo el aparataje orquestado por Tarantino para darse el gusto de hacer un ejercicio de estilo, reverencial a su manera, como un auténtico cumplido a la antigua técnica de rodar en la época pre digital, en la que los dobles especialistas eran la piedra filosofal del cine de acción.

Entre los dos fragmentos hay una transición. En ella, el ranger Earl McGraw que también aparece como policía en Planet Terror, elucubra una descriptiva hipótesis sobre la culpabilidad de Especialista Mike que se recupera en un hospital del sanguinario accidente en el que ha matado al primer grupo de chicas. Pero no pasa de ser una aparición a modo de chiste interno del equipo que ha realizado Grind House, porque rápidamente Tarantino va a lo suyo centrado en homenajear superficialmente el trepidante cine de coches y en especial la película Punto límite: Cero (Vanishing Point, 1971), de la que ha copiado el Dodge Challenger 1970 blanco de aquella película con el que las chicas especialistas le plantan cara a Mike. Pura cuestión estética de un fanático de las formas como es Tarantino que deja al margen la lúcida historia, muy bien trenzada en el guión de Guillermo Caín/Cabrera Infante, del conductor Kowalski que, por una apuesta, en menos de quince horas ha de llevar de Colorado a California el susodicho Dodge.

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