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DISTURBIA

Escrito por Pedro M.Lamet

“La ventana indiscreta,” sin Hitchcock y manchada de sangre

Es difícil superar, ni siquiera acercarse, a un clásico del cine de suspense como La ventana indiscreta del maestro Alfred Hitchcock. Lo ha intentado D. J. Caruso, experto en thrillers y cine de acción (Apostando al límite, Al margen de la ley, Vidas ajenas) con Disturbia, cuyo título castellano traducido del inglés sería “Paranoia”. Al principio, con el consejo de Spielberg, quiso limitarse a hacer un remake. Pero, según confiesa el protagonista Shia LaBeouf, “luego le dimos una vuelta de tuerca”.

Arranca el film con un sosegado día de pesca entre el joven Kale (Shia LaBeouf) y su padre. De vuelta, en un accidente automovilístico, posiblemente uno de los mejores rodados de la historia del cine, fallece el padre. Kale no integra el golpe y se convierte en un chico silencioso, huraño y perturbado, hasta el punto de que el juez ordena su arresto domiciliario por haber dado un fuerte puñetazo a su profesor de español. Impedido de salir del hogar por un controlador GPS conectado a la policía, se aburre y cae en la indolencia y la rutina, mientras su madre Julie (Carrie-Anne Moss) trabaja día y noche para mantener a la familia. Encerrado entre las paredes de su casa, el muchacho acaba convirtiéndose en un mirón a medida que empiezan a interesarle los pequeños acontecimientos que puede espiar desde las ventanas. En sus investigaciones cuenta con la ayuda de un compañero de clase y de una nueva y espectacular vecinita. Sospechan que otro de sus vecinos es un asesino en serie.

El esquema –obligado encerramiento, voyeurismo del vecindario, sospecha de asesinato- es, obviamente, el mismo de La ventana indiscreta. Cambia el protagonista y la pareja, casi adolescentes; el ambiente y lenguaje posmodernos, la presencia de la tecnología: cámaras de video nocturno, móviles, i-pods, internet, etc. y sobre todo, el enfoque del director. Aquí la trama policíaca deviene, en la segunda parte del film, una historia de terror, posiblemente para hacerlo más taquillero y contentar al sector joven del público espectador, tan aficionado al ruido impactante, la sangre a borbotones, el salto en la butaca.

Aun salvando las abisales distancias con Grace Kelly y James Stewart, Shia LaBeouf, considerado el mejor actor joven de Hollywood, cumple en el papel de un chaval tontorrón y pasota de los que tanto abundan por ahí, pero carece de matices; y Sarah Roemer, como Ashley, aparte de ser un bombón que incita las miradas del acorralado Kale, a nivel expresivo es una pared. Mientras el toque divino de Hitchcock es su capacidad de trascender el thriller con el interés humano: la colmena de hombres y mujeres que se ven desde sus ventanas, con sus amores, miserias, soledades y el gran juego de lo que es y lo que parece, Disturbia no supera el interés periférico. El chaval descubre, eso sí, que el padre de Ashley mantiene de espaldas a su familia relaciones extramatrimoniales; que unos niños de otra casa ven programas de televisión pornográficos, por no hablar de los contorneos de Ashley cuando se baña en bikini. En una palabra, logra entretenerse con una especie de realty show sin TV, que salvaguarda el interés del film, pero sus personajes carecen de valor psicológico: están ahí sólo en función de una trama a ver qué pasar. Para colmo ésta, como hemos dicho, deriva en su última parte en todos los ingredientes horripilantes del cine de terror. Y eso que sus dos primeras secuencias prometían buena mano en la relación interpersonal.

Es sin duda una película eficaz. Ya lo ha demostrado en sus recaudaciones. Atrapa al espectador desde el primer momento. Posee la factura artesanal perfecta de Hollywood, está narrada con un buen ritmo y economía narrativa. Pero sabe a bien poco, sobre todo a los que tenemos el paladar acostumbrado a cine con más lecturas y defrauda en sus últimos metros sanguinolentos. Como dice el gran crítico estadounidense James Berendinelli, “la ventana de Hitchcock se ha manchado de sangre”. El comentario es evidente: ¿Y qué queremos? A gusto de un imperante e inocuo paladar posmoderno.

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