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EL BAÑO DEL PAPA

Escrito por Pedro Miguel Lamet

Eficaz neorrealismo uruguayo sobre la pobreza y la esperanza

Por un momento imaginé estar en los años del neorrealismo italiano y del Berlanga de Bienvenido Mr. Marshall. Pero me hallaba ante una opera prima uruguaya, procedente de una de las industrias más pobres de Iberoamérica, que nos había dejado el buen sabor de Whisky, realizada en 2007. Este film, empapado de natural frescura, nos sitúa en 1988, cuando el papa Juan Pablo II proyecta una visita a la ciudad de Melo, pequeña población azotada por la pobreza y situada en la frontera de Brasil. Algunos de sus habitantes subsisten gracia al contrabando en pequeña escala con este último país.

La concentración de masas que originaban los viajes papales en aquel tiempo desata el sueño de la gente de Melo. Se habla de que junto al Pontífice acudirán una 50.000 peregrinos, potenciales consumidores de comida, bebida, objetos religiosos, recuerdos papales… Comienza pues la carrera por fabricar chorizos, bollos, empanadillas, medallas. Beto, un contrabandista de poca monta, que vive con su mujer y su hija, está convencido de haber ideado el mejor negocio de todos para la ocasión: “el baño del Papa”, en una palabra, una cabina con retrete, donde miles de peregrinos podrán aliviarse. Pero sus condiciones económicas son muy precarias y para realizar su sueño se ve obligado a incrementar los arriesgados viajes en bicicleta a la frontera y a exasperar a su paciente esposa Carmen, prototipo de la ejemplar y sufrida mujer latinoamericana, que ha guardado algunos ahorrillos para los estudios de Silvia, su hija adolescente. Ésta rehúye a los padres, enfrascada en su ideal de llegar a convertirse alguna vez en locutora de radio. La construcción del retrete llega a convertirse en un revulsivo en la pequeña familia. Finalmente viene el Papa, que se limita a pronunciar una breve alocución, mientras Beto, que ha perdido su bicicleta por extorsión de un cacique, corre por el campo con la taza del retrete a cuestas para llegar a tiempo al esperado evento.

El film tiene una primera lectura obvia, que, como he dicho, recuerda a películas neorrealistas como Milagro en Milán, Ladrón de bicicletas o El pisito. Enrique Fernández, debutante como director con experiencia de guionista, nació y vivió en los barrios que aparecen en la película. Ello aporta a la misma una enorme frescura, sencillez y espontaneidad creíbles. En ella aparece la solidaridad del pueblo, los hechos de cada día: desde comprar un huevo o pedir una taza de arroz hasta una borrachera. Con la ayuda de César Chalone, experimentado director de fotografía (La ciudad de Dios, El jardinero fiel) que también debuta como director, consigue sumergirnos en la cotidianeidad que es en sí misma un alegato social, dentro de la forma un tanto alegre y despreocupada con que el pueblo latinoamericano suele llevar adelante sus desgracias. Fernández mismo afirma que nunca vivió la pobreza de una forma triste.

No obstante El baño del papa tiene una carga angustiosa, que es la segunda lectura que ofrece: el contraste producido entre las expectativas de redención económica despertadas por la visita papal, que se aventura como posibilidad del sacar al pueblo de la miseria, y la realidad de los hechos. El transcurrir de unas vidas sin horizontes, basadas en las cuatro monedas que consiguen haciendo 160 kilómetros en bicicleta para adquirir el contrabando, la chabola en que viven, el sueño imposible de comprarse una moto o mandar a estudiar a la niña a la ciudad, y el paso fugaz del “Heraldo del Evangelio”, encarnado en la figura “segura” y un tanto prepotente de Juan Pablo II. En medio, como catalizador casi sarcástico, un pobre hombre exhausto que lleva a hombros una taza de retrete, el váter convertido en esperanza de liberación. Todo ello sazonado con humor y realizado con distanciamiento objetivo, sin acritud ni alharacas, bien lejos del film panfletario que hubieran podido realizar muchos directores de nuestro país. El drama es, en sí mismo, la realidad del día a día, sin necesidad de espolvorearlo con crímenes, sexo, navajazos y violaciones. Dotada del ritmo adecuado y una excelente interpretación –muchos de los intérpretes son actores no profesionales, gente del pueblo, como sucedía en el mejor neorrealismo- el film fluye y emociona hasta el desenlace.

Sobre todo tiene la fuerza del testimonio y el encanto que siempre conlleva la autenticidad. Aunque Fernández negó en su rueda de prensa en Madrid que hubiera tenido alguna vez in mente a Bienvenido Mr. Marshall, lo cual es perfectamente creíble, el contexto de Uruguay y el contraste de aquella España con el mesianismo americano, invitan al paralelismo por repetirse ciertas circunstancias semejantes. Con un ingrediente más sangrante en este caso: aquí no son los americanos los que corren de paso, sino una figura religiosa de alcance internacional en la época, Juan Pablo II, lo que hace más fuerte el claroscuro, sin que sea necesario formular tesis explícita alguna. Las imágenes hablan solas. Fernández-Chalone, gracias a su humor, que refleja el buen talante del pueblo hispano, y la kazarsis final, después de los farolillos machacados y la mercancía tirada y sin vender, no nos dejan con el acre sabor de la amargura, sino que se abre a la esperanza, desde esa puerta del retrete, que Carmen pinta de azul al final de la película. El baño del Papa tuvo éxito en Montevideo, donde estuvo cuatro semanas en cartel; pero fue visto con angustia donde se rodó, en la ciudad Melo. Quizás porque abría las heridas del pueblo que históricamente protagonizó la tragicomedia. Cuenta, entre otros, con premios en los festivales de Gaudalajara (México), Huelva y Lleida y sobre todo nos recuerda, en tiempos de un cine tan distorsionado y efectista, que el séptimo arte puede volver a reflejar con sencillez y afecto el encanto cotidiano de la vida real.

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