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EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA

Escrito por Pedro Miguel Lamet

Agradable espectáculo visual que no hace justicia a García Márquez

Si no existiera el Nobel García Márquez y su realismo mágico, posiblemente esta película quedaría catalogada como un pasable esfuerzo de superproducción melodramática con buenas localizaciones, bonita fotografía, interpretación desigual, bellas canciones y romanticismo algo pegajoso. Pero al ser la adaptación de la obra de un clásico contemporáneo de la literatura, rompedor del lenguaje, mezcla de surrealismo y humor cáustico, creador de un estilo y de una cosmovisión dentro de la Nueva Novela Latinoamericana, se trata sin más de una solemne profanación.

Quizás el error está en el origen mismo. Si toda adaptación cinematográfica de la buena literatura es por lo general tarea fallida, en el caso de García Márquez, como se ha demostrado en otras películas, es misión imposible. Por lo visto el autor colombiano se resistió más de dos años a aceptarla, y eso que El amor en tiempos de cólera es una de las novelas, como él dice, con “los pies en el suelo”, amén de su predilecta, exceptuado, claro, el mito de Cien años de soledad. Se buscó a un buen guionista, el sudafricano Ronal Harwood (El pianista) y un director con oficio, el británico Mike Newel (Cuatro bodas y un funeral, Harry Potter y el cáliz de fuego) junto a un plantel internacional de actores de cierto relieve. Pero ni por esas.

Y eso que, paradójicamente, la vinculación de Gabriel García Márquez con el cine viene de antaño, desde su época juvenil en Barranquilla donde rodó el cortometraje surrealista La langosta azul. Es más, estudió cine en Roma, donde le produjo gran impacto Milagro en Milán de Vittorio de Sica. Compartió en Italia muchas horas de moviola con el gran guionista Cesare Zavattini y escribió varios guiones con seudónimo en los años sesenta. Algunas memorables, como El gallo de oro (1964) de Roberto Gavaldón, y Tiempo de morir (1966) de Arturo Ripstein. Fundó una escuela de cine en Cuba y ha participado en muchas iniciativas cinematográficas. Sin embargo las versiones al cine de su obra narrativa nunca han estado a la altura: ni Crónica de una muerte anunciada de Francesco Rossi, ni El coronel no tiene quien le escriba, de Arturo Ripstein, ni Los niños invisibles de Lisandro Duque Naranjo, entre otras, alcanzan el nivel deseado, como igualmente sucede a la película que reseñamos, mientras ya se habla de la inminente producción de Del amor y otros demonios, con la dirección de la costarricense Hilda Hildalgo; Memoria de mis putas tristes dirigida por el danés Henning Carlsen y otra posible adaptación de El otoño del patriarca que dirigiría el bosnio Emir Kusturica. De esta última novela hubo otro intento de adaptación en Japón por parte nada menos que del gran Kurosawa, ambientada en el medioevo japonés, que no llegó a realizarse por falta de financiación. Quizás Ripstein es el realizador que se ha acercado al novelista con más talento.

El mismo curioso encuentro y desencuentro ocurre con El amor en los tiempos del cólera. Libro y película nos narran la historia de un amor imposible, dilatado durante los más de cincuenta años que el protagonista, Florentino Ariza, espera vivir con su amada, Fermina Daza, en la Colombia de las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX. Un período que al premio Nobel le da pie para trenzar, con su prosa preñada de sutilezas, diversas historias y personajes que cabalgan entre el realismo y la locura poética. Partamos de que nuestra pasión hispana resulta incomprensible para la mentalidad anglosajona. Ni barruntar puede sus matices. Es, cuando más, algo exótico e inaccesible. Por tanto, el film distorsiona el prodigio de la palabra que describe situaciones interiores a través de una sucesión de efectos visuales en medio de los cuales se mueven personajes-fetiches, más que seres humanos, si exceptuamos a Javier Bardem, que hace una excelente interpretación, aunque, como la película toda, no consigue enamorar al público.

El otro gran error, por tanto, es el reparto. Si Bardem, en su papel de Ariza, realiza un esfuerzo gigantesco, aunque a nivel de guión no pase de ser un ser ridículo y de pantomima, la Fermina Deza, que nos ofrece Giovanna Mezzogiorno, es de pena. Ni tiene el necesario ardor latino ni como tipo humano se acerca a la frescura de la adolescente ni a la madurez de la anciana. Pase, aunque sea brusco, el cambio de Unax Ugalde (Ariza joven) a Bardem; pero pretender que esta estilizada actriz italiana, demasiado mayor para el papel de jovencita y demasiado joven para el de vieja, resulte creíble en su ancianidad a base de maquillaje resulta incomprensible. Casi están mejor algunos secundarios, como la madre de Ariza (Fernanda Montenegro); pero con errores tan crasos como la elección del actor que interpreta al padre de la joven Fermina, que destroza tipo humano y papel.

Para quien no conozca la novela, la mayoría del público masivo espectador, quedan esbozadas, eso sí, las intenciones de García Márquez: el amor al amor en si mismo, que deviene obsesión y locura -enfermedad como el cólera, simbolizado en el último viaje fluvial-, desvinculación entre fidelidad y sexo –sexualidad desbocada como huida-, la borrachera de paisaje del trópico como contrapunto, el tiempo sin tiempo, la persona como núcleo más allá de juventud o vejez…"Hay que ser infiel, pero nunca desleal." Aunque en el film todo eso quede visto desde fuera y más que canto al amor se reduzca en la sucesión de imágenes a impactos visuales muchas veces hueros o pegajosos.

Cuando se habla en cine del paisaje, la fotografía o la banda sonora, en la que debuta, bien por cierto, Shakira, mal asunto. Y es que El amor en los tiempos del cólera es un buen espectáculo visual, agradable en conjunto de ver, con ingredientes de sexo y picardía suficientes para atrapar al gran público y con ribetes de telenovela en su faceta romántica para embeber a señoras de mediana edad. Pero evidentemente con eso no se hace justicia al maestro García Márquez. Dicen que él no ha quedado descontento de la película. Quizás le han consolado los miles de dólares que se ha embolsado por ella. Su hijo ya ha debutado en esta industria como director, siguiendo una vocación que pudo ser la de su padre, Pero las grandes obras no pertenecen ya ni siquiera a sus autores. Como decía Alberti, “son de todos los hombres”, y por tanto un poco nuestras. Por eso estamos en el deber de reivindicarlas, no sin señalar que quizá lo más positivo es que esta película abra una vez más el apetito de leer o volver a leer un magnífico libro.

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