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4 MESES, 3 SEMANAS, 2 DÍAS

Escrito por Ángel A. Pérez Gómez

Un filme humilde, sin pretensiones, que te gana el corazón y los sentidos.

El segundo largometraje escrito y dirigido por el cineasta rumano Cristian Mungiu (n. 1968) aborda el tema del aborto ilegal en la época de la dictadura de Ceaucescu. Otilia, una universitaria que comparte habitación con Gabita en una residencia de estudiantes estatal, ayuda a ésta en el difícil y peligroso trance de librarse de un embarazo no deseado con la ayuda de un sanitario que lo efectúa clandestinamente a cambio de una contraprestación económica y también sexual (al no tener las jóvenes la cantidad de dinero que el practicante les solicita).

El film insiste en el sórdido e indigno procedimiento al que se ven obligadas a recurrir las chicas para lograr su propósito. Lo hace con un estilo hiperrealista, que no hace concesiones al espectador, pero que tampoco abusa de las imágenes impactantes o desagradables. Los personajes son creíbles en todo momento y actúan movidos por motivaciones razonables y plausibles. No se sermonea ni tampoco se hace un alegato a favor ni en contra del aborto. Retrata (en el sentido literal de la palabra) una situación humana, social y hasta política. Porque a la postre, aunque la historia se centra en el tema del aborto, el film acaba siendo un reflejo de muchas cosas más, entre ellas de una sociedad que vive de espaldas a las verdaderas preocupaciones de sus miembros. Tachar de hipócrita a la Rumania de Ceaucescu por su legislación sobre el aborto o calificarla –basándose en este caso concreto– de burocrática, ordenancista o utópica sería excesivo, sin embargo la imagen que se nos transmite sobre la moral y forma de vida imperante en la Rumania de aquella época es ésa. Lo mismo puede decirse de las actitudes de los restantes y episódicos personajes, de los ambientes recreados, de las conductas que aparecen. Ningún de estos apuntes, por separado, autorizan una generalización semejante, pero la suma de ellos conforman un paisaje verdaderamente sombrío y desolador.
 
El planteamiento cinematográfico, en su sencillez y claridad, es quizás lo más relevante. Los encuadres son planos de conjunto, de larga duración, que dejan existir a los actores sin acogotarlos mediante montajes analíticos o televisivos de planos medios y cortos. La fotografía nítida, de tonos azulados, transmite una sensación de naturalidad, de realismo (más arriba he hablado de hiperrealismo) y hasta de fatalidad en los sucesos. Los personajes se explayan, cuentan sus historias, muestran sus miedos y debilidades, expresan opiniones o imponen sus normas, pero todos acaban por rendirse al destino inexorable que les envuelve. Como si fueran todos víctimas y verdugos a la vez. La embarazada engaña a su mejor amiga pretextando miedo y en busca de ayuda, pero acaba por pedirle dinero y ofreciéndola como presente sexual al abortista. Otilia no cuenta la verdad a su novio y Gabita recurre a ella porque es una experta en regatear y mentir a las recepcionistas de los hoteles. Adi, el novio, parece más preocupado por quedar bien con su familia y, en particular, con su madre que en implicarse en las dificultades por las que pasa Otilia y su compañera de cuarto. Hasta el abortista muestra su peor cara regañando a su anciana madre. Así que con estos comportamientos el mercado negro imperante parece hasta lógico y normal.
 
La ausencia de música que no sea incidental la suplen los diálogos –largos, pero que suenan a verosímiles y naturales– componiendo una banda sonora de silencios y parlamentos que contribuye también a la atmósfera depresiva del film. Pero el mérito reside en que, a pesar de ello, la película no aburre ni se alarga innecesariamente. Narra con exactitud y pulcritud los hechos, y aunque en apariencia no toma partido transmite sensaciones que acaban por configurar y autorizar un juicio moral sobre la situación en la Rumania de las postrimerías de la dictadura comunista. El film ha conseguido numerosos galardones: Palma de Oro y Premio de la FIPRESCI en Cannes 2007, mejor película y director en los EFA europeos, Globo de Oro 2008 al mejor film extranjero, y un buen lote de otras distinciones menores en diversos festivales y certámenes. Parecen justificadas y en parte recompensan a un film humilde, sin pretensiones, que te gana el corazón y los sentidos con recursos cinematográficos de buena ley: una interpretación justa, sin alardes ni muecas, un guión en el que sobra ni falta nada, una dirección transparente, pendiente de lo que se relata y no de dejar constancia de quién es el que lo narra. En suma, cine escrito con minúsculas que acaba por ganarse las mayúsculas.

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