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DESEO, PELIGRO

Escrito por Ángel Luis Inurria

Una lección que recupera el cine clásico en toda su magnificencia sin renunciar a sus peculiaridades

Nacido y crecido en Taiwán, emigrado a Estados Unidos en 1978, el cineasta Ang Lee, tan premiado como respetado y aplaudido, demuestra en Deseo, peligro, su facilidad para encandilar a público y crítica –ya lo hizo con Brokeback  Mountain, y antes, entre otras, en Sentido y sensibilidad-, en esta ocasión al ilustrar la novela de la china Eileen Chang, cuya protagonista es una joven estudiante china que en el transcurso de la invasión japonesa a su país, durante la Segunda Guerra Mundial, perderá su inocencia y se iniciará, junto a sus compañeros, como miembro de la resistencia; será entonces cuando las circunstancias la transformarán en espía, cuyo campo de batalla, la cama, le crearán más problemas que la simple resistencia clandestina.

El filme, es algo más, bastante, más que una película de espías al uso, pues aunque tenga similitudes con otras, el sentido y la sensibilidad de su director consigue que lo que vemos parezca nuevo, al tiempo que nos ofrece los usos, costumbres y hábitos de unas gentes en unos escenarios, ajenos a nosotros, que tal vez sorprenda a quienes no conozcan el cine chino de la época en que transcurre la peripecia fílmica, y piensen que, por aquellos tiempos, los jóvenes de Hong Kong o Shangai, no estaban occidentalizados.

Una vez más la espía será la victima, se debatirá entre el deber, el amor, la traición (qué es la traición, cuál de ellas), la independencia, el dilema moral o la sumisión, con la desventaja de transitar entre patriotas y colaboracionistas decididos, sin dudas, bastante menos nobles que ella. A la credibilidad de su conducta no es ajena la interpretación de la debutante Tang Wei, cuyos notables compañeros de reparto también se benefician de la capacidad para ser dirigidos por Ang Lee; esa conducta de la protagonista está, en cierto modo, condicionada por sus solitarios recreos cinematográficos, y sobre ella planea la sombra de los romances de Ingrid Bergman y Cary Grant, juntos y por separado, en esta afortunada aventura fílmica donde asistimos, como en Encadenados, al proceso en el que un enamorado arroja a su amada a los brazos del traidor para conseguir sus “nobles” propósitos.

De nuevo el realizador vuelve a dar una lección de cine en la que deja patente su estilo, en un feliz producto que recupera el cine clásico en toda su magnificencia sin renunciar a sus propias peculiaridades. La posición de la cámara, el encuadre, el plano contraplano, la posición de los actores, la distancia a la acción, su magia… consiguen situar al espectador dentro, hacerlo partícipe de la acción; no podemos renunciar a recordar la escena de la cena en la primera cita de la espía (Tang Wei), con su víctima/ verdugo (Tony Leung) o las conversaciones en el despacho del señor Yee con Wong Chia Chi, las fiestas en la casa de los estudiantes. Pero tampoco desmerecen en maestría las escenas violentas y de acción. Todo ello facturado con una notable fotografía que diferencia la atmósfera, dosifica la pureza del aire según ambientes, y una banda sonora, su música, precisa, que sabe cuándo debe callar, tan discreta y sugestiva como eficiente. Más allá del discurso que pueda desprenderse de la singladura de los protagonistas, el que no deja resquicio para la réplica es el de la contundente realización de Ang Lee, que una vez más, a pesar de su dominio del clasicismo, es moderno peculiar, y en más de una ocasión, magistral.

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