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EL ABOGADO DEL TERROR

Escrito por Manuel Alcalá

Documental de tan espléndida realización como inaceptable ideología

Barbet Schroeder figura polivalente y fronteriza, nació en Teherán de padre suizo y madre alemana. Pasó su adolescencia en Colombia su segunda  patria, e hizo estudios filosóficos en Paris. Allí empezó su currículo cinematográfico de crítico en la revista Cahiers de Cinema, colaborando al lanzamiento de la Nueva ola, en los años 60 del pasado.siglo. Además, fue cofundador de Les films Losange productora de las obras inolvidables de A. Resnais, J.L. Godard, J. Rivette y E. Rohmer. Fue también un buen documentalista y director de ficciones en películas que reflejan su temple de trotamundos cínico al examinar los sumideros de la droga, el masoquismo sexual, la violencia y el crimen. Eso sí, nunca le faltaba el toque iluminista, marchamo de la gauche divine. Con todo, su calidad artística es para muchos críticos, indiscutible.

El abogado del terror es un documental complejo que participa de géneros distintos. Puede considerarse como la biografía crítica de un jurista, pero también su ficción. Es una película a la par de espionaje y de cine negro. También se la puede catalogar como cinta ideológica y de crítica política. Su elaboración ha durado más de dos años y en ella han intervenido, aparte de los equipos técnicos, dos grupos: uno de 18 testigos diversos, desde servicios secretos a la policía política (Stasi), antiguos terroristas y malhechores conversos. El otro, de diez expertos en historiografía, periodismo y comunicación. Todo ello para salir de la simple provocación audiovisual del terror y pasar al análisis más “profundo” de los tejemanejes terroristas ya organizados. El director consigue su empeño sin perder la compostura, a través de continuas micro-revisiones de la perspectiva ética, política y social. Todo se hace a través de la imperturbabilidad del protagonista que jamás pierde la compostura en su olimpo de aparente juridicismo.

Para ello Schroeder elige la figura de un lúcido trotamundos francés, Jacques Vergês (1925), hijo de diplomático galo e institutriz vietnamita, nacido en Thailandia, educado en la isla de la Reunión y vuelto a Francia en plena resistencia antinazi, para llegar a ser miembro universitario del partido comunista local, luego maoísta y siempre entregado, como brillante jurista, a la defensa de los terroristas más llamativos de la segunda mitad del siglo XX. Entre sus clientes hubo argelinos, palestinos, libaneses, alemanes, franceses, etc. Varios de ellos hicieron historia trágica. Valgan los ejemplos de Klaus Barbie, Carlos, el Chacal venezolano y el grupo alemán Baader-Meinhoff. El total de protagonistas de este terror se acerca a los 15. Con dos de sus defendidas, la argelina Djamila Bouhired y la alemana Magda Kopp, estuvo casado, pero luego las abandonó. De repente, durante cerca de una década (1970-1978) se esfumó de la escena internacional en un golpe de efecto narcisista, del que nunca daría la menor explicación. Luego, a pesar de los años, volvió a las andadas. Así, hasta hoy.

Desde perspectiva cinematográfica, esta película es de una gran calidad. Sobre un cuerpo documental bien estudiado y rodeándose de colaboradores de calidad, sabe presentar la figura atrayente de Verges, como un imperturbable y simpático abogado, no obstante su altanería, de causas aparentemente perdidas que nadie quiere asumir y que repugnan a la mayoría de la sociedad. Con todo, el protagonista desde su imperturbabilidad mental y ética, exhibe la tesis del convencido de que toda acción terrorista es, de algún modo comprensible y, por ello, también defendible, sean cuales fueran los métodos usados para realizarla. Por eso mismo, no son condenables y él no se atreve a hacerlo.

B. Schroeder utiliza con el espectador un malabarismo y una prestidigitación audiovisual habilidosa, que arranca en la contraposición entre los actos terroristas. La presentación conscientemente descuidada, a través de la prensa y TV contemporáneas, se contrapone a la total lucidez de imagen y sonido al exhibir al jurista defensor, recalcar su interés “humanitario” y apoyar sus principios ambiguos y valores inestables. Así maneja con soltura las consabidas falacias de la confrontación entre valores individuales y sociales, violencia personal y es- tructural, aunque el resultado de tal confrontación sea siempre muerte de inocentes y cadáveres anónimos de cualquier condición social o nacionalidad. Existe una versión de este documental en DVD con un metraje mucho más extenso de cuatro horas, donde pudiera ser que se aclaren algunas de las variadas incógnitas que surgen de la visión de esta película, tan espléndida de realización como inaceptable de ideología.

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