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DOOMSDAY: EL DÍA DEL JUICIO

Escrito por José Antonio Planes
  • Titulo Original
    Doomsday
  • Producción
    Steven Paul y Benedict Carver (USA y Reino Unido, 2008)
  • Dirección
    Neil Marshall.
  • Guión
    Neil Marshall.
  • Fotografía
    Sam McCurdy.
  • Música
    Tyler Bates.
  • Montaje
    Andrew MacRitchie.
  • Estreno
    24 Julio 2008
  • Duración
    105 min.
  • Intérpretes
    Rhona Mitra (comandante Eden Sinclair), Bob Hoskins (Bill Nelson), Adrian Lester (sargento Norton), Alexander Siddig (Primer Ministro Hatcher), Malcolm McDowell (Dr. Kane), David O'Hara (Michael Canaris), Craog Conway (Sol).

Producto carnavalesco, comercial, plenamente consciente de su naturaleza lúdica

En muchas ocasiones, el cine de terror ha ofrecido un límpido reflejo del catálogo de miedos y amenazas que agitan al ciudadano de a pie en periodos de convulsión social y política. A principios de los años sesenta, por ejemplo, la mítica productora Hammer evidenciaba el clima de inquietud de la Guerra Fría en el Experimento del Dr. Quatermass (The Quatermass Xperiment, Val Guest, 1955). Un año más tarde, la también famosa La invasión de los ultracuerpos (The Invasion of body snatcher, Don Siegel, 1956) a menudo ha sido interpretada bajo coordenadas políticas, en la medida en que ponía de manifiesto el delirio de la esfera gubernamental ante el peligro de la infiltración comunista en el pueblo norteamericano. Ejemplos hay a raudales. Sin embargo, esta faceta social como fermento de producciones de terror ha rebrotado con fuerza en la última década, sobre todo a partir de los atentados del 11-S y de las noticias publicadas sobre armas biológicas con fines terroristas.

Existe, pues, un clima de inseguridad en torno a nuestra civilización que se ha agravado aún más con la sobreexplotación de los recursos naturales y la amenaza del cambio climático. Estos factores se perciben con claridad en argumentos donde, sin causa conocida, sobrevienen virus letales que, además de provocar la destrucción de la sociedad, transforman a sus individuos en muertos vivientes o sucedáneos. Con mayor o menor explicitud, este es el telón de fondo de películas sobre zombis como 28 días después (28 days later…, Danny Boyle, 2003), Amanecer de los muertos (Dawn of the Dead, Zack Snyder, 2004), La tierra de los muertos vivientes (Land of the Dead, George A. Romero, 2005), 28 semanas después (28 weaks later…, Juan Carlos Fresnadillo, 2007) o Soy leyenda (I am a Legend, Francis Lawrence, 2007). No es casualidad que en estos títulos haya un híbrido entre el género de catástrofes y, respectivamente, el de terror. De hecho, un motivo visual recurrente en todas ellas es el de una gran ciudad vacía y derruida, imagen que, en última instancia, aglutina el horror vacui de las peores pesadillas sociales. Doomsday. El día del juicio (Neil Marshall, 2008) se une a esta lista de obras apocalípticas.

Cuando en Escocia un virus mortal y desconocido empieza a extenderse imparablemente, las autoridades deciden aislar a la población y levantar un infranqueable muro alrededor del país con el fin de frenar la epidemia. Como resultado, la mayor parte de los habitantes son abandonados a su suerte. Sin embargo, y gracias al empeño de su madre, la pequeña Eden (Rhona Mitra) es de las pocas evacuadas. Desde entonces, reside en Londres y, ya mayor, trabaja como soldado en unas misiones especiales que dirige Bill Nelson (Bob Hoskins), que ejerce en ella una influencia entre paternal y profesional. Pero el virus reaparece en Inglaterra, y Eden es elegida junto a un pequeño destacamento para volver a Escocia y encontrar al Dr. Kane (Malcom McDowell), del que creen que ha desarrollado un antídoto al haber sido localizados algunos supervivientes.

Neil Marshall había llamado la atención con sus dos películas anteriores, Dog Soldiers (2000) y The Descent (2002), las cuales, lejos de ser memorables, eran trabajos artesanales y de bajo presupuesto, con secuencias muy bien resueltas. En ellas, el realizador irlandés sacaba excelente rendimiento de los espacios naturales en los que arraigaban las historias: un bosque asolado por hombres lobo y, respectivamente, una extensa caverna habitada por horribles criaturas. Con un recurrente humor negro que se asomaba sin disimulo en ambas producciones, lo cierto es que el cine de Marshall apuntaba ya algunos aspectos no demasiado halagüeños, como la profusión de frases y diálogos soeces, cierto efectismo en la puesta en escena y, sobre todo, un exceso de casquería y sangre a borbotones para complacer a los amantes del género, en la línea del terror hiperrealista de La casa de los mil cadáveres (House of 1000 corpses, Rob Zombie, 2003) o Las colinas tienen ojos (The Hills have eyes, Alexandre Aja, 2006). Con Doomsday, Marshall ha realizado una película mucho más ambiciosa que las dos anteriores, pero los logros están muy lejos de lo esperado.

Persiste el humor negro, los diálogos zafios, y el regusto por lo viscoso y lo repugnante cuando los efectos del virus hacen acto de presencia, pero donde el filme realmente se va a pique es en su intento de abarcar diferentes géneros: si bien arranca como una película de catástrofes, con el paso de los minutos el terror deja paso a la aventura medieval y, finalmente, a una persecución automovilística al estilo de Mad Max. Salvajes de la autopista (George Miller, 1979). Este vaivén genérico podría a primera vista resultar atractivo, ya que –y esto es indiscutible– nuestras expectativas acerca de los derroteros argumentales se ven siempre frustradas. Sin embargo, lo que de verdad descubrimos tras esta opción narrativa no es sino una impúdica voluntad festivalera; el afán de apabullar al espectador con continuos cambios de registro, que son introducidos gratuitamente. De hecho, el guión, bien mirado, parece sin querer una máquina del tiempo, aunque su palimpsesto étnico sea atropellado e inconsistente. De hecho, el espectador llega a sentirse perdido. Lástima que la última secuencia de la película tardara tres semanas en rodarse (¡!): el enfrentamiento automovilístico que recrea, por inverosímil, resulta una auténtica parodia.

Aunque el punto de partida de Doomsday está muy relacionado con el trasfondo social referido en los primeros párrafos, no existe elemento alguno para trascender sus esquema argumental y buscar lecturas más profundas, aunque se infiltre una crítica bastante severa (y manida) a los mandamases políticos… algo que sí ocurre, por ejemplo, en las últimas y corrosivas películas de George A. Romero, La tierra de los muertos vivientes y El diario de los muertos vivientes (Diary of the Dead, Romero, 2008). Neil Marshall ha querido hacer otra cosa: un producto carnavalesco, comercial, plenamente consciente de su naturaleza lúdica, y dirigido a paladares muy poco exigentes. Por contrapartida, el resultado dejará bastante que desear a quienes entienden el terror como un género legítimo, capaz de sugerir comentarios sobre nuestra naturaleza y el mundo que nos rodea. Desde luego, quien espere encontrar algo de esto, se equivoca de película.

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