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AHORA O NUNCA

Escrito por Ángel A. Pérez Gómez

Complaciente comedia agridulce, más azucarada que amarga

En la estancia doble de una clínica que acaba de prescindir de parte de su personal médico para optimizar resultados económicos se encuentran fortuitamente Carter, un mecánico de coches, y Edward, millonario y dueño del centro médico al que han aplicado «sin excepción alguna» la regla de que en sus establecimientos «no hay habitaciones individuales». Ambos están hospitalizados y afrontan enfermedades cancerosas en estado avanzado. La «extraña pareja», como piden los cánones, son blanco y negro, rico y currela, cascarrabias y bondadoso, amargado y feliz, mujeriego y fiel, egoísta y sacrificado, sin lazos familiares y hogareño... Les suena, ¿verdad? Las largas horas de forzosa convivencia acaba por convertirlos en amigos. En una de sus charlas Carter confía a su vecino de cama que de joven confeccionó una lista de deseos que le gustaría ver cumplidos antes de morir.

Así que, cuando los diagnósticos y pronósticos de ambos pacientes pintan bastos, Edward decide añadir algunos caprichos suyos a la lista de Carter e invita a éste a realizarla juntos antes de morir. A pesar de la oposición de su mujer y del médico, la «extraña pareja» se lanza a un viaje por el mundo entero que incluye salto en paracaídas, pilotaje de coches de coleccionista, visitas a África (Egipto, Kenia) y Asia (Taj Majal, Himalaya, Indochina)... Les acompaña un joven, Thomas, secretario del magnate que oficia de «conseguidor» y de «figura del donaire» a veces. Porque, claro está, esto es una comedia, a medio camino entre Frank Capra y Billy Wilder, siendo Carter el capriano y Edward el wilderiano, encarnados por un sardónico Jack Nicholson al que da réplica un no menos sólido Morgan Freeman. Los mimbres de esta cesta prometen diversión y momentos jocosos, ácidos o tiernos, y así es. Bob Reiner trata de encontrar un tono que no sea el de Cocoon, pongo por caso, sino que se parezca al de Mejor... imposible.

No lo consigue del todo, porque el tema se las trae y montar una comedia con dos enfermos terminales es empresa con muchos riesgos y trampas a cada paso. Algunas se sortean, pero en otras se cae con todo el equipo. Y es que el guión da excesivos bandazos y se decanta en su segunda parte por el lado capriano del asunto y endilga al espectador una serie de consideraciones «bienintencionadas» sobre la belleza, la existencia, la bondad de la vida, de la familia, de la ética, de la fidelidad... que acaban siendo un tanto empalagosas y hasta reiterativas. Algún que otro fogonazo sarcástico de Edward reanima momentáneamente el tramo final, pero son sólo estrellas en la noche. El film se cierra de la manera más convencional y previsible.

Ahora o nunca (por una vez, el título español es una buena invención, que no traducción) se basa en el duelo interpretativo y en unas cuantas réplicas ingeniosas de los diálogos (menos de las que uno desearía). Ambos veteranos se lucen desplegando, sin pasarse, sus numerosos recursos y dan a los espectadores lo que éstos esperan de ellos. En este sentido, la película mira más a la butaca que a su propia coherencia interna. Y eso acaba por lastrarla en exceso, porque se dirige a un público poco exigente y conformista. Es lo que pasa cuando el listón se pone tan bajo, que se dan por válidas escenas que deberían haber, simplemente, desaparecido en el montaje final. Porque, curiosamente, a pesar de durar poco más de hora y media, el film se me hizo largo.

Tampoco ayudan otros elementos. Apenas hay personajes secundarios, de esos «resultones» que adornan y dan credibilidad a las comedias, si se exceptúa el de Thomas que interpreta con soltura Sean Hayes. Otros, como el médico o la esposa, no suman sino que restan. Tampoco me hizo feliz la música subrayona de Marc Shaiman, que se limita a dar fondo sonoro a ciertos momentos en que escasean los diálogos, por otra parte, muy abundantes, casi en exceso. Por la dificultad que entrañaba y por la excelente interpretación de la pareja protagonista, se ve con gusto y complacencia esta comedia agridulce, más azucarada que amarga, que si bien no pasará a la historia del género, si divierte y entretiene la mayor parte del tiempo. Bob Reiner lo ha hecho mejor otras veces.

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